Alma del desierto, de Mónica Taboada-Tapia

Gonzalo Restrepo Sánchez

Cartagena de Indias es y siempre ha sido una ciudad cinéfila. Sus teatros desaparecieron por la gentrificación (que radica en la reforma de zonas urbanas populares o deterioradas) y la turistificación, pero el FICCI sigue siendo un espacio de encuentro. Que una película dirigida por una cartagenera, con el diseño sonoro de Carlos García, también de esta ciudad caribeña, marcara la apertura del festival de 2025, es un distintivo de lo que está por venir: nuevas historias, un cine que resiste y sigue transformando vidas.

 

Ganadora del premio Queer Lion en el Festival de Venecia el año pasado, la película Alma del desierto, de Mónica Taboada-Tapia, narra la vida de un hombre trans perteneciente a la comunidad indígena wayúu. Un tema que nos invita a conceptualizar sobre un hecho que merece ser recordado en la historia del cine caribeño, pero, por otro lado, que tengamos un debate acerca de los temas de ficción, no ficción y falso documental.

 

Pero vayamos por partes: mediante la cámara, la cineasta colombiana nos ilustra una necesidad del ser humano de irradiar su “espacio”, como un elemento esencial. “Los lugares, y por consecuencia el espacio, dicen siempre otra cosa que los desborda” (Gardiès, 1993). Y en comparación con las tomas del desierto de nuestra Guajira y el hábitat del personaje protagónico, Georgina Epiayú, es relevante el espacio, ya que juega un rol importante en el filme (aunque no lo notemos mucho). Un elemento más de la narrativa, donde el desierto es un símbolo y microcosmos que nos recuerda en tal sentido a El paciente inglés, de Anthony Minghella (1996).

 

[…] el espacio concreto del hombre tiene que ser caracterizado en su totalidad, incluidos los acontecimientos importantes experimentados en su interior. Por la particular calidad de ese espacio, su disposición y orden reflejan y expresan al sujeto que los experimenta y que reside en ellos (Norberg-Schulz, 1975).

 

Aunque “observamos” incluso esos elementos que parecen ser normales en esa región del desierto guajiro, parece que experimentamos mucho más el relato desde ese espacio y es una Gemütlichkeit. (“[…] una palabra alemana que no tiene traducción y se refiere a una sensación que se experimenta en algún espacio que te hace sentir cómodo [pero que también te induce al bienestar, seguridad y desahogo, todas al mismo tiempo] […]” (García, 2021, p. 11). Alma del desierto también es un caso evidente de la difusa barrera que divide el documental de la ficción. Esta idea parece ser el núcleo de otro tema a analizar. Numerosas historias de ficción se inspiran en la realidad para adaptar el relato (el guion es el que ajusta la realidad para construir un juicio), y lo mismo sucede con las no ficciones.

 

Un tema más académico que alegórico es que, al darnos cuenta de que el título de la película puntualiza dos conceptos centrales en ella, identidad (alma) y hábitat (desierto), son percepciones que, a la larga, nos sirven para estudiar al personaje principal con aquellos argumentos basados en las “subjetividades” en el cine. “La construcción de la subjetividad se funda en una paradoja donde se circunscribe en una dimensión personal que a su vez es sustracción de lo social, siendo a su vez una construcción social e histórica” (Martucelli, 2007). En Parásitos, una película de Bong Joon-ho del año 2019, hallamos el paradigma. En la cinematografía de Colombia, las “subjetividades” a través de representaciones de la violencia y las relaciones de poder entre clases sociales, entre otros asuntos, han propiciado un rumbo hacia relatos más personales.

 

La subjetividad no se agota en lo racional ni en lo ideológico, sino que se despliega en el amplio universo de la cultura, entendida como “entramado de símbolos en virtud de los cuales los hombres dan significado a su propia existencia […] dentro del cual pueden orientar sus relaciones recíprocas, en su relación con el mundo que los rodea y consigo mismos” (Geertz, 1987, p.  205).

 

Mientras tanto, dirijamos nuestra atención hacia la figura trans (Georgina Epiayú) de la película. La cineasta no dirige al “actor” en sí, ya que él mismo es el personaje. Por lo tanto, Georgina no nos advierte sobre una obstinación y formalidades extremas, sino que vive una vida en pausa –cada gesto se transforma inclusive en un momento de introspección–. Lo positivo de todo esto es que creería que nos empuja a categorizar la película y la revisión de los significados en los significantes, y que en esta cinta colombiana son principalmente: Georgina y su decisión monumental de cambiar su identidad (debido a que lo concibe así) y el “entorno” social en el que vive, sin tener presente la familia, los amigos y la sociedad. Imágenes con esa explosión de valentía que ella nos transmite (primer gran punto de acierto en el guion) y que certifica que está dispuesta a asumir verdaderamente su identidad.

 

Dos cosas para terminar: con pinceladas de road movie, Georgina abre un viaje, no hacia una esfera de aventura; lo que quiere obtener es su cédula de identidad con el nombre y el género que “le pertenece”. Ahora bien, ante la pregunta: ¿cuál es la alternativa de todo aquel ser que se siente distinto, como nuestro aborigen trans?  Ya que parece fácil de explorar, mi argumento se basa en no encajar en las normas sociales del éxito social, del género binario y de los límites heteronormativos. Esto es válido en la medida en que “aquellos lugares” de honradez creativa les accedan a vivir como trans, sin etiquetas heterocéntricas y sin presiones.

 

Es importante destacar que la cineasta de Cartagena, al despojar a la historia de su pretenciosidad, se enfoca en los escasos diálogos diegéticos perceptibles y también en las interacciones que, en esta oportunidad, no se apartan de la narrativa convencional. ¿Qué es lo que quiero expresar? Sin términos metafóricos, pronto algunos planos observados se reconcilian con esa percepción de ciertas interrupciones temporales: “creación fílmica” sin distanciamientos ni acercamientos de la cámara, con o sin sujetos y con o sin discursos.

 

Bibliografía

Gardiès, A. (1993). L’espace au cinéma. Méridiens Klincksieck.

García Pons, A. (2021). El espacio cinematográfico: Un lugar que proyecta nuestras emociones. Entre textos, 13(37), pp. 1-11. -11. https://doi.org/10.59057/ iberoleon.20075316.20213721

Geertz, C. (1987). La interpretación de las culturas. Gedisa

Martucelli, D. (2007) Lecciones de sociología del individuo. Pontificia Universidad Católica del Perú. Departamento de Ciencias Sociales. http://www.pucp.edu.pe/departamento/ciencias_sociales/images/documentos/lecciones_sociologia.pdf.

Norberg-Schulz, C. (1975). Existencia, espacio y arquitectura. Blume.