Piedras preciosas, de Simón Vélez

Machado goes business

David Guzmán Quintero

La comedia es inconveniente. Pasamos tiempos en los que todo debe tomarse demasiado en serio y la risa ha pasado a ser exclusivamente relacionada con falta de seriedad. Es decir, podría ser un procedimiento que, respecto a estos tiempos de la empatía, se antoje contraproducente. (Tal vez hagan falta muchos más filmes contraproducentes hoy en día.) Quién sabe qué escribió Aristóteles sobre la comedia, pero la historia parece indicar que la risa ha llegado a ser un acto político de desobediencia: un pueblo que ríe es un pueblo carente de miedo. Tal vez fuera Walter Benjamin el que, refiriéndose a Karl Kraus, resumió la imagen del satírico como “El niño que señala”. A lo anterior hay que sumar que en Colombia carecemos de comedias que vayan más allá de chistes reciclados, situaciones cómicas que dependan de la idiotez de sus personajes y premisas de lo terrible que es mi suegra, lo brava que es mi mujer y la puesta en duda de la virilidad masculina. Sin embargo, ha habido buenas excepciones.

 

A mi gusto, otra cosa que no ha salido muy bien ha sido el intento de acoplar la inexpresividad en los personajes, lo que ha dado como resultado guiños esnobistas a Bresson y la preocupante hipótesis de que esta ha sido una estrategia más práctica que creativa ante el absoluto desconocimiento de cómo acercarse a un actor.

 

Ambas “inconveniencias” están integradas en Piedras preciosas, la ópera prima de Simón Vélez. Sin embargo, comprende una buena excepción. La razón puede ser que son elementos que atraviesan todo el relato cinematográfico. El personaje principal, Machado, no tiene muchos cuestionamientos morales respecto a su tarea de robar y asesinar a un cura. Este podría ser el núcleo de la narración, que no se detiene en ese tipo de cuestiones y logra una brevedad que se incorpora a la estética: Machado trabaja en Francia, le proponen, viaja a Colombia, roba, mata y regresa. Hay algunos desvíos en el trayecto que son los que, en realidad, ocupan la mayor parte del filme: bailar salsa, robar una camioneta, ayudar a una esposa a esconder el cadáver de su esposo al que acaba de matar, etcétera.

 

La inexpresividad no es solo algo de los personajes, sino que se extiende hasta una fotografía distante, estática, limitada casi en su totalidad a un solo plano por escena. No es casual que del relato pueda llegar a emanar un aroma a la picardía de Jarmusch o a la despreocupación de Kaurismakï. En el cine de este último, la violencia –especialmente el cuerpo violentado– también es expuesta de esta forma despreocupada y, como se dice por ahí, descomprometida: como cuando en Sombras en el paraíso al protagonista lo recoge el carro de la basura o como cuando en su versión de Hamlet tiran el cuerpo de Claudio al basurero. Este tipo de narrativas siempre tienden a despertar ciertos cuestionamientos éticos. En el caso de Kaurismakï no deja de dar la impresión de que su reconocidísima inexpresividad es solo la consecuencia de un sistema capitalista que ha despojado a los obreros hasta del gesto. En Piedras preciosas se da a entender que Machado está en Francia huyendo de Colombia, que sus ricos patrones franceses lo contratan porque se encaprichan con robar una esmeralda en específico y que él cumple con la tarea sin mucha dificultad. Contextualizado específicamente en el barrio Manrique de Medellín, valdría la pena preguntarse si esta cómica inexpresividad no responde a una ética muy similar a la que se puede decir de Kaurismakï.

No es casual que del relato pueda llegar a emanar un aroma a la picardía de Jarmusch o a la despreocupación de Kaurismakï.

En ese marco estético es perfectamente omisible el que el personaje fume marihuana vestido de sacerdote sin preocuparse porque alguien lo vea, que de repente desaparezca la bolsa en la que llevaba su disfraz o que lo asalten pero que no le roben el celular ni la esmeralda. Sin embargo, tal vez la deficiencia más evidente del relato es que sea tan autoconsciente del humor implícito en la imagen del cura ladrón y sicario, lo que lo lleva a traicionar su línea estética cuando opta por una imagen virada al rosa para reiterar en lo extraño de “un cura” en una camioneta robada escuchando guaracha. Pero sigue siendo una narración que más o menos se rige por sus propias normas, lo que queda claro en la última escena cuando, entre otras cosas, se escucha la fantasía cromática de Bach en la música extradiegética.

 

Con todo, más allá de lo señalado, creo que lo más valioso de Piedras preciosas es que es un filme con carácter. Sus irregularidades importan menos que la certeza de estar ante una mirada. Hay filmes más pulidos, más prudentes, más fáciles de celebrar. Vélez opta por algo menos frecuente: un filme que se permite desviarse y sostener un tono propio. Puede fallar en algunos momentos, pero incluso sus tropiezos pertenecen a una búsqueda reconocible.