Monos con aureola

Fabián Aguirre

Resumen
A partir del análisis de Monos (Alejandro Landes, 2019), este ensayo desborda la categoría de cine sobre el conflicto armado colombiano para constituirse en una reflexión estética y antropológica sobre la guerra, la modernidad y la condición humana. Mediante un diálogo con Melville, Ricoeur, Sahlins, Nietzsche y diversas referencias cinematográficas, se sostiene que la obra de Landes desmonta las oposiciones simplificadoras entre naturaleza y cultura, bien y mal, civilización y barbarie. Los jóvenes combatientes aparecen como productos históricos de tradiciones ideológicas, religiosas y políticas que exceden su voluntad individual. El análisis defiende que la potencia de Monos reside precisamente en que se resiste a convertirse en un manifiesto moral o político, permitiendo que la ficción revele dimensiones de la realidad inaccesibles para el discurso doctrinario. De este modo, la película se inscribe en una tradición artística que privilegia la complejidad trágica sobre la denuncia panfletaria y convierte el conflicto colombiano en una alegoría de las contradicciones de la modernidad tardía.
Palabras clave: Estética, Ficción, Antropología filosófica, Hermenéutica filosófica, Cine colombiano

¿Quién en el arco iris puede trazar la línea donde termina
el violeta y comienza el anaranjado?
Billy Bud Marinero. Herman Melville

Monos (2019) es una película para quien ama todas las dimensiones de la vida y hace lo que el arte dionisíaco tiene que hacer: editar el ruido mediático y devolvernos, después de un elegante y estilizado tamizaje, la esencia de la vida de un pueblo dentro de un periodo específico de su historia. La película definitiva sobre el siglo XX colombiano tuvo que hacerse en el siglo XXI, pues como dice Daniel Estulin , los siglos no empiezan en la estrecha nomenclatura de los números redondos, sino sobre los eventos que abren y cierran eras. Si el siglo XX empieza con la primera guerra mundial (1914) y termina con la caída de la URSS (1991), el nuestro da comienzo con la separación de Panamá (1903), azuzada por Estados Unidos y con el cortejo nupcial del partido conservador, y el XXI solo hace su entrada con la firma del Acuerdo de Paz con las FARC (2016). Monos es una película exigente, para cinéfilos irrehabilitables; para amantes de la vida irredentos, para quienes aprietan entre los dientes más de lo que pueden masticar.

Monos es una obra inspirada y forjada en la aleación entre cine y literatura, lenguajes que se convierten en los espejuelos a través de los que se observa la realidad de un pueblo determinado en lugar de buscar un formato destinado solo a expresar una interpretación previa, que es a lo que estamos acostumbrados. El resultado es que ambos lenguajes quedan tan anudados a la realidad que crean un orden simbólico en el cual el mundo palpita tanto de homenajes evidentes, como de inconscientes e inesperados. Lo real y lo simbólico se anudan y ambos salen enriquecidos. Una influencia es una Matrioshka, que puede contener infinitas referencias dentro de sí. Los personajes de Alejandro Landes como los de Claire Denis en Beau Travail (1999), y a diferencia de los del Melville de Billy Budd (1924) en su prédica contra la civilización, no son malos porque la sociedad los corrompa, son, más bien, el producto pintoresco de una superestructura compuesta de una serie de tradiciones heterogéneas. Giramos la moneda y vemos su reverso, los homenajes a las pinturas de Lascaux y Altamira y al señor de las moscas son menos una aprobación de la seudoantropología “hobbesiana” y más un recordatorio de que la dialéctica entre nomos y physis (cultura y naturaleza) es una de las grandes fábulas del folclor occidental:
De todas las posibles variantes del dualismo nomos-physis, dependiendo de cuál de los dos se privilegie como bueno y cuál se considere se impone sobre el otro, el sentido “rousseauniano” de una naturaleza pura y una cultura corrupta solo ha sido sobrepasado por su contrario “hobbesiano” en el largo curso de la historia occidental; o más bien ha sido arrastrado con el segundo, así como la original condición edénica del hombre se evoca por la tristemente célebre caída en el mal. (Sahlins, 2014, p. 50)
El personaje del mensajero es una suerte de Quirón con sus jasones (Medea-1969) que cabalga por el Páramo de Chingaza, un sargento Galoup que dirige rituales tribales entre sus soldados en Beau Travail. Por momentos, Monos parece una pintura rupestre en movimiento a la cual el director va iluminando con una linterna de mano.

Los alias guerrilleros de los Monos –Rambo, Patagrande, Lobo, Lady, Sueca, Pitufo, Boom Boom, Perro–, son ecos de Billy Bud Marinero, o de cualquier referente de culto del cine bélico como Full Metal Jacket, y no de Beau Travail. En línea con Dostoievski y Chuck Palahniuk, Melville y Claire Denis le hacen un tributo a la masculinidad. Landes, por su parte, parece hacer un ajuste de cuentas con Colombia al mismo tiempo que aprovecha todos los recursos disponibles, tanto económicos como de intercambio simbólico, para homenajear a un conjunto de pasiones vitales que aquí solo alcanzamos a intuir.

Si Porfirio (2011) fue la lúcida cocción de una tensión que nunca llega a su punto de ebullición, pero que cocina al espectador paciente, Monos es un ejercicio de exceso armónico, de pirotecnia equilibrada, de una Hybris (desmesura) que busca su Sophrosyne (moderación) y nunca cae en el maniqueísmo de usar la driza para izar banderas de pacifismos incompatibles con la realidad, ni para enarbolar patrioterismos histriónicos ajustados a formatos de red social.

La exuberancia sagrada del cañón del río Samaná como la selva de Guadalcanal en la Delgada línea roja (1998) son indiferentes a la puerilidad brutal de una guerra degradada por sus actores. Aquí no hay buenos ni malos, y las instituciones, legales e ilegales, son un reflejo de los hombres que las componen, lo que significa que estamos estructurados, que somos hijos de los aciertos o errores de exégesis teológicas hechas hace siglos, carne y sangre moldeadas por interpretaciones antropológicas de lo que significa ser Hombre. Los monos con aureola de Landes se inmolaron en todas las piras sacrificiales de la modernidad: el maniqueísmo de los liberales contra los conservadores, el comunismo contra el capitalismo y la carrera espacial.

En contravía de la instrumentalización bien intencionada, esta tradición de películas, en la vía de Senderos de gloria (1957), no son antibelicistas o antimilitaristas, eso sería fácil y las haría idealistas, poniéndolas en franca lucha contra la realidad. Estas obras son mucho más que eso, sobre todo porque la tentativa de una declaración de intenciones por parte de los directores, en lugar de realzarlas, las empobrecería. Los protagonistas de Monos no se mueven entre dicotomías fáciles del tipo bueno o malo, ni siquiera entre lo real o irreal. En este punto, se impone recordar una idea recurrente de estas… nuestras estéticas: “la paradoja de la ficción es que la anulación de la percepción condiciona un aumento de nuestra visión de las cosas.” (Ricoeur, 2000, p. 205) Rambo es nuestro coronel Kurtz en Apocalipsis Now (1979), pues ambos representan las contradicciones inherentes a la guerra. El coronel Kurtz: la irrupción de un poder destructivo tecnológicamente superior, pero advenedizo y amateur en fronteras porosas en donde confluyen cosmovisiones milenarias; Rambo: el NN de la expresión propia de la cultura de masas y del lenguaje reificado, los niños son nuestro mayor recurso, pero en su materialización más cruda y exenta del barniz del capitalismo con rostro humano. La ambigüedad sexual de Rambo es un recurso oportuno de los productores e inteligente por parte del director para enganchar la película a tendencias mainstream de festivales con agendas liberales de izquierda, pero este movimiento no agota la visión del director, y si así lo hiciera, Alejandro Landes se vería desbordado por las dimensiones interpretativas de su propia película, pues con este personaje funde el limbo de ser un niño o un adolescente en una guerra –limbo legal, ideológico y antropológico– con su inevitable reducción a bolsas de plástico como residuos de procesos históricos de los cuales son un instrumento y los cuales rara vez entienden. Por lo demás, nada sorprendente, una obra de arte tiene que rebasar a quien la creó, una obra que inspira otra obra, como única eternidad al alcance de un mundo postindustrial:

208. El libro trocado casi en un hombre. – Es para todo escritor sorpresa enojosa y siempre nueva que su libro, desde que se separa de él, viva con vida propia. Quizá lo olvidará casi enteramente, quizá se elevará por encima de los conceptos que en él ha depositado, quizá ni lo entenderá ya y habrá perdido el alto vuelo a que se remontara para concebirlo; sin embargo, el libro es buscado por los lectores, produce dicha o desdicha, es causa de nuevas obras; se hace el alma de principios y de acciones: en una palabra, vive como un ser provisto de espíritu y de alma, y sin embargo no es un hombre. Es una dicha para el autor poder decir que todo lo que en él existía de ideas y de sentimientos creadores de vida, fortificantes, edificantes, esclarecedores, vive todavía en sus obras, y que él mismo no es más que la ceniza gris, mientras que el fuego ha sido conservado y propagado por todas partes. Si se considera, pues, que toda acción de un hombre, y no solamente un libro, sirve por algún motivo de ocasión a otras acciones, decisiones y pensamientos, que todo lo que se hace está anudado a lo que se hará, tendremos que reconocer verdadera inmortalidad existente, la del movimiento. (Nietzsche, 1986, p.173)

He aquí a Aldebarán, que como un faro en el cielo nocturno guía a los hijos de Prometeo en medio de este mar sin costas. El fuego sagrado robado a los dioses para que los hombres se les asemejaran mediante la creación. Y, sin embargo, en las ciudades colombianas la gente seguirá a sotavento de los vientos del desplazamiento forzado, que solo le llegará en forma de familias en los semáforos. Y los Monos seguirán desfilando, pero ya bajo la égida macabra de una modernidad tardía que se descompone bajo sus límites ideológicos y el desmantelamiento de su débil mitología, en la cual no hay caminos de sirga o dársena donde atracar, solo las tediosas repeticiones de las olas del intercambio de mercancías-signo, signos-mercancía de la sociedad de consumo. Claro que algunos intentarán mantener la anacrónica nomenclatura del siglo XX: izquierda-derecha, comunismo-capitalismo… pero solo por su funcionalidad. Tan funcional como las facciones del Estado cuyo alias es “partidos políticos”. Tan funcional como la plutocracia, que al mismo tiempo que ejercita la leva forzada, la llama batida o reclutamiento de niños según quién la ejercita. Lo que decimos pretendería ser profético si el sistema financiero internacional y sus fondos de “inversión” no hubieran integrado el narcotráfico y el lavado de activos (colocación, estratificación e integración), la venta de armas (Inversión en Defensa, Seguridad y Aeroespacial), la quiebra de países (Fondos de Situaciones Especiales y Deuda Soberana Desvalorizada), la destrucción y posterior reconstrucción de estos (Fondos de Capital Privado en Infraestructura y Reconstrucción), en parte nuclear de la estructura financiera internacional. Sí, los gringos, en particular, y los anglosajones, en general, son una sombra alargada en este relato, pero ojalá pasajero, como la Doctora, que es solo un chirrido molesto en esta, nuestra historia. Lo importante aquí es la vaca “Shakira” de Julio Medem (1992) y del odio (La Haine-1995), ese MacGuffin retorcido y visceral que utiliza Alejandro Landes para desbordar la definición clásica de Hitchcock. El MacGuffin no se difumina en la trama (fading), se integra biológica y simbólicamente a los protagonistas.

A pesar de sus premios o a consecuencia de ellos, no hemos sabido dimensionar la importancia de este relato. Hasta el antipático y panfletario Godard tiene su homenaje en los ositos de goma y la cadena de ensamblaje de un capitalismo vigilado por una juventud sin mérito, sin misión, ni propósito, una juventud pequeñoburguesa que, alimentada por el dulce leviatán europeo, contrasta con patetismo con nuestros niños de la guerra. Los personajes de Monos abarcan toda la paleta cromática de estos países lacayos y desorientados, huérfanos y desamparados, hijos bastardos del desmembramiento del imperio hispánico. La driza ya ha arriado las banderas de un mundo hispánico balcanizado, y ha izado las del liberalismo antropológico, un desierto sin orillas se extiende hasta donde la mirada puede alcanzar.

Dice un escritor que pocos conocen: “Cuarenta años después de una batalla, es muy fácil para un no combatiente razonar acerca de cómo debería haberse peleado. Es muy distinto dirigir personalmente la acción bajo el fuego, mientras se está envuelto en su oscuro humo. (Melville, 2006, p. 92)

En el Alcázar del HMS Bellipotent de setenta y cuatro cañones veo a Melville cavilando melancólico sobre los dos siglos de ruina de un país nacido de las turbulentas corrientes de los siglos, y en las espesas aguas que se reflejan en sus ojos, veo la historia de los hombres.
A Esteban Peña, a Soledad Celeste. Julio de 2026.

Referencias
Melville, H. (2006). Billy Bud Marinero. Almería: Ediciones perdidas
Nietzsche, F. (1986). Humano demasiado humano. Ciudad de México: Editores Mexicanos Unidos
Ricoeur, P. (2000). La imaginación en el discurso y la acción. Buenos Aires: FCE
Sahlins, M. (2014). La ilusión occidental de la naturaleza humana. México D.F: FCE