Alexander Cedeño Tordecilla
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Ver Hermanas (2024) es como asomarse a recuerdos que uno no ha vivido, pero que se sienten propios. La forma en que Paola Ochoa Betancurthgraba y acompaña este relato hace que uno termine ahí metido, sentado en una silla de plástico en esa tarde cualquiera de fin de semana, donde lo único que se escucha son las voces eternas de aquellas señoras. Conversaciones sin hombres, hablando de todo y de nada, de cosas que uno a veces ni entiende, pero que le resultan a uno tan familiares que hasta duelen.
¿Y cómo no nos va a resultar familiar? Si lo que hace Paola en Hermanas es agarrar las cotidianidades de una Colombia habitada por mujeres que están cansadas, a veces divorciadas, a veces casadas; mujeres que han sufrido, pero que también se ríen y pasan bueno. Es un retrato que no hace sino machacarnos la idea de “yo ya viví esto antes”. Como bien anota Pedro Agudelo Rendón en su libro Los rostros de Morfeo (2021), parafraseando al filósofo Paul Ricoeur: “¿De qué otra cosa podría hablar una película si no es del mundo?”.Y es que Paola se tomó el mundo real muy en serio, agarró el suyo propio y lo volvió cine.
Este largometraje, que se vino cocinando a fuego lento entre el 2018 y el 2020 como tesis de su maestría en Bellas Artes, terminó viendo la luz en salas por allá en abril de 2024. Es una obra donde la directora se desnuda emocionalmente y termina volviéndose una sola con la cámara. Porque, al final del día, ¿qué es un cineasta sino el rastro de las cosas que filma?
La película nos muestra a sus tías y a su madre en esas vacaciones anuales que hacen solo entre ellas, sin la sombra de los hombres. Es un registro de la vulnerabilidad de mujeres que ya pasaron por todo, acompañándolas como en un domingo de sol cualquiera.
Hablo por mí cuando digo que la manera en que Paola Ochoa filma a sus tías me devuelve de un golpe a esas tardes de fin de semana donde mis tías, o las amigas de mi mamá, se juntaban a “echar recocha”, a desahogarse o simplemente a existir juntas. Esos momentos son narrativamente una mina de oro. Paola, al grabar a sus tías, termina registrando a toda una Colombia, y si me apuran, a toda una Latinoamérica.
Es un registro de la vulnerabilidad de mujeres que ya pasaron por todo, acompañándolas como en un domingo de sol cualquiera.
AgnèsVarda nos enseñó que el cine es un acto de “espigar”, recoger esos trozos de realidad que otros ignoran, pero que no importa la intensidad. A uno, por alguna razón, le llama la atención y se enamora de esos momentos. Hermanas hace precisamente eso, recoge los restos de una tarde de charla, de pasar bueno, y los convierte en el centro del universo cinematográfico.
Es una obra donde no solo la directora se siente vulnerable, sino que las tías nos abren el espacio y nos dicen “Échese aquí un rato a tomar fresco”. Es esa confianza, esa vulnerabilidad tan bella, las que hacen que uno como espectador se sienta parte de aquella tarde. Uno está ahí, escuchando, sintiendo que por un rato las tías de Paola también son las tías de uno.
