Lisandro Duque Naranjo
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Es muy comprensible que la ley 9a. de 1942 hubiera dejado por puertas una serie de preocupaciones que solo con el tiempo habrían de convertirse en urgentes. El de la indumentaria para los cineastas, por ejemplo, es uno de esos problemas que la república liberal de López Pumarejo no tenía por qué haber previsto. Pero hoy en día, cuando las sucesivas reglamentaciones cinematográficas alcanzan hasta para llenar un libro tan gordo como el que bajo el título de “Legislación Cinematográfica Colombiana” acaba de editar el doctor Mario Suárez Melo, sí es preocupante constatar que la indumentaria para los cineastas no haya merecido la más leve referencia por parte de las esferas gubernamentales. Estos faltantes han tenido, pues, que ser cubiertos por los propios cinematografistas, sobre la marcha, apoyándose en sus propios esfuerzos.
Es así como nos encontramos con los aportes invaluables que a la indumentaria de los cineastas hace Carlos Palau. Palau ha comenzado a demostrarnos que uno debe ser el traje para los rodajes, otra la túnica para las premieres, otro el sombrero para los festivales y otras las sandalias para la post-producción. Estos aportes no pueden sub-valorarse en momentos en que despegamos de una etapa preindustrial hacia una coherente industrialización cinematográfica. Si nos fuera dado escoger, no vacilaríamos en quedarnos con el sombrero de ala ancha que nos propone Palau para soportar los rigores del Festival de Cine de Cartagena, pero lo importante es la diversidad de indumentarias con que los cinematografistas podremos enfrentar el reto de los nuevos tiempos. En el fondo, el interrogante “¿Cómo debemos vestirnos?”, tiene una significación similar a la de los grandes dilemas del cine colombiano: 16 o 35, Documental o Ficción, Marginal o Sobreprecio, Militante o marginal, Regeneración o Catástrofe, Gamín o Campesinos, etc. No obstante, la resistencia que se le oponga en un comienzo a este nuevo dilema, estamos seguros que la propuesta de Palau terminará por provocar una crisis muy saludable entre quienes siempre han juzgado estos temas como intrascendentes. Cuando ello ocurra, un cinematografista de la talla de Fernando Laverde, por ejemplo, aceptará sin prejuicios que no podrá salir impunemente para su segundo largometraje con el mismo estilo de chaqueta de cremallera con que hizo El País de Bellaflor, y un autor de la sensibilidad de Manuel Franco evitará gestionar su primer crédito en Focine con la misma moda de los tres botones que usaba cuando dirigió el teatro Jorge Eliécer Gaitán. Y así sucesivamente, pasando por los blazers de Francisco Norden, las gafas ejecutivas de Alberto Giraldo y hasta los bluyines de Carlos Mayolo.
Pero lo relativo a la indumentaria no es lo único que, faltando en las reglamentaciones oficiales, ha sido materia de iniciativas propias de los cineastas. Hay otros renglones en los que estos han sido muy creadores y audaces. Quisiéramos relievar esos aportes de los más veteranos, a manera de ejemplo para quienes apenas se inician en el oficio. Veamos:
FOTOGRAFÍAS
Hay una serie de poses fotográficas muy recomendables para los directores de cine. Estas fotografías son muy útiles para ilustrar reportajes y para promover películas. Así como los alcaldes aparecen siempre en la prensa conversando por teléfono, y los ganaderos al lado de una holstein, los realizadores cinematográficos deberán figurar en las fotografías de acuerdo al siguiente abanico de propuestas:
- a) Mirando a través del visor de una cámara (preferiblemente una Harri B-L).
- b) Observando unos fotogramas en contraluz (debe verse al fondo una moviola, o por lo menos un rewinder).
- c) Dando instrucciones a un actor.
Nota: Para todas estas poses es fundamental tener colgado del cuello un cronómetro, y tener puesta una camisa a cuadros si el clima es frío, o el torso desnudo si la locación es caliente.
Hay una serie de poses fotográficas muy recomendables para los directores de cine. Estas fotografías son muy útiles para ilustrar reportajes y para promover películas. Así como los alcaldes aparecen siempre en la prensa conversando por teléfono
CRONOLOGÍA
Los aspirantes a ingresar a la actividad fílmica deberán tener muy en claro –sobre todo en los foros y los cocteles– cuál es la película que parte en dos la historia del cine colombiano: ¿Chircales?, ¿Agarrando pueblo? ¿Cuartico azul? Esa definición de fronteras es urgentísima, a menos que se desee entrar a formar parte de una historia que todavía no se ha dado el lujo de partirse en dos, o que no resulte muy problemático ingresar a una actividad cuya historia, en los últimos diez años, se ha partido como en seis pedazos.
FRASES OBLIGATORIAS
Hay un recetario de frases para ir soltando en ciertas circunstancias. Transgredir esas frases, inventándose otras, no es muy recomendable. De pronto pasa usted por ser de otro paseo, y eso no ayuda nada. Veamos esas frases rituales:
“Es una película muy fresca”. Esta frase se aplica no necesariamente a aquellas películas acabadas de salir del laboratorio, sino a aquellas que por su tema o su tratamiento ligeramente novedoso se diferencian en algo de la montonera de sobreprecios.
“Mire usted la clase de cine que hay que hacer en este país”. Esta frase debe pronunciarse en la esquina de la séptima con veintidós, mientras se mira la larguísima cola de espectadores que esperan comprar boleta en el teatro México para algo así como La niña de la mochila azul. El rostro de quien la pronuncia debe contraerse con un rictus de angustia bergmaniana, como si la incultura nacional lo estuviera privando de hacer algo más maduro, por el estilo de La muchacha de la valija.
“Te advierto que yo no inscribí mi película”. Frase para pronunciar en los concursos de cine de Colcultura, cosa que, si no se gana un Búho, el director pueda decir: “yo no le tenía ninguna confianza a ese trabajo”; y si se lo gana, pueda decir: “Así es la vida: yo no le tenía ninguna confianza a ese trabajo”.
FRASES OPCIONALES PARA CONCURSOS
Si se gana: “Y eso que filmé esa película dos por uno, y con cinco latas apenas.”
Si se pierde: “Donde le hubiera metido otra latica, mínimo cojo el Búho de plata.”
Si no se participa por falta de película: “Yo no tengo por qué someter mi trabajo al criterio de nadie. Yo le gusto al público, y eso me basta…”
Si el jurado es de cinéfilos puros, y se pierde: “El problema con los jurados cinéfilos es que ya tienen sus roscas…”
Si el jurado no es de cinéfilos puros, y se pierde: “¿Pero cómo se les ocurre poner de jurados a tipos que en su vida han visto un magnético perforado?”
Moraleja: No puede haber Jurado en vano.
* Cine No 2. 1981.
