Segunda estrella a la derecha, de Ruth Caudeli

Una burbuja gris

Andrea Echeverri

Cuatro amigas de estrato alto se ahogan en sus problemas. La primera se resiste ante la responsabilidad: no quiere compromisos laborales ni emocionales. Otra está a punto de casarse con un hombre que no la hace feliz. Una más, parece que no sabe lo que quiere en la vida, mientras hace “publicidad feminista”, si se permite tal oxímoron. Y la última busca cómo paliar su abrume ante la maternidad.

En un universo donde lo más complejo es decidir qué pedir en los brunchs de cada viernes, estas mujeres, en medio de su treintena, mantienen una amistad desde su primera juventud, tal como se declara en la introducción de la película: un video casero —a color— de un paseo en el que en la piscina juegan y se divierten con chistes subidos de tono, enmarcado antes de los créditos. De ahí pasamos a la presentación de los personajes en la actualidad, en la escala de grises insaturados que dominará el resto de la historia. A Angélica la vemos en su trabajo con su novio extranjero; a Clara, cocinando y riendo con sus tres hijos; a Renata, exponiendo una campaña, y a Emilia, teniendo sexo mañanero con su novia. Poco más será lo que sabremos de la vida de las cuatro mientras se mantenga el blanco y negro. Se da pie así a la metáfora fundamental: la libertad juvenil es una explosión de color y felicidad, la adultez responsable es acromática y aburrida.

El color vuelve un par de veces para contarnos lo que emociona a las mujeres. A modo de videoclip, una escena de montaje nos muestra a cada una en su desfogue: Emilia bailando enloquecida con sus alumnos, Renata masturbándose en soledad, Clara bebiendo y fumando marihuana, y Angie pagando por sexo bondage. De nuevo, felicidad, libertad y color son sinónimos. Y el último momento colorido es el anterior al clímax, que nos lleva de nuevo a la piscina de la introducción y al video casero en la fiesta de despedida de soltera de Angélica… situación que antecede a la gran confrontación en blanco y negro entre las cuatro, en la que, si miramos con atención, no pasa nada, pero tras ella vendrá la reorganización del universo inicial gracias a un cambio lampedusiano (“las cosas deben cambiar para que todo permanezca igual”).

Si la trama de Segunda estrella a la derecha (2019) no es muy rica argumentalmente, sí lo es en su puesta en escena. Se siente el trabajo de construcción visual y de dirección de actores, a quienes se les permite la improvisación. Los diálogos resultan naturales, frívolos como quienes los profieren, pero espontáneos y agradables. Incluso las dos escenas musicales, en las que la protagonista —a la que luego se suman las demás— canta lo que le sucede mientras continúa su vida cotidiana, encajan de manera correcta en la película. La cámara es ligera, móvil, vivaz. Nos permite acercarnos a los personajes, entrar en su mundo, que está ambientado siempre con música pop. No hay una propuesta narrativa o estética arriesgada, pero da una sensación de frescura agradable. Y es tremendamente valioso que buena parte del equipo técnico que se ocupa de la realización —muy profesionalmente—esté compuesto por estudiantes de cine de la Tadeo, universidad que coproduce la película.

No hay una propuesta narrativa o estética arriesgada, pero da una sensación de frescura agradable.

La película de Ruth Caudeli, española radicada en Colombia desde hace varios años, habla, como suele recalcarlo ella misma, de su propia experiencia. Escrita a cuatro manos con su pareja, Silvia Varón, esta vez parece ocuparse más de la segunda, en tanto el personaje principal —interpretado por la misma Varón— es una actriz y docente, así como su ópera prima, ¿Cómo te llamas? (2018), se ocupaba de la historia de una directora de cine, también docente. En ambas, además, así como en varios cortometrajes, toma lo queer como bandera, y es éste el elemento principal que ha llevado a sus películas por diversos festivales del mundo.

Es muy valioso que el espectro fílmico de nuestro país abarque por fin el cine queer. Es una lástima que sean voces foráneas las que lleguen a él con una mirada tan superficial a ese mundo. Caudeli dice que quiere hablar de las relaciones personales y de pareja, sin importar de qué tipo de pareja se trate. Pero si no se ocupara de parejas diversas, sus películas muy probablemente pasarían desapercibidas.

En tanto procede de un continente donde la homosexualidad está naturalizada desde hace tiempo, se acerca a ella de manera desprevenida y directa. Llega a ella saltándose los estadios anteriores. Desaprovecha el devenir de Renata —que pasa del Tinder hetero a tener una novia interpretada por la misma Caudeli— para hablar del despertar sexual, de los interrogantes, temores y rechazos que atraviesan las personas que asumen su diversidad, o el secretismo y angustias de las que no.

Hablar de lo que uno conoce suele ser acertado. Por supuesto, en el caso contrario lo único que hace falta es investigación, pero moverse en terreno propio da gran seguridad. Está claro que Caudeli se mueve como pez en el agua en el mundo elitista bogotano, que es capaz de reflejar sin complejos ni manierismos —a diferencia de otros cineastas que confunden riqueza con ostentación— y se acerca a la homosexualidad sin aspavientos, prejuicios ni morbo.

Sin embargo, el problema radica en que, seguramente, Caudeli se mueve solo en la misma burbuja en la que viven sus personajes y no se le ocurre mirar más allá. No está mal hablar de personajes pudientes, ni más faltaba. Rohmer, el gran director de la Nouvelle Vague experto en el tema, expresó que elegía protagonistas ociosos y adinerados para que sus preocupaciones no fueran mundanas sino filosóficas. El cineasta católico y extremadamente culto se ocupaba principalmente de temas morales (y no solo en sus seis primeros cuentos, sino también en sus otras series y películas sueltas). Mujeres y hombres, adolescentes y adultos, se cuestionan sobre lo que está bien y lo que está mal, sobre la ética, la fidelidad, la voluntad, el libre albedrío. Sus preguntas son vitales para ellos mismos, y a la vez para la humanidad.

En cambio, los personajes de la directora valenciana no ven más allá de su nariz. Con un modelo estilístico más hollywoodense, el poder adquisitivo está ahí simplemente para que las cosas sean “bonitas”: lindas protagonistas, bella ropa, preciosos apartamentos y accesorios. Si bien alega que está en contra de las etiquetas (¿y acaso “bisexual” no lo es?), sus personajes son casi clichés sin profundidad. Caudeli afirmaba en alguna entrevista que “las mujeres no están representadas de manera veraz en la cinematografía (…) Podemos y debemos representarnos a nosotras mismas como somos: con nuestros aciertos, nuestros fallos, como mujeres reales”. Y sin embargo, quiere resumir a todas las mujeres en el grupo de amigas (la loca fiestera, la ejecutiva pila, la rompedora, el ama de casa desesperada), y no se da cuenta de que las aborda superficialmente y deja a la gran mayoría por fuera, en tanto tienen —tenemos— vidas mucho más complejas y difíciles.

“las mujeres no están representadas de manera veraz en la cinematografía (…) Podemos y debemos representarnos a nosotras mismas como somos: con nuestros aciertos, nuestros fallos, como mujeres reales”.

Emilia, la que se niega a crecer y da origen al título y cartel del filme, es el personaje con mayor número de matices —sus amigas están apenas esbozadas—: se pinta el pelo de colores, vive en la casa materna y tiene una novia con la que no se quiere comprometer. Pierde el trabajo que le gusta y le da la libertad que necesita y se ve abocada a tomar uno de oficina. En la entrevista para el cargo parece que lo de menos sean sus habilidades, de lo único que se ocupa el encargado es de decirle que debe cumplir horario y código de vestimenta (ah, y no quedar embarazada). Ahí radica todo el conflicto de la protagonista. El miedo al compromiso laboral y emocional no esconde problemas existenciales, no hay temor a ser abandonada o impulsada a avanzar, a ser juzgada, retada o promovida; solo es una pataleta de la niña que no quiere que le pongan normas, pero que no repercute en la esencia de su ser. Su gran cambio en el arco del personaje será llevar un cepillo de dientes a donde su novia, que está ahí siempre, como mujer abnegada ante un noviete tóxico: si su pareja fuera masculina, seguro que no nos parecería adecuada su actitud, pero como solo está ahí para permitirle “crecer” a la protagonista…

En el cine de Caudeli hay, sin duda, elementos muy interesantes. Si se atreviera a tomar más riesgos, a salir de su burbuja de cristal y mirar el mundo más amplio que tiene alrededor, seguramente podría contar historias mucho más valiosas. Porque sin duda hacen falta tanto la mirada femenina como la queer en nuestro cine, en el que predominan los hombres tanto en los roles protagónicos como en la dirección y todos los roles técnicos. Sangre joven, feminismo y diversidad deben abrirse paso para contar lo que vale la pena.  

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