Un tal Alonso Quijano, de Libia Stella Gómez

El Quijote punk

Oswaldo Osorio

Una película universitaria es ya de por sí una quijotada. Si bien Libia Stella Gómez tiene la experiencia de haber firmado ya tres largometrajes, uno de ellos documental[1], este proyecto se desarrolla con el apoyo de la Universidad Nacional y sus estudiantes. Y tal vez por eso es que esta película tiene un cierto espíritu de búsqueda y riesgo en sus componentes y tratamiento. Con una premisa atractiva por los cruces que propone, construye un relato lleno de variables y connotaciones tanto intimistas como de contexto.

Un viejo profesor de triste figura y un escudero que cuida vacas y caballos tienen una amistad forjada por el amor al Quijote y por cierta naturaleza marginal que los define. Son soñadores, por evasión el uno y por voluntad el otro. Tratan de mantener vivo el universo de Cervantes en medio de la indolencia de nuestro tiempo, abriéndose paso entre tanta violencia y el ruido de los nuevos afanes, en medio de una gran ciudad que poco tiene que ver con La Mancha medieval y de una generación de jóvenes que parecen estar blindados ante la poesía.

El contraste entre lo elaborado y sensible que puede ser el Quijote y lo básico y rabioso que puede ser el punk es el contrapunto que sostiene el ritmo del relato. La Dulcinea es una joven punkera y un profesor es el mismísimo Alonso Quijano. Pero la identificación con esa joven tiene unas implicaciones más profundas en la historia, ella es la imagen que, para el protagonista, conecta con el violento pasado del país, convirtiéndolo en una víctima más que, como los todos demás, lidia a su manera con esa carga.

Aunque este contrapunto parece lo más visible de la película, en realidad el relato es movido por ese sancho gentil y despistado. Él termina siendo el hilo conductor y el punto de vista. Es el escudero de la trama, quien desenrolla la adversa vida de Quijano y arroja luz sobre los detalles de la historia. Fue una acertada decisión del guion, pues este personaje le da versatilidad al punto de vista, debido a sus distintas facetas dentro de la historia. Incluso, él mismo tiene su trama y conflicto, por lo que no es solo una excusa narrativa, y Álvaro Rodríguez calza al dedillo ese agradable y útil personaje en esta película.   

…en realidad el relato es movido por ese sancho gentil y despistado. Él termina siendo el hilo conductor y el punto de vista.

Paralelamente, hay una línea narrativa del pasado que está construida inteligentemente, desde el envejecido acabado de la imagen, hasta ese extrañamiento de verla entrometiéndose en el relato, sembrando la intriga en el espectador, a quien le anuncia que esa no solo es una historia de locura y amor a los libros. Y efectivamente, la violencia del país, sus oscuros acontecimientos y las repercusiones en decenas de miles de víctimas se despliegan como ese fondo adverso y fuera de cuadro de este relato.

Pero, en general, sí es una película sobre la locura, la de un hombre y la de un país sumido en décadas de conflictos y violencia. Y entre la una y la otra el relato juega con distintos tonos: comedia, drama, intriga, película juvenil, farsa y fábula. Algo que no todas las películas que lo tienen logran capitalizarlo, pero aquí no molesta, porque esa diversidad de códigos están orgánicamente integrados en la narración y esta combinación se convierte en una de sus principales virtudes. Tal vez sea ese personaje de Sancho como mediador, o el campus de la universidad como un gran y privilegiado espacio que conecta los elementos, o el buen pulso de la directora que supo elaborar sus costuras… seguramente es todo al mismo tiempo.  

…el relato juega con distintos tonos: comedia, drama, intriga, película juvenil, farsa y fábula.

A pesar de que a su clímax tal vez le faltó intensidad y que por momentos la puesta en escena parece resentirse del largo y discontinuo proceso de rodaje (con la muerte y reemplazo de su actor principal incluida), se trata de una película entrañable y estimulante, con muchas imágenes bellas y poéticas, como la del Quijote y Sancho cruzando la ciudad en Vespas. Una quijotada como tantas del cine nacional, que también da cuenta de la consolidación de la obra de una de las pocas directoras que tiene el país. 


[1] Aunque hay otro documental, El traje nuevo del emperador (2014), distribuido anónimamente, en principio, y del que se habla en la entrevista que se encuentra en esta edición.   

Previo

Como el cielo después de llover, de Mercedes Gaviria