Danny Arteaga Castrillón
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Parte del cine colombiano se ha caracterizado por buscar distintas maneras de retratar la violencia. Ficciones sin futuro, película producida en el departamento de Risaralda y dirigida por Diego Espinosa, encuentra en el cómic una estética que le imprime cierta agilidad a esta historia sobre el crimen nocturno en la ciudad de Pereira, y cómo en una sola noche y casi que en un solo espacio pueden aglomerarse los pecados de Colombia como nación.
Es una película con distintas líneas narrativas, que aterrizan en un centro, un dibujante que recorre las esquinas de la ciudad nocturna para cazar la figura de los transeúntes, y adivinar en ellos sus propósitos. Así, el hombre traza en su cuaderno, en sus viñetas, el actuar de los individuos que la noche va reuniendo en el Parque de los Enamorados, en búsqueda de algún fin delincuencial: un joven de clase alta que necesita un arma para asesinar a su padre; una mujer que quiere vengar los pecados de un cura; dos jóvenes motociclistas que persiguen el dinero a costa de cualquier crimen; una peligrosa banda de expolicías que opera en el sector en connivencia con la fuerza pública; una estación policial donde una extraña sombra parece acechar a los presos en las celdas.
Los hechos más relevantes de la historia van quedando grabados en el cuaderno de El Dibujante, hasta el punto de verse de algún modo involucrado en los acontecimientos, que terminan por reunirse en una sola historia, y que, además, se materializan, poco o poco, en las viñetas del cómic. Así, la historieta comienza a extenderse de algún modo en las imágenes de la película, y la ficción del cuaderno va convirtiéndose en la realidad de la historia. Tanto así que solo en esa noche se crea el mito, entre estos personajes, de que El Dibujante retrata las consecuencias de las acciones y de las decisiones.
La manera como se combinan los elementos propios de lo cinematográfico y los del cómic es donde reside principalmente el mérito estético de la película: la división de la pantalla para mostrar distintos hechos, desde diferentes escenarios; las transiciones rodeadas de una textura de papel; incluso algunos planos que parecen adquirir la composición efectista del cómic, como en aquel plano medio de los jóvenes motociclistas, durante su huida, mientras el lente los captura de frente en su movimiento, y que pareciera que fueran casi a salirse de la pantalla.
A pesar de que este entramado estético resulta a ratos arriesgado, al punto que deja entrever algunos problemas argumentativos y de verosimilitud, la historia logra exponer de forma quizá demasiado compacta algunas problemáticas de violencia que suelen reunirse en las urbes, en las noches, en las periferias, en las esquinas peligrosas, como los ideales de venganza, el asesinato, el secuestro, el paramilitarismo, la corrupción de la fuerza pública, entre otros. Todo ello, además, materializado en personajes que de forma sutil develan algunas aristas de su pasado, y que El Dibujante, en medio del Parque de los Enamorados, captura con su ojo y su bolígrafo, para luego aventurarse a relacionarse con ellos, y así retener las palabras más adecuadas con las cuales llenar los globos de diálogo de sus viñetas.
