FICCI 61

Cine después del fin del mundo

Diana Gutiérrez

Pienso en Il Buco,de Frammartino (El Agujero, 2021), y en el FICCI, como internándome en un vórtice de luces, grietas, aberturas, estrechos circulares; afuera, tal vez se escuche un canto y puedan apreciarse los jardines, afuera, una respiración acalorada, ¿de qué cine hablamos, después de que el mundo murió varias veces y muchas voces se apagaron en la enfermedad? Lentamente, como los exploradores de Michelangelo, habité algunos espacios, no podría haberlos recorrido todos, no podría haber entrado a cada grieta y senda, pero con la mirada curiosa y prístina, pude internarme por vez primera a este Festival.

Esta edición 61 se sintió robusta, no solo en cantidad (más de 150 películas con aproximadamente 61 estrenos nacionales, 22 latinoamericanos, otro grupo de estrenos mundiales y más de 55 países), sino por su capacidad para resurgir del Interruptus sin escatimar en espacios para realizadores emergentes, formato corto, largo y lo que ciertamente marcó una diferencia en esta edición: la casa de Miradas Medellín, donde se reunieron 6 producciones principales entre documental y ficción, así como cortometrajes y el estreno inaugural.

¿Y las mujeres? Con una de las –para mí– mejores películas de Almodóvar, por su capacidad de representar los puntos límite femeninos, su revuelo mental ante el amor e incluso su capacidad de acción desde la rabia (Mujeres al borde de un ataque de nervios, 1988), se hizo homenaje especial a la invitada Rossy de Palma, elegante, con su garbo y abanico rojo. También, como homenaje, recordamos a Pasollini, genio incomprendido y a Truffaut, referente de la nueva ola francesa.

La apuesta por el cine y más luego de una pandemia, es una hazaña fundamental para no dejar de dialogar desde la imagen, “pudo haber estado esta peli”, “esta otra estuvo pésima”, “mala, terrible, lúcida, brutal”, de todo se escucha a la salida de cada proyección; y sí, es claro que la función curatorial lleva implícita la responsabilidad de atender a la calidad, autenticidad y originalidad de las obras, pero, sobrepasando cualquier juicio subjetivo, el Festival, y quienes lo sostienen desde dentro, siempre será un espacio para encontrarse de frente con la vida, con temas álgidos como la diversidad sexual, dolorosos como la maternidad o la muerte, o divertidos como un musical sobre rappitenderos; sí, todo eso nos enfrenta con la vida, en ese instante, me parece que la sala constituye un milagro, la sala y los rostros que la habitan, aún más, la sala, los rostros y las palabras en los corredores, cuando voy con mi libreta de una función a otra y me alimento de la danza de voces juveniles recién salidas de la proyección.

Realizadores emergentes, directores consumados, escenas variopintas, la película de moda o la criticada, todo se vuelve una experiencia cerebral que nos marca, ya no importa si se verá en cines a posteriori o si la vimos antes en la pantalla del computador, porque dentro de los festivales de cine, confluyen y se tejen otro tipo de memorias que nacen y mueren en el marco de tal festival: un recuerdo colectivo, una sensación distinta, una sala frente al mar, una pantalla entre la ciudad amurallada, la mirada seductora de un extranjero que se encuentra con la tuya y el sensual calor tropical que te sube por el cuerpo y te impulsa a caminar bajo el sol, en esa medida, pienso en Cartagena la erótica, Cartagena dentro de mí.

…porque dentro de los festivales de cine, confluyen y se tejen otro tipo de memorias que nacen y mueren en el marco de tal festival: un recuerdo colectivo, una sensación distinta, una sala frente al mar, una pantalla entre la ciudad amurallada…

Aljure lo dejó bien claro en sus palabras inaugurales: el cine es un espacio para compartir, los rumores de otras tierras se acercan a nosotros, pero aún más, el territorio que pisamos y sus habitantes se acerca entre sí alrededor de la pantalla. Ya no podré ser la misma mujer ni mirar igual a las ancianas luego de haber visto Para su tranquilidad haga su propio museo,de Pilar Moreno y Ana Endara (2021), ya no podré mirar igual a Tokio o a alguna ciudad nocturna iluminada, luego del poema visual sinestésico de Louis Patiño (El sembrador de estrellas, 2022), ni podría pensar la maternidad sin experimentar el dolor de Ágata que lo sentí tan mío (Piccolo Corpo, Laura Samani 2021) y así ad infinitum, esto hace el cine, me desborda y me desbordo en él.

Terminando el descenso a la cueva de Il buco, luego de sinuoso recorrido, inesperados encuentros, en esa completa oscuridad que caracteriza los fines, los cierres, la luz que se iza en la cabeza ilumina el final del camino, donde podemos mirar y ser mirados. Como el anciano que exhala su último aliento y se funde con el paisaje, así se despide uno del Festival. Como los exploradores, el arte y los cineastas son ese impulso impetuoso que sigue insuflando vida en medio de la oscuridad, la mirada no se detiene, ni siquiera una pandemia puede refrenar el poder creador de quienes han sido tocados por la chispa caprichosa del cine.

Después del fin del mundo, seguir preguntándole a la luz y a las imágenes, cuál es nuestro lugar en él.