David Guzmán Quintero
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Este año la asistencia al FICCI fue considerablemente menor en relación a años anteriores. Lo que, claro, no implica de entrada que haya una desmejoría en el festival o que cada vez haya menos interesados en el evento. El festival siempre es una cita imprescindible para personas que quieren (de maneras distintas) reunirse en torno a las películas. Sin embargo, quizá debido justamente a la menor asistencia, los comentarios se hacen más notorios.
En Getsemaní las discusiones tendían a girar en torno a cómo ponen el último filme de Lucrecia Martel en una sola función en un centro comercial que a nadie le gusta, en qué pelis se durmió cada uno y quién podía recomendar algo que valiera la pena los siguientes días. A alguien del equipo de programación le pareció una excelente idea poner el último filme de RaduJude a las 10 pm. Tal vez funcionó, pues la asistencia logró abarcar gran parte del Adolfo Mejía. Poco a poco, a Getsemaní iba llegando más y más gente molesta porque esperaba algo más de un filme llamado Dracula. También recuerdo particularmente un debate en torno a Anoche conquisté Tebas, de Gabriel Azorín, un filme en el que la mitad de la sala se durmió, mientras otros sostenemos que, junto al último Pereda, fue de lo mejor que hubo en la programación. Como las dos anteriores, se habló también de un filme de Hong Sang-soo y el último filme de NicolasGraux.
Como se puede notar, varias conversaciones giraron en torno a la selección iberoamericana e internacional. No se trata, pues, de que se esté tomando la parte por el todo, pues hubo quienes directamente prescindieron de cualquier filme colombiano tras la primera función. Muchas personas siguen encontrando innegociable la asistencia a los cortos, aunque sepan de antemano que van a salir quejándose. Lo que separa la molestia por RaduJude de esta última nombrada, es que los comentarios a los filmes colombianos tendían a enfocarse en lo esquemática que se ha vuelto la forma. Archivo familiar repetido varias veces, uno virado a rojo, otro negativo, otro a cámara lenta y la voz en off de quien dirige leyendo algún poema. Esta forma, que sin duda en algún momento llegó a darnos buenos relatos, podría describir varios cortos (y algún largo) y ahora se va antojando estancada. Así pues, las muestras iberoamericana e internacional son las que se antojan menos constreñidas y más dispuestas a la variedad.
En la selección colombiana, cabe resaltar que algunas de ellas (como se ve en los logos al principio de cada filme) fueron financiadas de formas alternativas a las subvenciones públicas. El que el cine colombiano se esté movilizando en dirección a no depender de los fondos, es algo que debería implicar una cierta libertad narrativa. Y que un festival como el FICCI se abra a esos filmes “imperfectos” también nos hace ver con optimismo que las ventanas sigan estando abiertas para un cine más despreocupado por el tecnicismo. Sin embargo, ¿en serio se le está dando la oportunidad al cine financiado de “otras” formas? Y quiero resaltar: ¿en serio se le está dando la oportunidad al cine?
Así pues, las muestras iberoamericana e internacional son las que se antojan menos constreñidas y más dispuestas a la variedad.
La gran diferencia entre los filmes que dividieron tanto, como Tebas o Drácula, y algún otro largo infaltable en la programación colombiana cada año, es que ni siquiera tiene que ver con la puesta en duda de la calidad del filme, sino que directamente son filmes absolutamente intrascendentes. Y entiéndase por eso que no fomenten discusión alguna. ¿No es eso inoportuno respecto a la idea de reunirse en torno al cine? Los asientos reservados están generando hartazgos que son evidentes cuando se mira más allá de los parcerismos.
Que no se entienda esto como una generalización que pretenda cobijar la totalidad de la producción colombiana presente en el FICCI, pues afortunadamente hubo bellas participaciones como Una escritura en apariencias o El hogar fue sepultado en esa tierra que nunca pudimos encontrar. La cuestión está en si los filmes de verdad están generando alguna suerte de discusión o si es algo que dependa meramente de la “empatía” del público.
El compromiso de un festival hoy ha de ser mantener vivo al cine mediante la charla, ese espacio que el propio evento propicia y que cada vez parece más amenazado. No se trata de filmes fallidos, divisivos o incluso irritantes, sino en programar filmes que no dejen más que cortesías y una sensación de compromiso. Si este año el FICCI pareció más solo, no fue únicamente por la menor asistencia, sino por esos silencios que dejan ciertas decisiones de programación. Un festival debería vivir de la discusión, del desacuerdo, del entusiasmo y hasta de la rabia compartida al salir de una sala. Mientras sigan existiendo filmes que partan al público en dos (y gente dispuesta a debatir por ellos en las calles de Getsemaní), seguirá habiendo algo vivo. Lo preocupante empieza cuando ya nadie tiene nada que decir.
