Tiempo de Morir, de Jorge Alí Triana (1985)

“Creo muy poco en lo que veo señor, y de lo que me cuentan nada”

Mario Fernando Castaño Díaz

En el tráiler de una película podríamos escuchar una voz en off que dice: “Un hombre con un oscuro pasado regresa a su pueblo luego de haber cumplido una larga condena, él desea rehacer su vida, pero el destino le tiene otra cuenta por pagar”. Así de simple es la premisa que nos brinda esta historia, podríamos decir que es algo trillada y hasta nos atreveríamos a juzgarla sin antes disfrutarla, a calificarla como predecible. Pero es que cuando algo tan aparentemente sencillo se cuenta con pasión, surgen maravillas y más cuando esta viene de personas que, gracias a su experiencia y su sentir, saben mezclar nuestras realidades con sus fantasías.

Tiempo de morir fue guionizada en 1964 por el Nobel de Literatura Gabriel García Márquez y adaptada en sus diálogos a la jerga mexicana por el novelista y ensayista Carlos Fuentes para una película que se proyectó en 1966, dirigida por el reconocido y afamado director mexicano Arturo Ripstein (Profundo Carmesí, 1996), con la cual haría su debut. Basado en un argumento llamado El charro, este filme ambientado en un Western mexicano fue muy bien recibido por el público y la crítica.

En 1982, el guion llegó a manos del director colombiano Jorge Alí Triana y fue hasta dos años después que se materializó en formato video para RTI Producciones, esta vez con diálogos adaptados por Eligio García Márquez, hermano de Gabo y con un reparto que sería básicamente el mismo que un año después repetiría su interpretación para la versión cinematográfica, que se dio a conocer gracias a la petición de su autor.

Jorge Alí Triana es un pez que nada sin problema en diferentes aguas, ha sido reconocido en el teatro, el cine y la televisión, en donde él define estos ambientes como una especie de Santísima Trinidad que son tres en uno solo. La técnica puede ser diferente pero el común denominador que los une es el de contar historias a pesar de tener formatos tan distantes, afirma que su teatro tiene algo cinematográfico y su cine algo teatral. Su cercanía con Gabriel García Márquez lo llevó a interactuar artísticamente más adelante con el guion adaptado para Edipo alcalde (1996) y a dirigir en el campo del teatro obras como La Cándida Eréndira y su abuela desalmada y Crónica de una muerte anunciada.

La película tuvo un costo de $300.000 dólares, editada en La Habana, Cuba, y filmada en varios municipios del Tolima, Colombia, como Ambalema, Guamo, Honda, Mariquita, Natagaima, Prado, Purificación, Hacienda El Triunfo y sus escenas principales en Armero, población que fue devastada el mismo año del estreno de la película por el Nevado del Ruiz en 1985 y en donde fallecieron más de 25 mil personas, esta cinta es a la vez un recuerdo del pueblo que hoy ya es un camposanto.

El filme recibió ovaciones inesperadas para el director, siendo nominado en 1987 a Premio Goya a Mejor película extranjera de habla hispana y siendo galardonados igualmente sus actores en diferentes festivales de cine alrededor del mundo. Es, junto a Cóndores no entierran todos los días (Francisco Norden, 1984) y Milagro en Roma (Lisandro Duque, 1988) una de las mejores películas de la década de los ochenta.

Al saber que la historia sería llevada al cine, Triana recurre a Gabo para hacer ciertos retoques al guion que él consideraba pertinentes, para dar más sentido a la historia y con el propósito de dar a entender a la audiencia que más que el miedo a morir es el miedo a matar. El autor le entrega su versión una semana antes de la producción y esta es llevada fielmente a la pantalla, en donde se ve al personaje de Julián Moscote con una prostituta que le lee las cartas y le muestra su destino. Gabriel García Márquez, satisfecho al ver el resultado, le comenta a Triana, según su testimonio, “esto huele a Colombia”.

Visitar Tiempo de morir a 25 años de su estreno trae un inevitable sentimiento de nostalgia, que está presente en su cuidada fotografía, en sus parajes, en sus habitantes que son testigos, como nosotros, de esta tragedia que ya se veía venir, en ese estilo Western pero que a la vez es tan de nuestra tierra que ya no lo vemos ajeno y lo comenzamos a sentir como propio dentro de una tristeza que es producto de la violencia injustificada que aún perdura en nuestro país.

Pero esa nostalgia se presenta aún más en sus personajes, encarnados por una inmejorable cuota de excelentes actores que dejaron huella, no solo en el cine, sino en las tablas y en la televisión, como es el papel de su protagonista, Gustavo Angarita, de quien su personaje, Juan Sáyago, en una escena que recuerda a un Clint Eastwood criollo:  llega a su polvoriento pueblo natal después de cumplir una condena de 18 años por haber matado en duelo a Raúl Moscote por una pelea de gallos. El difunto es padre de Pedro (Jorge Emilio Salazar) y Julián Moscote (Sebastián Ospina) que es quien jura cobrar venganza. Juan Sáyago solo quiere recuperar su tiempo perdido, aunque sea en parte, reconstruyendo su casa y buscando a Mariana (María Eugenia Dávila), su antigua novia que ahora es viuda y con quien quiere rehacer su vida. Ella, además de su mejor amigo, Don Tulio (Héctor Rivas) y otras personas que lo aprecian, le insisten que se vaya del pueblo porque lo van a matar. Él se rehúsa a las advertencias a pesar de ser acosado constantemente por Pedro Moscote incitándolo a enfrentarse en duelo, tal como lo hizo con su padre.

Se presentan varias escenas que son una delicia para el público, como la que comparte el personaje de Mariana con Juan platicando acerca de las cartas que nunca llegaron y cómo el tiempo no es suficiente para creer en un futuro mejor. La sencillez de la escena nos muestra cómo un expresidiario cambiando sus gafas para ver de lejos por las de ver de cerca, ha aprendido a tejer en sus años de cautiverio, mientras esperaba leer esas cartas inexistentes. Llega un momento del diálogo que es tan sincero, honesto y tan bien interpretado que la pantalla, sin importar el formato o su calidad de imagen, se transforma en una especie de ventana en donde se puede percibir esa otra realidad. Es como si uno como espectador se convirtiera en una suerte de fantasma o un fisgón que viaja a otros tiempos en donde somos testigos de conversaciones ajenas, un lugar incómodo en donde estamos violando la intimidad y la belleza de ese presente.

La escena final, muy a lo Sergio Leone, es el escenario perfecto para que la tragedia se vista con su mejor gala, reflejando una realidad muy colombiana que alimenta la violencia con códigos de honor, machismo, venganza y mucho miedo a que llegue ese tiempo de matar. Una tragedia que es plasmada por Jorge Alí Triana y Gabriel García Márquez, dos personas preocupadas no solo por contar una historia sino por mostrar, desde su arte, el triste reflejo de una nación que aún se desangra y que a la vez sueña y espera por una paz que es similar a las cartas de Mariana.

El realismo mágico de Gabo es más sencillo y hermoso de lo que pensamos, no está necesariamente escondido dentro las alas de sus mariposas amarillas, ni siquiera en su Macondo que encierra historias fantásticas matizadas de cotidianidad, está en la sencillez de sus relatos, se deja ver entre los pequeños hilos de los que está tejida la vida y que en ocasiones queda a medio hacer. Está en los momentos en donde un soñador debe enfrentarse a un camino que ya está marcado y que para hacerlo debe ponerse sus anteojos para ver de lejos y poder así observar a su oponente que lo espera para sellar su destino.

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