Juan Sebastián Muñoz
![]()
José María Arzuaga se fue de España un día para reiniciar su vida como artista. Como cineasta. Sin encontrar resonancia para su cine. Sin contar con un espacio donde existir como cineasta, para hacer crecer un cine desentrañado. Así fue como viajó a Colombia con el espíritu de quien anhela convertirse en un absoluto desconocido. Con la libertad del anónimo, del forastero. Del extraño. De quien está renovado para respirar otro aire y para pensar en todo desde una nada fresca. Lo primero que se encontró Arzuaga en Colombia fue la precariedad plena de la miseria que se abría gigantesca frente a sus ojos. Ineludible. Reparó en los chircales, las mismas fábricas semiesclavistas bogotanas de ladrillo, en las cuales repararía Martha Rodríguez casi una década después. De ahí nació Raíces de piedra (1961), que no solo articula una condena social en aquella explotación laboral, sino el abismo del crimen como alternativa.
Pero Arzuaga conseguiría una perspectiva auténticamente panorámica cuando le dio un vistazo certero y musical a la capital con Rapsodia en Bogotá (1963), en donde pinta un fresco de la ciudad completa desde un amanecer hasta el amanecer del día siguiente, atravesando veinticuatro horas completas en un puñado de minutos. Por supuesto, se trata de una mirada renovada, nueva, desprevenida, sin prejuicio, pero también con una extrañeza tan arraigada como la tradición misma de las vanguardias europeas en el imaginario de un mundo entero por conquistar. Arzuaga sabía muy bien que su mirada formada en el cine europeo tenía la capacidad de desentrañar e incluso de revelar muchas aristas impensadas de Bogotá. De una ciudad ya gigante y llena de una vida constatable pero probablemente no tan fácil de observar desde la cercanía enceguecedora de una cotidianidad áspera, como la que ya había palpado en Raíces de piedra.
Arzuaga abreva de las fuentes de aquellas vanguardias experimentales que construyeron paisajes completos de las capitales europeas en los años veinte y treinta. Hay que mencionar, primordialmente,El hombre de la cámara (1929), cuando el mítico DzigaVertov pensaba en un cine como manifiesto, como una columna independiente y autónoma en el mundo del arte. También sobre la estructura del ciclo completo de un día, entregaba todo un tapiz con generalidades y particularidades excepcionales de aquel Moscú de hace ya casi cien años. Un par de años antes, fuera del realismo socialista, WaltherRuttmann había construido el día cinematográfico para Berlín, cuando construyó todo un trazado de imagen y sonido con Berlín, sinfonía de una ciudad (1927).
Arzuaga, más de treinta años después, extiende el modelo para comprender a Bogotá como un ente completo que se mueve sobre la potencia extraordinaria de sus detalles. En rostros, pasos, manos, gestos, luces de neón. Un organismo completo y armónico, que en Rapsodia en Bogotá reposa en los acordes de la Rapsodia en aazul, de Gershwin. La aproximación que hace Arzuaga de aquella paradójica tradición vanguardista europea sobre la capital de Colombia no deja de lado la esencia de una observación aún arraigada a la visión propia de la conquista de un nuevo mundo, en el que fácilmente puede caber una mirada colonialista, pero también una mirada asombrada. Arzuaga, por supuesto, no repara en su propia postura cultural con respecto a esa observación, pero tiene la conciencia, latente en la película, de estar observando un paisaje.
… no deja de lado la esencia de una observación aún arraigada a la visión propia de la conquista de un nuevo mundo, en el que fácilmente puede caber una mirada colonialista, pero también una mirada asombrada.
Para el ejercicio de esta prosopografía de una ciudad presentada como un organismo completo, se necesita una perspectiva tan extensa como la amplitud misma de las miras, del rango de visión extendido hasta lo máximo, para verlo todo completo y en cada detalle, con la necesidad de dar pasos hacia atrás para capturar completamente todo lo que se requiere, para que la descripción sea tan completa como puede ser. Por supuesto, entonces surge el montaje. No como un simple proceso de ensamblaje ordinario para organizar una captura azarosa, sino conceptualmente como un proceso original que articula por completo una mirada. Como un movimiento creativo anticipado, continuo y en constante transformación, incluso en la mirada que se a renovando generación tras generación.
La concepción de la vida de la ciudad, pensando nuevamente este concepto como el proceso de un organismo vivo unitario, también puede percibirse como la confirmación de una agitación a la que el espectador de Rapsodia en Bogotá se enfrenta a través de un filtro estético. Aquellas imágenes recogidas por la cámara de Arzuaga corresponden a una verdad que es reapropiada para ser presentada nuevamente en un fresco panorámico que recobra esa forma como un detalle nuevo. Esto no implica necesariamente la ilegitimidad o el blanqueamiento, sino muy probablemente una dimensión de ese elemento, de ese rostro, de ese paisaje, que puede convivir con la verdad pragmática del día a día, que puede ser tan cruda como ya lo había considerado Arzuaga en Raíces de piedra y como después lo pensaría de forma integral en Pasado el meridiano (1965), que se refiere a una realidad sistemática de las clases populares. Ahí, en todo el centro de ese tríptico relevante de Arzuaga en Colombia, contempla a lo largo y a lo ancho a una sociedad que apenas se planteaba por entonces la integración de una modernidad que, en el norte del mundo, ya marchaba a un ritmo acelerado desde muchas décadas anteriores a la elaboración de Arzuaga.
Por lo tanto, en el contexto de una cultura en pleno auge, en la consolidación hacia una segunda mitad del siglo especialmente vigorosa, Rapsodia en Bogotá se instala en el corazón de toda una reivindicación para una ciudad que recogía la aceleración de un país que estaba, justamente, en el punto álgido de unas convulsiones históricas que no podrían detener ese movimiento imparable, que tenía los acontecimientos del 9 de abril todavía frescos en la esencia de la ciudad. Arzuaga, como testigo excepcional de esa ciudad moderna, pareciera empujar a la ciudad hacia el futuro. Pareciera lavarla y acariciarla para presentarla al mundo, como quien consiente a un ser querido que está por enfrentarse a la dureza de la vida.
