Tripleta con altibajos y delirios de Felipe Aljure

Mauricio Laurens

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Mauricio Laurens

 

Su divertida, icónica e inteligente ópera prima: La gente de la Universal, coproducción colombo-vasco-búlgara filmada en 1992 y estrenada en febrero de 1995. Parodia y comedia negra urbana con alocados protagonistas de la fauna social del centro capitalino que se las ingenian para sobrevivir en medio de situaciones peliagudas, matices pintorescos y óptica medio lumpen. Una película experimental criolla, cuyo guion coescrito con Manuel Arias y Guillermo Calle desplegó artificios realmente ingeniosos. Alguien llegó a decir que… “Bogotá se sumía en el caos de la posmodernidad”.

Desempleo informal y rebusques cotidianos se constituyen en los temas capitales de un agraciado ejercicio de esquizofrenia colectiva que incluye sabuesos locales, carruseles amorosos, guiños populares y deslices de grotesco erotismo. Sin galanes ni heroínas, las astucias vivenciales perfeccionan un desatinado cuadro de costumbres con ‘mordidas’ e infidelidades como pan de cada día. La Universal, un apartamento-oficina en plena Avenida Jiménez, que atiende las veinticuatro horas, muestra simpática del detectivismo autóctono y de los excesos o desbarajustes afines a la marginalidad de sus excéntricos protagonistas.

sus personajes están sujetos a parámetros y contradicciones similares en donde los enredos se bifurcan y las rutinas naufragan entre trampas y marrullerías.

Mirones o interceptores de las vidas privadas obstinados en sorprender in fraganti a sus víctimas y amantes, con la íntima convicción de ser engañados por causa del mismo morbo que les asiste como victimarios. Del hampa que frecuenta las rejas a vigilantes aliados con los ‘sapos’, en alcantarillas destapadas y amplios ventanales para mirar o ser mirados desde afuera, siendo una recreación de la “dura y cruda realidad”. Con perseguidores y perseguidos, celosos e igualmente infieles, atrapados y tramposos, todos sus personajes están sujetos a parámetros y contradicciones similares en donde los enredos se bifurcan y las rutinas naufragan entre trampas y marrullerías.

Agencia de “investigadores”, especializada en rastrear a presuntos infieles y sin mirar la viga dentro del propio ojo, la Universal suele reunir “muchas pruebas, pero ninguna evidencia”. Felipe Aljure Salame, tras las complicidades visuales con el fotógrafo español Gonzalo Fernández Berridi y del camarógrafo bogotano Carlos Sánchez, asumió su condición de cineasta primerizo con suficientes dosis de creatividad e innegable afán de capturar tomas diversas en picados y contrapicados, planos generales o estructurales, teleobjetivos y sucesión de primeros primerísimos planos con detalles faciales e instantáneas.

Su guion, premiado con anterioridad en La Habana, fue el último proyecto emprendido y posteriormente abandonado por Focine, pos-producido desde Londres y Sofía con las participaciones delegadas de un canal vasco de televisión y de otro inglés. Si Los últimos días de la víctima,del argentino Aristaraín, y La ventana indiscreta,de Hitchcock, confluyen de alguna manera, hay ‘toques’ del viejo cine bogotano de Arzuaga y elementos actorales que podríamos llamar almodovarescos por sus excentricidades o desmesuras.

El sargento Diógenes Hernández, dueño de la Universal, se distingue por estar siempre al lado de la ley con malicia indígena y olfato de sabueso a toda prueba –que resultará fatal cuando descubre quién conquista a su media naranja–. El sobrino Clemente (Pepito) tiene aspecto de no matar una mosca y seguirá al pie de la letra los consejos del ingenuo patrón provisional. La señora Fabiola ejerce como secretaria privada y recepcionista del abusivo dueño de casa, así que no vacilará un solo instante en dejarse acariciar por Pepito. Y… el viejo bandido madrileño Gastón, quien ordena una y otra vez ultimar a los mozos de su favorita actriz porno.

Hubo caras nuevas, que dieron el salto hacia la pantalla grande; en particular, Álvaro Rodríguez y Robinson Díaz.Todos, en torno al crimen desorganizado, con certeros líos de faldas que vuelven cornudos a sus maridos picaflores por cuanto termina engañados ya que… “nadie sabe la sed que tienen los otros”. Un productor familiarizado con el follón a la española, quien por momentos se sobrepasa y origina simpáticas confusiones entre la esposa y una mujer –la amante–, o por la revancha de quien burlado decide no quedarse atrás y probar la mercancía de su cliente. Porque… “para nosotros no hay secreto que permanezca oculto”.

Un segundo largometraje abierto a la estética visual del nuevo siglo: El Colombian Dream(2004-2006). Desde su nativa Girardot y otros alrededores calientes, una narrativa liberada de lastres habituales configura un entretenimiento alucinante de imágenes disparatadas correspondientes a las locuras de jóvenes adictos tanto al éxtasis como a los dineros fáciles del narcotráfico. Espinosa historia difícil de resumir, que dispone de elementos dramáticos o autodestructivos en torno a un botín desaparecido de píldoras adictivas que circulan de mano en mano y acrecientan visiblemente sus energías para irradiar el ‘acelere’ de cada minuto transcurrido. Factura digital de video clip musical y efectos animados con viñetas incorporadas; además, una pantalla fragmentada con incesantes movimientos de cámara y distorsionadas perspectivas.

Sin darle tregua al espectador, un carrusel desbordante de imágenes y sonidos se apropia de la pantalla. Dos horas continuas de cuadros intermitentes y sensaciones extremas, en formato publicitario del consabido video clip y farsa montada sobre todo aquello que constituye una llaga para los colombianos. Su narrador, a quien nunca le vemos la cara, se presenta como un feto abortado catorce años atrás que regresa a este mundo… loco, agresivo y emparentado con una muerte que “todo lo ve, aunque ningún vivo detecte su presencia”. Romerías de jóvenes clientes asiduos a un bar de tierra caliente, trepan la cuesta y ascienden por las escalas de un caserón a medio construir cuya terraza alberga observadores galácticos que, en trance, contemplan la noche y exhiben los dedos de sus pies.

Sin darle tregua al espectador, un carrusel desbordante de imágenes y sonidos se apropia de la pantalla.

“La gran ironía de la película es que todos están en búsqueda de plata para comprar sus sueños, pero en la tarea de conseguirla y por las acciones que hacen matan los sueños”, lo dijo Aljure, su guionista y director. Por cuanto más allá del tema obsesivo de la narcoviolencia colombiana, esta cinta de categoría experimental se complace en recurrir a los recursos digitales de una concepción intimista, o quizás personal, del maremágnum imperante con vigoroso y a veces desenfadado sentido del humor.     

De frente a una perspectiva bastante caprichosa, que combina guiños surrealistas como aquel del inocente narrador abortado, o del episodio de un rehén que sobrevuela una carretera, emergen notas oníricas de pesadillas producidas por la droga y escenas circunstanciales libremente encadenadas con forajidos inexpertos que venden su peligrosa mercancía a bandas de extranjeros. También, visiones coreográficas en residencias veraniegas y parodias incontrolables que arremeten lanza en ristre contra el poco cimentado ‘estilo de vida colombiano’ –del cual ni se salva el himno nacional–.                   

El título, en espanglish, correspondiente al nombre del trajinado establecimiento, funciona como parábola cruda del país en que nacimos y vivimos. Nos brinda con cierta sorna no exenta de provocación aquella ansiedad monetaria desproporcionada que bien podríamos llamar “adicción compulsiva a dineros ilegales”, pero sin respetar edades ni estratos socioeconómicos. En ese rifirrafe de insólitos negocios multimillonarios, la oportunidad de volverse ricos hace que sus personajes traicionen algunos principios mínimos para embarcarse en aventuras temerarias que ponen a prueba los propios pellejos de sus involucrados. Para tales efectos, nuestro arriesgado cineasta contó a su haber con una impresionante iconografía de grandes angulares, enfoques borrosos más por caprichos que deficiencias técnicas, paleta de colores hasta rayar en el sicodelismo tropical y gama de sonidos electrónicos de forma decididamente bulliciosa.

Irrumpe, pues, un blues electrónico propuesto por Gonzalo de Sagarmínaga –productor– y la agrupación bogotana De Lux Club. En su banda sonora original, la banda paisa Coffee Makers trae uno de los temas principales que identifica este film. También hay música tropical electrónica, compuesta por Camilo Montilla y Matías Lorusso, intitulada El Colombian Dub; al igual que la controvertida melodía de Carlos Posada tildada Así quedamos cuando pregona… “voy a regalarle mi país a un extranjero para que se encargue de arreglar semejante mierdero”.

“Esta es una película que mete al cine colombiano en el siglo XXI porque es una manera distinta de verlo y me incrusto allá en otra manera narrativa, otra lógica en la forma de verse”. En conclusión, y por encima de quienes creían que no se justificaba mostrar tal caos con una secuencia deshilvanada de imágenes, valió la pena sobrepasar ese viaje delirante para evocar secuencias que echaron mano de novedosos recursos tecnológicos: cámaras de celulares, recuadros explicativos a manera de capítulos, inter-textos y comentarios en off del imposible narrador.

“Esta es una película que mete al cine colombiano en el siglo XXI porque es una manera distinta de verlo y me incrusto allá en otra manera narrativa, otra lógica en la forma de verse”

Remata la tripleta:Tres escapularios (2015-2018). Amarga comedia del incierto y violento itinerario de dos sicarios, con antecedentes ignorados o prontuarios distintos, quienes deben ultimar a una desertora embarazada. Presuntos victimarios: el primerizo desempleado que viene de prestar el servicio militar, en una zona de conflicto y perturbación del orden público, y una exguerrillera experta en matar policías y amigos de paramilitares. Aunque ellos dos no se conocían, la timidez o torpeza de él y la crueldad o sangre fría de ella, constituyen de por sí los únicos perfiles humanos a tener en cuenta. Lo dramático de sus vidas, evidentemente delictivas, alterna con pinceladas de humor negro y cierto desparpajo al abrazar un destino peligroso e insufrible.

Una situación insólita, en medio de la requisa policiva al descender de un bus intermunicipal, evidenciará lo ásperodel camino para culminar en una encerrona con sevicia. En esta guerra… “aquí solo morimos los soldados y… los que matan los soldados” –palabras del lerdo individuo entrenándose para matar–. Si después de la tempestad suele llegar la calma, en locaciones de una cabaña playera de Tierrabomba –frente a Cartagena–, los días transcurrirán sin mayores novedades antes del golpe encomendado con tres escapularios que sirven de… “protección para los malos sicarios”. Con el recurso de la pantalla dividida, una “cámara de fotos” –así llamada por el mismo realizador– y luces tímidas en sus escenas nocturnas, tan cuestionado tercer largometraje naufragó comercialmente hace tres agostos por desenfoques permanentes e intencionalidades no muy claras.