FICCI 65: En tres salas al mismo tiempo y la física no te deja

Joan Suárez

De la cofradía del criterio a la imagen…

Una bitácora cinéfila con apuntes y entradas.

 

Un cortometraje logra ser un desperdicio o una complacencia. Es capaz de imponer una virtud o declinar ante la ambición. Consigue sostener un andamiaje equilibrado y partir de una idea precaria; ser una mezcolanza o endulzar con firmeza su intención. Es, al mismo tiempo, la imitación de lo ya dicho y el potencial de un lenguaje fragmentado. Unos pocos pueden ser la expresión tímida de un largometraje, mientras la gran mayoría apela a una referencia canónica, a un sentido de tradición y pasión. Otros se evaporan mientras la sala aplaude y adelantan sin prisa más de una proyección. Sin duda, el panorama del cortometraje en Colombia es intenso, heroico y edificante; al menos, así se corroboró en la reciente edición 65 del Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias (FICCI65, del 14 al 19 de abril de 2026).

 

En la franja “Competencia Colombia cortometrajes”, todas las películas eran candidatas al Premio del Público. Se presentaron veinte cortometrajes agrupados en cuatro programas de exhibición. Sin embargo, ante la simultaneidad sin ubicuidad, alinear el cuerpo y la mente resultó insuficiente, antiformalista e irrepetible. Aun así, frente a un conjunto casi homogéneo del programa uno, y desprovisto de seudointelectuales laicos de pasarela y alfombra, disfruté las diversas maneras y enfoques de estas películas.

 

Este texto busca bosquejar una porción de la totalidad existencial de las demás obras. Sin distensión diplomática, planeé mi bitácora cinéfila con la aplicación desarrollada por el editor Juan David Villa, otrofestiv – Tú decides el festival, ante el naufragio del programa impreso y sus coordenadas, que suelen desorientar incluso al espectador más avezado. Otro motivo de mi elección ha sido la cofradía del criterio y la ficción retórica del gusto. Resulta pertinente destacar que de este programa (el primero) surgióuna ganadora y otro autor reconocido por asociación artística.

 

Bajo estas premisas, presento a continuación las impresiones que suscitaron las obras seleccionadas. Estas líneas diminutas recogen la esencia de esta muestra. Mi intención es que el espectador sienta la textura de las películas antes de verlas.

 

El director Juan Camilo González, integrante del grupo Moebius Animación y especialista en artes digitales, presentó Decaer(2026; 7 min), una gramática elemental que desmenuza un trabajo de más de una década. Se trata de un retroceso animado por los sentimientos eternos y la oscuridad del recuerdo, donde el peso de la angustia viaja desde los estallidos de la pólvora hasta la luz que sigue a la evocación, la ausencia y la voz de los otros. Sus imágenes se depositan en la retina para empañarla con trazos, líneas y polvo; una pieza tan expresiva y refinada en su estética existencial que rasga la mirada. Gracias a este mimetismo de secuencias alegóricas, la obra resultó ganadora del premio a la Mejor contribución artística.

 

La intimidad familiar y las revelaciones de un viaje están recopiladas en la película La garganta del diablo(2026; 15 min), del director Mateo Ramírez. La obra convierte el archivo fílmico en un símbolo esencial, proponiendo una interpretación de estas imágenes desde la lejanía y la ausencia. La voz en off funciona aquí como un pensamiento que se sobrepone a la presencia sonora del padre, lo que genera un encuentro de refinamiento visual y metafísico. Cada frase envuelve no solo una contradicción, sino también una interpelación en cada secuencia, una travesía que persigue entender e interrogar. Es una dimensión intensa, tanto en su voluntad artística como en su exigencia intrínseca por desdibujar el peso del pasado y, a la vez, capturar la enigmática despedida.

 

Otra de las películas documentales nutrió la pantalla con un trozo de magia y con la habilidad del truco. Se trata de la historia de María Paula Lorgia Garnica, quien en su película Las formas de la magia(2026; 16 min), aborda el proceso creativo y artístico de su padre, el mago Gustavo Lorgia. El relato adquiere un carácter dinámico y de poca manipulación en sus imágenes, que transitan desde los ámbitos familiares hasta las exhibiciones para televisión y espectáculos. La directora brinda una serenidad lírica que guía al espectador a través de un túnel, una ilusión que ella controla con carácter mediante el uso de intertítulos sobre las imágenes de betamax que custodió su padre. De este modo, la directora sitúa los fragmentos en un movimiento latente de sensación y emoción, creando una unidad de reflexión y diálogo con la mirada y el alma del personaje.

Es una dimensión intensa, tanto en su voluntad artística como en su exigencia intrínseca por desdibujar el peso del pasado y, a la vez, capturar la enigmática despedida.

Una obra que exigió una atención cuidadosa por su postura política, social y cultural sobre la representación del cuerpo y el deseo de la mujer es la película de la cineasta Gloria Isabel Gómez Ceballos, cuya semilla explotó en la sala con Madres de nacimiento(2026; 8 min). Se trata de una sentencia fílmica y de archivo sobre los derechos reproductivos y su mirada cristalizada, esa que analiza las formas en apariencia inamovibles, encerradas y estáticas bajo los designios de libertad y autonomía en la estructura patriarcal. La obra es una diminuta joya en duración y un gigantesco montaje que aplasta y devora al espectador con cada secuencia de exhumación histórica y emocional. Tan magistral y extraordinario es su rigor de arqueóloga e investigadora que el filme se hizo con el premio al Mejor cortometraje universitario.

 

Sobresale también un ejercicio con un pulso intenso, capaz de detener el ruido del mundo como un oasis para el duelo, es la película documental de Laura CharáTodas las manos que solté(2026; 23 min). En ella, articula su experiencia para recomponer las grietas del corazón en su linaje familiar y de afectos. El relato se dispone en un silencio narrativo por cada espacio de la casa; surge en la pantalla como un cántico de recuerdos y el retorno de las preguntas. Es una construcción a modo de plegaria, pausada y vinculada al juego simbólico del espejo, la imitación del otro ante la mirada de los ecos y los gritos callados. La visita de la autora danza con el canto de los pájaros y la quietud de los elementos en cada habitación. Partes aisladas y tan múltiples como las ausencias.

 

Se suma a este itinerario la película del cineasta caleño Óscar Ruiz Navia Ya se ven los tigres en la lluvia(2025; 15 min), un relámpago fonético y epistolar. Sus imágenes convidan a la contemplación del archivo en video8. La aventura de la hermandad y la presencia del regocijo devuelven la sonrisa y la voz en un ritmo solitario, entretejido entre dos ciudades. Algunas secuencias triunfan sobre el texto y se desintegran en el sonido desolado a cargo de Mercedes Gaviria; allí aparecen el habla y las ilusiones de la memoria. Es un autor que duplica la tenacidad que lo caracteriza, no solo en sus largometrajes, sino también en sus historias cortas, sosteniendo la evasión del sueño y la continuidad onírica sin fuga, solo la frescura de la última mirada.

 

En definitiva, cada una de estas piezas es una premisa de amor y pasión por el cine; una búsqueda propia ante las despedidas sin anuncio, los duelos, la memoria y los derechos. Resucitan secretos temblorosos. Sus distintas técnicas y formatos bordan una forma de pensar y trabajar con material fílmico de archivo en la gran mayoría de las obras. Sus creadores se desdoblan como arqueólogos solitarios en el montaje sentimental de cada plano o secuencia.