Mesa de tareas, de Andrea Rey

Retrato de familia

Jerónimo Rivera Betancur

La génesis del documental

En un tiempo en el que se valora la rapidez (y más aún la inmediatez), en el que las redes sociales marcan tendencias minuto a minuto y las noticias de la semana pasada ya son viejas, no es común encontrar trabajos documentales de largo aliento que apunten a entender a un grupo de personajes en distintos momentos de su vida. A esto se suma que en las películas (documentales o de ficción) no abundan las historias de la gente buena. El conflicto vende, sin duda, y toda historia debe tenerlo, y por eso es difícil que una película acuda a personajes que simplemente se ganan la vida sin tener que realizar grandes proezas más que la de todos los días: sobrevivir.

Es el caso de Mesa de tareas, documental de la directora Andrea Rey, que sigue la historia de la familia Chavistá durante 18 años para conocer la evolución de cuatro hermanos y, de paso, hablar de temas como la pobreza, la violencia y la resiliencia en Colombia. La directora señala, en entrevista con el canal de Amigos del cine[1], que su película surgió en 2001 cuando estudiaba el taller de documental de su carrera de cine en la Universidad Nacional y que conoció a la familia en unos talleres de trabajo social que hacían intervención en la zona de Cazucá:

Allí conocí primero a los chiquitos, a Carolina y a Cristian…comencé a acompañarlos y a grabarlos, primero en un seguimiento observacional, sin inmiscuirme mucho en la narración, simplemente acompañarlos con la cámara para ver qué pasaba, pero así nos hicimos amigos y luego conocí al resto de la familia.  Hice un corto de 15 minutos

[1] Disponible en el canal de Youtube de Amigos del cine en https://www.youtube.com/watch?v=CVMkS6qyzyo

para el taller y yo seguí acompañándolos para grabarlos o hacer fotos para eventos de la familia y empecé a documentar, sin querer ni esperar un objetivo de acompañamiento de tanto tiempo, a acompañar la cotidianidad de la familia”.

Siete años después del primer registro, Andrea Rey quiso realizar un nuevo cortometraje con la familia Chavistá, pero no quedó a gusto con el producto final y fue un proceso difícil por el momento que atravesaban los protagonistas, enfrentados a una adolescencia rebelde y llena de dificultades.  Fue en 2019, 18 años después de conocerlos, cuando decidió que era momento de hacer un gran proyecto de largometraje para recuperar la historia de la familia: “Seguí en la misma situación con la familia y al pasar ya 18 años, esos chiquitos ya eran señores y señoras con sus familias y sus hijos.  Yo vi una foto perfecta ahí: ahora sí tengo una historia que puedo contar, una historia de vida desde que salieron de Cazucá, porque lograron salir a un lugar mejor y encontrar su rumbo. Esta es una historia de superación, porque en el contexto en el que ellos estaban uno no espera las mejores cosas”, añade la directora.

Seguí en la misma situación con la familia y al pasar ya 18 años, esos chiquitos ya eran señores y señoras con sus familias y sus hijos.  Yo vi una foto perfecta ahí: ahora sí tengo una historia que puedo contar.

Las familias pobres suelen aparecer caricaturizadas en el cine de ficción y, algunas veces, se miran desde una perspectiva miserabilista en el documental y este es un riesgo que siempre está latente, pero que se subsana (en buena parte) por medio de una buena investigación. Es clara, y así lo menciona la misma directora, la influencia académica en su trabajo documental de corrientes como la IAP (investigación acción participación) propuesta por el sociólogo colombiano Orlando Fals Borda en los años setenta y que podemos ver también representada en los trabajos de Martha Rodríguez y Jorge Silva. Es particularmente importante sugerir la conexión entre Mesa de tareas y Chircales, el documental de 1972 en el que Rodríguez y Silva siguen a una familia de ladrilleros del sur de Bogotá en un retrato etnográfico de observación participante que significó para ellos vivir más de tres años en la zona. En Chircales (Rodríguez y Silva, 1972) aparece también el conflicto de los niños trabajadores, pero, a diferencia de Mesa de tareas, tiene claramente una apuesta política de izquierda que lo convierte en un documental militante y de denuncia. Mesa de tareas, por su parte, muestra la lucha de la familia con situaciones tan complicadas como el trabajo de los niños en la calle, pero no intenta hacer directamente una denuncia, aunque sintamos simpatía y consideración por estos niños que no pueden vivir su niñez plenamente.

 La familia

La familia Chavistá no es excepcional. Está conformada por cuatro hermanos: Cristian, Leidy, Fabián y Carolina. Los dos primeros son huérfanos de padre desde muy pequeños y los dos menores tampoco crecieron con su padre biológico, quien los dejó desde que eran niños. Sin embargo, los cuatro han crecido con su madre y su padrastro, quien asumió el rol paterno junto al hermano mayor, la principal figura de autoridad de la familia. La familia, originaria de Venecia, Cundinamarca, llegó, como muchas otras al sector de Altos de Cazucá en Soacha huyendo de la violencia (el asesinato del padre de Cristian y Leidy) y allí iniciaron desde cero con un rancho construido por sus propias manos y una situación económica bastante precaria.

La directora, yendo un poco en contra de la tendencia inmediatista de algunos trabajos audiovisuales, decidió tomar referentes históricos documentales como Seven´Up, de Michael Apted y Paul Almod, o Babies, de Thomas Balmes, para contar una historia de largo aliento en la que filma a la familia durante casi dos décadas para reconocer su evolución personal y familiar a lo largo del tiempo. En otro contexto, podríamos pensar en esta película como en una especie de Boyhood colombiano que nos permite acercarnos a la historia de cuatro niños que crecen frente a la pantalla.

Al inicio de la historia, la familia vive la zozobra de su barrio, amenazado por los deslizamientos de tierra y la violencia que reviven el fantasma de un nuevo desplazamiento. Allí vemos cómo la violencia no solo es parte del pasado de la familia y el entorno que los rodea, sino que hace parte de la forma como los hermanos se relacionan. Los juegos entre ellos incluyen golpes y patadas y todos hacen referencia a los castigos físicos de la madre y el hermano mayor para corregirlos y llevarlos “por el buen camino”. Sin embargo, no hay resentimiento contra el hermano sino una honda gratitud y la violencia está naturalizada al punto de reírse cuando recuerdan, ya de adultos, las palizas recibidas en la niñez.

Los juegos entre ellos incluyen golpes y patadas y todos hacen referencia a los castigos físicos de la madre y el hermano mayor para corregirlos y llevarlos “por el buen camino”.

A pesar de las más de ochenta horas de grabación que la directora tenía para realizar este trabajo, sorprende el impecable montaje que no permite que nos desconectemos de la historia y que, de hecho, se permite hacer hábiles juegos temporales: pasamos de los niños jugando fútbol en la arena a Cristian entrenando equipos profesionales; de Fabián componiendo canciones de niño a él mismo cantando rap en la adolescencia, del cumpleaños 14 al 24 de Carolina, de la niña Leidy cocinando en casa a ella misma cocinando para su hija. De esta forma encontramos las conexiones entre el pasado y el presente de los cuatro hermanos en una decisión de dirección que, además, deja en segundo plano a la madre y al padrastro para enfocarse en el crecimiento de los jóvenes y su evolución como personajes. El montaje duró más de un año, varias reescrituras de guion y la vinculación de personas que no tuvieran relación con el proceso para que fuera más clara la narración.

El título, Mesa de tareas, es tal vez es el mensaje más confuso pues, si bien aparece un pequeño rincón dentro de la rústica vivienda familiar para que los niños estudien, no es un elemento recurrente ni significativo para el desarrollo de la historia. No obstante, sí hay una conexión con las palabras de dedicatoria de la película a «los niños, niñas y jóvenes de Altos de Cazucá que no lograron cumplir su tarea». De esa manera, el documental rinde homenaje a los cuatro hermanos que lograron, cada uno a su ritmo y en diferente medida, cumplir la tarea de ser personas de bien, a pesar de los múltiples riesgos y amenazas que tuvieron que enfrentar en su proceso de crecimiento. La directora hace énfasis en que este es el mensaje más poderoso que quiere transmitir con el documental: “Nosotros queremos que nos vean los jóvenes de Soacha, para que vean que hay otras opciones de vida en esos lugares”.

La mirada documental

La música acompañaba muchas de las grabaciones originales, pero allí el equipo de producción encontró un importante escollo con los derechos de autor, por lo que tuvieron que prescindir de algunas tomas o incluir composiciones inéditas. “Perdimos una historia narrativa musical por el tema de derechos de autor, porque ya nos salía muy costoso, pero la música siempre estaba presente porque a ellos desde niños les gustaba mucho el rap y decidimos que la música tenía que hacer parte fundamental de la historia”, dice la directora. La música final del documental acompaña bien a lo que vemos en la historia, pues representa el sentir de las comunidades marginadas sin llegar a ser un lamento, sino más bien como un autorreconocimiento. Un ejemplo de la forma como la música narra está en el trailer, que, al mismo tiempo, es un buen resumen de la película cantada por exponentes del hip hop capitalino.

La fotografía, a su vez, es la principal pista de los distintos momentos de la película, pues se ve claramente el cambio de los formatos de video, aunque no haya cambios ni transiciones entre los distintos tiempos. Las primeras filmaciones datan de inicios del siglo XXI y nos muestran a dos niños pequeños y dos pre-adolescentes que juegan, pelean y trabajan en su cotidianidad marginal. Viven en una casa hecha de madera y latas, no tienen acceso a agua potable ni a servicios públicos básicos y comen lo que pueden. Conviven en un espacio muy pequeño, comparten las habitaciones y van al rústico baño, afuera de la vivienda.

A pesar de todo esto, no se trata del típico documental lastimero ni cae en el miserabilismo (o la pornomiseria como dirían Mayolo y Ospina), pues lo que vemos son niños sonriendo y jugando, siendo niños a pesar de tener responsabilidades de adultos.

El documental presenta, entonces, un retrato íntimo de la familia, solo posible cuando la directora se convierte en un invitado recurrente en la dinámica familiar y, aunque su voz aparece solo un par de veces en el metraje, su presencia y su mirada sí atraviesa la película para acompañar a los protagonistas en la búsqueda de sus sueños: ser entrenador deportivo, cantante y enfermera. Solo Cristian, el hermano mayor, logró su sueño profesional y hoy vive en Buenos Aires con una condición económica cómoda haciendo lo que más le gusta. Sin embargo, cada uno de los personajes ha logrado cosas significativas para su vida, como graduarse del bachillerato a los 24 años, conseguir un empleo estable o tener unos hijos a los que aman. El reencuentro de los hermanos en la adultez es un bonito momento de recuerdo y reflexión en el cual los protagonistas viajan a la casa de su niñez para recordar el asesinato del papá de los hermanos mayores y Carolina también recuerda los duros momentos de la niñez intentando vender libros en la calle con su hermano mayor.

El tema de fondo de esta historia es la solidaridad y así se ve cuando Cristian invita a su gran familia (madre, padrastro, hermanos y sobrinos) a unas vacaciones a un balneario y comenta que le gustaría llevarlos a conocer el mar. En su situación económica más estable piensa en ayudar y compartir con los suyos, un deseo que estaba en los personajes desde que eran niños cuando, en uno de los momentos más lindos del documental, se le pregunta a Carolina y a Fabián que quieren ser cuando sean grandes. Carolina responde que quiere ser enfermera porque así puede curar el alma y Fabián añade que un artista también cura el alma con la música. En un país con tantas malas noticias y tantos villanos protagonizando los noticieros, películas como esta nos curan un poquito el alma.