Dos veces bestia, de Luis Esguerra Cifuentes

Un contagio feliz

Pedro Adrián Zuluaga

Dos veces bestia, la opera prima de Luis Esguerra Cifuentes, es como ese jardín de senderos que se bifurcan de Borges, un artefacto estético-narrativo sobre el tiempo, el espacio y la posibilidad. Sobre abrir mundos. Es una película imposible de fijar, aunque empieza por anclarnos a una idea y un lugar: la existencia de un sitio atractivo y misterioso que se conoce como La Zona, ubicado en los bosques cercanos a una ciudad. El espectador cinéfilo recordará La Zona de la película Stalker, de Tarkovski. Otros recordarán que el bosque ha sido, desde hace siglos, un espacio para imaginar el ritual amoroso, la libertad para ser otros y el encuentro sexual.

 

A partir de esta primera incitación, Dos veces bestia instala una especie de encuesta o investigación sobre La Zona, mediante los testimonios de quienes han oído de ella o han estado allí. En el principio está la palabra. Un grupo de personas habla a cámara, se confiesa, fabula, genera imágenes y mundos con lo que dice. ¿Quién les pregunta y por qué? ¿Quién es esa mujer cuya voz oímos y que parece la representante de un saber médico o institucional encargado de controlar cualquier desvío del orden y la prevención? Pregunta: ¿Has oído hablar de La Zona? ¿Has estado allí? ¿Has tenido síntomas? La película juega desde el comienzo con algunas convenciones del cine de catástrofes y del body-horror, pero siempre para desplazarlas y entregarnos otra cosa, un algo más.

 

En el principio está el retrato. Dos veces bestia filma a sus personajes, empezando por su rostro. Nos entrega esa intimidad y esa desnudez, y lo hace con atención y cuidado. Después, como si fuera el resultado de la imaginación, viene el paisaje. ¿Cómo se filma un lugar? ¿Qué podemos ver más allá de lo aparentemente visible? La película no se conforma con un registro documental o realista de La Zona, aunque también lo hace. Lleva más allá su propia visualidad, indaga, propone, explora la imagen y los formatos, y dialoga con las tradiciones del cine experimental y sus búsquedas plásticas, combinando la artesanía con lo digital. Y, sin embargo, siempre vuelve al retrato (individual y después al retrato de grupo) y a la palabra.

La película no se conforma con un registro documental o realista de La Zona, aunque también lo hace. Lleva más allá su propia visualidad, indaga, propone, explora la imagen y los formatos, y dialoga con las tradiciones del cine experimental y sus búsquedas plásticas, combinando la artesanía con lo digital.

La pregunta sobre los síntomas experimentados por las personas que han pasado por La Zona se justifica en el rumor acerca de un extraño musgo que ha infestado al bosque. La amenaza de contagio tiene en la película no solo un sentido narrativo sino un horizonte político. Las personas cuir, que son las protagonistas del film, han sufrido históricamente múltiples formas de estigmatización asociadas a la idea de ser biológicamente peligrosas, por ser portadoras de virus e infecciones. El VIH-sida pareció ser la concreción de esos presagios. La imaginación social hegemónica siempre es disciplinante, y para ejercer control construye y propaga metáforas a partir de lo médico y lo biológico. Estas metáforas han servido para implementar políticas de vigilancia, aislamiento y castigo. No hablamos solo de invenciones sino de cuerpos que sufren, y de vidas humilladas y ofendidas.

 

Todo ese imaginario político dominante (y que cada vez se expresa con mayor descaro) es trastocado por Dos veces bestia. El muy extendido deseo de crear zonas de protección con el paso prohibido para extraños o indeseables, es puesto patas arriba en el film. La Zona de Dos veces bestia no es cerrada o excluyente. Es porosa. Allí conviven lo humano y lo no humano. A diferencia de los relatos codificados por el cine de horror y del despliegue de catastrofismo distópico alimentado por el colapso ambiental, el bosque de la película no es un lugar para ir a morir o ser devorado por un monstruo. No es una película que reafirme la especulación distópica. Por el contrario, La Zona desencadena la amistad y el deseo, y acoge a una comunidad de mutantes que funda otro orden: el de la sorpresa, la curiosidad, el atrevimiento y la ternura. La imagen política que el film nos ofrece está en las antípodas de las fábulas góticas del encierro familiar y los desastres que este produce.

 

Dos veces bestia se permite hablar de interacción, dependencia y colaboración, y no de regímenes de separación o de murallas inmunitarias. Su invitación a traspasar con sus personajes el umbral de lo prohibido, no es una celebración de la autodestrucción o los instintos de muerte, sino un reconocimiento de las fuerzas en disputa que nos habitan y desde las cuales podemos habitar el mundo, o crear mundos habitables, más allá de los mandatos de la productividad, el pánico biológico y el catastrofismo. En La Zona de la película no se reproducen las lógicas del individualismo y la exclusión que le dan forma a los discursos y prácticas del fascismo en alza. El riesgo aquí es crear una zona abierta y común, donde el contagio sea feliz y en la que todo y todos se sostienen entre sí.

 

Dos veces bestia emerge como el resultado de una colaboración entre los colectivos Bruma y Crisálida Cine, que invitan también a subvertir modos y medios de producción como condición necesaria para un cine más libre en su estética, transgresor en sus temas, económico en sus presupuestos y ecológico en sus prácticas. Un cine que concibe la imagen y la palabra como algo abierto, inconcluso (como la propia narrativa del film), mutante en sí mismo, y capaz de múltiples metamorfosis. Hace unos años, muchas de las personas que están detrás de esta película firmaron un manifiesto por un nuevo cine cuir en Colombia, que se puede leer aquí mismo en Canaguaro: https://canaguaro.cinefagos.net/n03/manifiesto-por-un-nuevo-cine-cuir-en-colombia/

 

¡Ese cine cuir ha llegado!