Nuestra película, de Diana Bustamante

De infancia y violencia, formas colombianas de montar (y contar) con imágenes

Daniel Tamayo Uribe

Cortinilla

Es hasta adulta, Diana, que te diste cuenta de que te educabas viendo televisión. Así me pasó a mí también: fui criado con imágenes y no era consciente de ello. En este momento yo tengo 26, me tocaron imágenes diferentes a las de aquellos que nacieron a finales de los setenta o ya cuando empezaban los ochenta, como tú. Aunque… imágenes tal vez no tan diferentes. Ahora que veo tu Nuestra película (2022), filme en que revisitas ciertas imágenes televisivas, en particular de noticieros, que viste una y otra vez cuando tenías, especulo, entre 7 y 10 años, noto que compartimos imágenes a pesar de la diferencia de edad. Claro que había otras imágenes, pero quisiste retomar unas que poco suelen asociarse con la infancia y que aun así todos en este país hemos visto desde que éramos chicos: las de violencia y muerte. Con eso también nos hemos educado.

Además, con Nuestra película(apropiando el nombre que pusiste) me hiciste caer en cuenta de que, teniendo estas imágenes en común, también compartimos una cercanía-lejanía con la violencia y un rasgo “infantil” que, me parece, se encuentra igualmente en muchas personas e incluso consiste en una cualidad de nuestra sociedad. A partir de ese rasgo, entre otras cosas, nos hemos acercado –y más– a nuestra realidad y hemos contado mucho… Como veo que no estoy siendo tan claro con esto que quiero decir, te propongo que revisitemos la película y miremos.

 

“Se ven como hormigas”

Las imágenes no son tan nítidas y su color es opaco. Las texturas y los brillos de las grabaciones televisivas nos remiten enseguida a su edad de emisión y archivamiento cuarentones. Viejas e históricas en su contenido, pero no por eso caducas para ser vistas. Sus márgenes y marginalidad (geografía de la Historia poco a poco reivindicada) mantienen pixeles y silencios que merecen segundos y minutos una y otra vez. Y a esto, como una niña que ve un hueco en la tierra y hacia él es atraída con curiosidad, te acercaste. Haces zoom in y zoom out varias veces como intentando ver qué hay en ese hoyo. La concentración es tal que en un momento se van las voces y los sonidos (registrados) alrededor. Los pixeles se hacen nítidos como diminutos cuadros y sus colores se vuelven parte de una misma paleta de anaranjados. Del orificio en el suelo sale algo.

Multitudes se mueven como hormigas para velar, lamentar y protestar por seres queridos que han sido asesinados. Y si no estuviste ahí, lo pudiste ver una y otra vez en el televisor.

Vemos de qué se componen estas imágenes: algo elemental. Somos nosotros, quienes han creado esas imágenes y aparecen en ellas. Son miles de colombianos que se juntan. Dices algo así como que esas personas “se ven como hormigas” (cuadradas y naranjas-rojizas). Se congregan por montones como esos fascinantes animales que se mueven por el subsuelo hacia su hogar, el hormiguero. Los colombianos no se dirigen a su hogar, pero sí transitan por una situación que desafortunadamente es tan familiar que tiende a ser banalizada como suele pasar con lo que hay en casa. Se trata de la muerte violenta. Multitudes se mueven como hormigas para velar, lamentar y protestar por seres queridos que han sido asesinados. Y si no estuviste ahí, lo pudiste ver una y otra vez en el televisor. La escena que se cuenta en la pantalla vuelve insistentemente como si se tratara de “la misma novela de siempre”. En el tiempo presente pasa algo semejante pero no solo con la pantalla del televisor. A ella se suman la del computador y la de los celulares que cargamos más cerca con nosotros.

 

“Yo, una niñita, lo creía así, que cuando se moría la gente, le salía sangre y se le caían los zapatos… Siempre”.

De la mano de dispositivos que tenemos como anexados a nosotros, hemos ampliado viejas capacidades, por ejemplo, hacer montajes (audiovisuales) y con ello observar objetos, enfocar momentos, contar historias y ensamblar como haces tú y quienes participaron en estos noticieros en Nuestra película. Tales habilidades hacen parte de aquella del pensamiento pero que aquí acentúa el uso de imágenes para sus creaciones. Entre estas últimas están las que tienden a un carácter universal, por cuanto su presencia en nuestras vidas e historias como individuos y humanidad ha hecho que su potencia tenga un tal carácter. Sobra hablar de leyes científicas o principios éticos para las que mucho se han usado imágenes y vale seguir tratando con relatos, objetos que están presentes en las imágenes que hasta ahora hemos revisitado. En ellos, en general, caben desde anécdotas hasta novelas, mitos o Historias. También hay simplemente situaciones o escenas, muchas que se han contado probablemente desde hace miles de años y, de modo semejante, desde que somos pequeños, como en el caso de nuestros noticieros.

 

Entre esas grandes multitudes de hormigas que se mueven de un lado al otro en las imágenes de finales de la década de los ochenta, empezamos a notar patrones que tú notaste, Diana. Son recurrentes los vidrios rotos y las paredes o puertas agujereadas. Cada una tiene una forma diferente, las rupturas aparecen como muchas raíces que apuntan en diferentes direcciones. Sin embargo, el destino de la historia es el mismo. Los hoyos y los que podrían parecer mosaicos de pedazos suelen estar manchados por algunas gotas rojas o bañados en un intenso y brillante carmesí, uno que llega a desplazarse por los suelos de hogares y calles en ciudades y pueblos del país. Además de esto, solemos encontrar en estas imágenes muchos zapatos, más bien solos, sin alguien que los esté usando y sin su pareja. Ellos también suelen estar pintados de rojos. Con razón (e imaginación) de niña veías, inconscientemente, como señal de muerte los zapatos caídos y la sangre derramada.

 

Los patrones se pueden parecer a la estructura de un cuento que se repite insistentemente. Podemos vislumbrar lo que sucedió o lo que sucederá con algunos elementos a la mano aunque no hayamos visto o escuchado el relato entero. Como en las clásicas tragedias griegas, tenemos indicios que, valga la redundancia, nos indican que un evento trágico se acerca. En las imágenes televisivas que veías de niña, Diana, son igualmente frecuentes los cajones con personas en ellos acostadas y rodeados por flores y personas. También suelen acompañar banderas y pancartas de pie o marchando. En estos escenarios podemos ver, por ejemplo, a Carlos Pizarro y a Luis Carlos Galán Sarmiento que, como las hormigas de Nuestra película, acompañan a las personas que han matado. Quizás no sean solamente zapatos y sangre señal de muerte.

 

“¡Oh gloria inmarcesible! ¡Oh júbilo inmortal!”

Las señales o los indicios son, de hecho, parte de la estética narrativa de esa nuestra programación mediática nacional, al menos desde que eras niña. Actualmente siempre que quien es presidente va hablar al país por “comunicación oficial” en televisión, o igualmente cuando el reloj marca 6 a.m y 6 p.m en las emisoras de radio, vemos o escuchamos el himno nacional. En tu infancia ese himno, cantado al unísono por niños y niñas colombianos que parecía que miraban a cámara sonrientemente mientras vestían coloridas ropas, era lo que abría y cerraba la programación televisiva que volvemos a ver o vemos por primera vez muchos en Nuestra película. Y puesto que ya sabemos que las imágenes que se transmitían justo antes o después permanecen desde esa época bañadas de rojos, bien podemos afirmar que pueden tomarse y quizás tú así lo hiciste, Diana como una señal de esas muertes televisadas (relatadas) prácticamente a diario.

Y puesto que ya sabemos que las imágenes que se transmitían justo antes o después permanecen desde esa época bañadas de rojos, bien podemos afirmar que pueden tomarse y quizás tú así lo hiciste, Diana como una señal de esas muertes televisadas …

Esta, por supuesto, no era la intención de poner a los niños como teloneros. Más bien se pretendía darle esa ternura y color infantil a la pieza musical que todos los colombianos conocemos y con la que, se espera, creamos y fortalezcamos el sentimiento patrio. Y de hecho tal himno en alguna medida así funciona. Pero el efecto que se buscaba con la presencia de los niños parece fracasar. No solo por lo que recién menciono, sino que además son las mismas hormigas las que lo cantan sea para protestar, sea para expresar el lamento de los muertos que velan y lloran. Los mismos colombianos hormigas, personas, niños, niñas, consciente o inconscientemente, no pueden evitar, como tú, generar el vínculo de su himno con la violencia que se ha tornado en leitmotiv de su propia película, su historia con la que se cuentan y nos contamos una (nuestra) imagen de país.

 

Yo no soy uno de esos niños, pero podría serlo”.

Otra vez analizas las imágenes desde ellas. Da la sensación de que estamos en un pequeño bucle con los pequeños que cantan. Las caras están en primer plano y los cantos están sincronizados con la música. Luego vemos de cerca los rostros y el sonido se va distorsionando, se torna lento y grueso. Es una deformación. La imagen alegre y patriótica no puede esconder su vínculo con la muerte violenta. Pero eso no es lo más evidente. Es una sensación de extrañeza a pesar de que al mismo tiempo sea familiar. Es como un familiar distante. Insistes en las caras de los pequeños. No se escucha la alegría, más bien irrumpe un sórdido silencio. Con él se reacciona frecuentemente ante la muerte. Son muchas caras, en esa sordidez, las que miran. Miran sin saber a dónde, lo hacen con ojos llorando, ojos aterrados, ojos que se quieren esconder o que simplemente no saben qué hacer.

 

A pesar de que has indagado hasta encontrar patrones y vislumbrar el carácter indicial de los rastros que han quedado marcados en tu memoria de niña, que recuerdas recurrentes y así nos los enseñas, no puedes evitar notar una extrañeza. Tal vez una distancia. Bien dices que no eres una de las niñas que canta el himno nacional como telón de la programación nacional. Tampoco apareces entre las hormigas que marchan. Igualmente no eres una de las caras perdidas en el silencio. Y es cierto que no lo eres, pero podrías serlo. Sugieres, me parece, que es por una cuestión de suerte. Simplemente no fuiste elegida para cantar, no pasabas por la calle cuando tantos y tantas velaban, no estabas en el lugar ni el momento cuando dispararon las armas cuyos objetivos eran políticos o marginales. Así de simple. Y yo no puedo evitar pensar que ese sencillo azar por el que, tú y yo, compartimos el estar ausentes de estas imágenes y escenas está vinculado con nuestras, presumo, cercanas clases medias o medias altas (citadinas), grupos de personas que en su mayoría más bien han sido espectadores.

Hemos sido niños alejados de la cruda realidad al tiempo que hemos fabulado, como jugando y para los pequeños los juegos suelen ser tomados en serio, con las imágenes de ella.

Allí quizá descansa otra distancia. Esta resulta más bien paradójica, pues al mismo tiempo que es por medio de la imagen que se han hecho familiares las que has analizado, en la observación de la imagen vemos que no figuramos personalmente en ella y sus relatos; de ahí la extrañeza. Este lugar es uno que, en particular para Nuestra película, nos ha tocado (a ti y a mí) pero también hemos decidido mantener me atrevería a decir que los dos, pero tal vez aquí solo hablo de mí, Diana. Dicha posición que compartimos puede ser, idealmente, aquel rasgo infantil que te mencioné al inicio. Hemos sido niños alejados de la cruda realidad al tiempo que hemos fabulado, como jugando y para los pequeños los juegos suelen ser tomados en serio, con las imágenes de ella.

 

“Datos y mensajes presenta… El noticiero Tv Hoy… Gshshshsh ¡Piu, piu! ¡Boom!”

Los presentadores del noticiero Tv Hoy que, parece, fue el que más viste cuando chica en algún momento afirman algo así como que ellos fueron: “testigos de los hechos”. Y de algunos de estos últimos también, nos muestras, dichos presentadores hacen su análisis volviendo una y otra vez sobre las imágenes, como tú, y expresando sus opiniones y deseos frente a ellas. Así el medio de la imagen comprende un registro de la realidad e igualmente materia desde la que se piensa y siente lo real. Contigo, la televisión pasa al cine y con ello resalta la presencia de Nuestra película en la primera. En ese paso también nos afectas pues, en el movimiento de vaivén, las imágenes (nuevamente) salpican con las sangres de las que están manchadas. Mas estas manchas no son un elemento adicional sino que constituyen estas imágenes, sin ellas lo que nos muestras sería algo distinto. Análogamente ese rojo sangre y no otro es el que, según el relato histórico, da color a la tercera franja de la bandera colombiana.

 

Los otros relatos de la nación, de otra manera históricos, también se han contado bastante en imágenes, unas nuestras pese a todo. Tú nos pones varias nuevamente de frente pero ahora en gran pantalla y nos muestras cuán viva está esta forma imaginativa de percibir la realidad que llega hasta crearla. El sonido de un grueso rasgueo se vuelve la banda sonora; el montaje que reitera marca las elipsis por las que volvemos con insistencia a “la misma escena”; los gráficos animados y como de videojuego viejo representan la violencia que con distancia sentimos muchos de los espectadores. Ya ha habido miles de disparos, cientos de bombas y decenas de estallidos sociales. Varios no los hemos visto, y si sí, en su mayoría ha sido a través de las imágenes en diferentes pantallas.

 

Con ellas conocemos, pensamos y nos contamos lo que sucede; en suma, nos educamos. Tal facultad, hacer uso de imágenes y criar (que es como se dice crear en portugués, coincidencialmente) con ellas, se remonta a las antigüedades de la humanidad. Hay quienes han dicho, de forma despectiva o no, que ese entonces se trataba de “la niñez de la especie”. Ante esto, Diana, yo solo quisiera agregar que desde tu infancia y la mía, muy modernas ellas, y hasta la adultez seguimos –y probablemente seguiremos–, los dos y una nación entera, montando con imágenes. Ojalá dejen de ser tan rojas ellas y nosotros (como hormigas que somos).