Soñé su nombre,de Ángela Carabalí

Un viaje hacia el padre (y la memoria) 

Martha Ligia Parra

En Instagram @mliparra

 

Para los Nasa cuando alguien muere,
desaparece físicamente,
pero no espiritualmente,
ellos simplemente
regresan a la tierra.

Indígena nasa

 

Y el final de la búsqueda
será llegar al comienzo.

T.S. Elliot

 

“Lo cierto es que todo cambió en mi familia desde noviembre de 1992, cuando mi papá salió a trabajar y no lo dejaron volver.  Él se me apareció en un sueño y me pidió buscarlo. No sabía que con ese sueño comenzaría un viaje inevitable hacia mi padre. Y también hacia un dolor que siempre esquivé”, narra la directora Ángela Carabalí, en su película Soñé su nombre.

 

Este documental íntimo y familiar, también se inserta delicada y poderosamente en el ámbito social y político. Hace memoria personal y colectiva, pero también de país. Treinta años después, Ángela y su hermana Juliana emprenden el camino de regreso: un proceso de reconocimiento de sus orígenes. Y de confrontación con el duelo, detenido en el tiempo.

 

En Colombia la desaparición forzada como crimen de lesa humanidad solo fue reconocido hasta el 2000. La Unidad de búsqueda de personas dadas por desaparecidas habla de 135.396. Según la JEP (Jurisdicción Especial para la Paz) hay un posible subregistro que elevaría el número a más de 200.000. En Argentina, durante la dictadura, se estima que la cantidad fue de treinta mil. En Colombia, bajo una democracia, resulta inaceptable que esa cifra se haya superado con creces. Y que este delito siga vigente.

 

La desaparición es una herida que no cierra. En nuestro país es una brecha profunda que sigue abierta. Un dolor y una espera que no acaban. Y son, precisamente, las mujeres quienes con valor han enfrentado el negacionismo y la estigmatización: Las madres de la Candelaria, las de Soacha, el Movimiento de mujeres caminando por la verdad de la Comuna 13, entre muchas otras. Sus consignas repetidas por décadas: “¿Dónde están?”, “Vivos se los llevaron”, “Los esperamos” o “Los desaparecidos del Palacio de Justicia sí existen”. Y sí, las cuchas tenían y tienen razón.

 

“Esa es la única foto que tengo sola con mi papá. Tiempo después, le robarían ese tractor y después la vida”, narra en su película la directora, y agrega: “Se cree que la desaparición forzada es un secuestro, pero no es así. Por el desaparecido no se pido aparentemente nada a cambio, aunque le roban todo”. Y no solo a él, también a su familia.

 

Como lo explica la fotógrafa e investigadora italiana Viviana Peretti, la desaparición está sostenida por la impunidad y no deja cuerpos, pruebas, ni culpables. Al desaparecido se le roba su cuerpo, identidad, existencia. Ni vivos ni muertos. Ocupan un no-lugar, como lo señala la investigadora alemana AnneHuffschmid.

 

Soñé su nombredocumenta el viaje que emprenden las dos hermanas desde Medellín hasta el resguardo indígena Nasa de López Adentro, en el norte del Cauca. La travesía permitirá nombrar, conocer y seguir los pasos de ese padre, Esaú Carabalí Brand, un agricultor afrodescendiente que cultivaba arroz. Y a través de quienes lo trataron, valorar su carácter de líder y espíritu colaborativo.

 

La película registra un trayecto no solo geográfico, también responde a una búsqueda, a un llamado que está en otro plano. Incluso más cercano a la condición del desaparecido.  La historia trata con lo tangible y lo intangible, con el mundo real y con el espiritual. Cada uno con sus propios protocolos y tiempos. Para ello era necesario contar con el apoyo de otros y entender el sentido de comunidad, tan arraigado en los pueblos indígenas, afros y campesinos.

 

A través de una narrativa sobria y una puesta en escena sencilla, pero eficaz, la película lleva de la mano al espectador y lo atrapa fácilmente desde el comienzo.  El tono es confesional, pausado y establece un sugestivo y potente diálogo con la naturaleza al conectar con ella, al hacerla también protagonista. La película indaga en sus paradojas: los peligros y amenazas, al lado de la belleza del campo. Al tiempo que quiere desentrañar la esencia del entorno y hallar respuestas.

Para ello era necesario contar con el apoyo de otros y entender el sentido de comunidad, tan arraigado en los pueblos indígenas, afros y campesinos.

Soñé su nombre es una carta al padre muerto. Un viaje hacia su memoria.  Pero al mismo tiempo es una carta de amor y de hermandad entre el mundo real y los sueños, entre la vida y la muerte, entre lo afro y lo indígena. Precisamente esta última relación, es un aspecto fundamental que se descubre poco a poco en la película. La primera referencia visual aparece en un texto clave que reivindica la contribución de la población afrodescendiente en Colombia,Esclavitud y libertad en el Valle del Cauca, de Mateo Mina, y la relación entre ambas etnias. El prólogo de Orlando Fals Borda explica que “fueron los españoles quienes habían fomentado incomprensión y hostilidad entre indios y negros, empleando a unos para reprimir a los otros; en caso de levantamiento”.

 

Y si bien la tensión entre afro-caucanos e indígenas es latente, como explica la realizadora, la película insiste en la proximidad entre estas comunidades hermanas. De hecho, en la narración, la propia Carabalí concluye al respecto: “Esa cultura, ese pueblo indígena me puso frente a mis raíces afro”.  El mismo padre protagonista tenía claro esa afinidad y compartía sus saberes sobre la siembra de arroz, tanto con sus pares como con la población indígena.

 

Al recordar a Esaú una mujer indígena manifiesta: “Él le ayudaba a la gente aquí para trabajar. Nunca le decía a uno que no. Él decía, yo quiero enseñar a todos los muchachos aquí en López a sembrar el propio arroz. El pensar de él era algún día tener un molino para producir el propio arroz”. En un momento aparece el plano silencioso de un mural en el resguardo con la siguiente consigna: “KWE´SX –Arroz– porque producimos lo que comemos”. En idioma nasa Kwe´sx, significa nuestro. Ese grano ancestral es el motor de una empresa comunitaria que sirve al sustento de dieciséis familias.

 

El Cauca es el lugar donde Esaú conformó su familia y trabajó la tierra. Y también donde lo desaparecen. Como explica la voz en off de Carabalí: “El Cauca es zona roja y concentra los grandes conflictos del país: narcotráfico, paramilitares, problemas con la tenencia de la tierra y desigualdades raciales”.  Así como también la explotación de la tierra de los campesinos con el monocultivo de la caña de azúcar. Actividad agroindustrial que abarca varios departamentos. Y la problemática central de la zona y del conflicto del país, es la tierra y el despojo. La tensión en la región sigue siendo una constante.

 

La voz en off de Angela le expresa a su papá: “Vi la tierra recuperada por los indígenas, vi cómo las plantaciones de caña de azúcar se tragaban los cultivos de caña, guayaba, cacao, plátano. La misma que tú trabajaste siendo afrodescendiente”.

 

Por su parte, el audio que acompaña acertadamente las imágenes de libros como el de Mina y Pedro Páramo, es Luchas cantadas, un himno al norte del Cauca y a su realidad: “Cantemos, marchemos y vamos a reclamar que haya paz, la paz es salario justo eso es paz, que valgan nuestros derechos eso es paz” (Bunde de la paz).

 

La contribución de la población afrodescendiente al país ha sido invisibilizada durante mucho tiempo en el país. Y el cine colombiano tampoco ha sido la excepción en ese sentido. En las últimos dos décadas hay, sin embargo, un avance en la representación y auto-representación, tanto en el documental como en la ficción. La mirada auténtica y fresca de Ángela Carabalí, llega, sin duda, a enriquecer no solo la producción nacional afro, sino también el cine hecho por mujeres en nuestro país. Su película es la primerade una directora afrocolombiana en estrenarse en la cartelera comercial.

 

Soñé su nombre es una cinta que habla de la resistencia, de la memoria, de la identidad, del territorio. Y de la importancia del sentido de pertenencia y de comunidad.  Reivindica la fuerza de lo colectivo impulsada por las mujeres. Y confirma una vez más, recordando a las feministas negras, que “lo personal, lo privado: es político”.