Corozo, de Simón Elías

La promesa de un caribe sobre dialogado

David Ocampo Hernández

Colombia es un país de postales. Pocas veces en el cine colombiano estas postales se toman su tiempo para aparecer, para ser contempladas, para acompañar algo distinto a la violencia, al trauma, a las historias que ya sabemos cómo terminan.

 

En la ópera prima del director y actor colombiano Simón Elías, Corozo (2024), estas postales aparecen como transición entre las conversaciones de Eva y Samir, dos personas que recorren el norte del Caribe colombiano con una supuesta obligación de volver, obligaciones que funcionan más como macguffin que como verdadera tensión narrativa. Su relación se va construyendo en diálogos que nunca terminan de profundizar: rozan los problemas de la posmodernidad pero suenan más a publicación de motivación en redes sociales que a revelación de personajes. Lo que termina salvando esos planos secuencia es, precisamente, lo que los rodea: el mar, la selva, las carreteras.

 

Rodar en Colombia en la pospandemia (2021), sin recursos públicos y con un equipo mínimo, es de por sí una proeza. Simón Elías lo logró, y además se dio la libertad de explorar un territorio que el cine colombiano rara vez frecuenta: el de las conversaciones a la manera de la trilogía Before de Richard Linklater: Dos personas, un paisaje, el tiempo como único argumento. Como en esa trilogía, una pareja se encuentra casi por azar, caminan y hablan, hablan y caminan, y en ese movimiento constante va naciendo algo que los dos saben que no puede quedarse. La conexión es real, el enamoramiento también, pero la separación está ahí desde el principio, como una sombra. La diferencia es que Linklater construyó personajes cuyas conversaciones podían sostener horas de película. Simón Elías todavía está aprendiendo a hacer eso; y en esa distancia entre la ambición y el resultado es donde vive gran parte de la tensión de Corozo.

 

El reparto, empezando por el propio director, está bien escogido: representa una clase alta blanca colombiana atrapada entre lo que su familia y la sociedad esperan de ella y el llamado de sus propios deseos. No es casual que sean ellos los protagonistas. Esta clase alta puede permitirse perderse unos días, recorrer el Caribe sin que eso tenga repercusión en su modo de vivir. Y las preguntas que se hacen: sobre el deseo, la libertad, las expectativas familiares, el amor, la muerte… son preguntas de quienes ya tienen resuelta la supervivencia. En otros estratos de la sociedad colombiana, esas preguntas simplemente no caben: primero hay que sobrevivir, antes de preguntarse cómo.

 

Corozo, como experiencia estética, es ambigua. Los diálogos, que en teoría deberían sostener la película, resultan incómodos, y los personajes terminan sirviendo más al paisaje que a sí mismos. Pero es justamente el paisaje, junto con la música, lo que salva cada conversación de sí misma: cuando las palabras ya han cansado, aparece una imagen que hace un poco olvidar lo incómodo de escuchar esos pensamientos en voz alta. Hay también un nihilismo temporal que se materializa en una fiesta, un viaje en ácido, personajes que entran y salen sin mucha explicación, y que, curiosamente, generan más vida que los diálogos mismos.

En otros estratos de la sociedad colombiana, esas preguntas simplemente no caben: primero hay que sobrevivir, antes de preguntarse cómo.

La fotografía tiene además un gesto que vale la pena nombrar: al inicio, cuando Samir está solo, la imagen es estrecha, casi cuadrada, como si el mundo todavía no tuviera horizonte. A medida que Eva aparece y los dos se van conociendo, el encuadre se abre (literalmente), hasta alcanzar la amplitud del paisaje que los rodea. Es una decisión sencilla pero elocuente: el otro nos ensancha. Hay momentos en que la cámara se mueve con cierta inestabilidad que un ojo entrenado notará, pero lejos de desmerecer la obra, recuerda que estamos ante una película que se hizo con lo que había, y que en esa precariedad encontró su propia poética.

 

El cine colombiano no se ha dado mucho tiempo de explorar por fuera de la guerra. Y tal vez por eso los diálogos de Corozo parecen tan superficiales: porque es un camino que apenas estamos empezando a andar. Nuestras historias han sido moldeadas por el conflicto externo, y los fondos públicos han incentivado seguir mostrando esas heridas al mundo, quizá como prueba de que estamos cicatrizando. Pero una vez esa herida va cerrando, se hace necesario abrir las que vienen de adentro. Las preguntas sobre el deseo, la libertad o el amor, aunque por ahora las estén haciendo desde un viaje por el Caribe y desde la perspectiva de una clase alta que pude decidir hacerlo; son el inicio de ese otro cine. Corozo se atrevió a existir desde adentro, sin fondos públicos, con un teléfono en la mano. Y el solo hecho de que exista, ya es un mérito: para aprender qué hacer y qué no hacer, en una industria que quiere parecer cada vez más cara, pero que tenemos al alcance del bolsillo.