María H
![]()
Últimamente, me pasa seguido: estoy scrolleando y aparece un video que me detiene. Alguien llega a un barrio humilde, entra a una casa pequeña, escucha una historia difícil. Hay lágrimas, abrazos, a veces dinero, a veces regalos. Todo parece “bueno”. Y, sin embargo, casi siempre cierro el video con una incomodidad que no se va tan fácil.
No es nueva. De hecho, tiene nombre desde hace casi cincuenta años: pornomiseria.
El término aparece en un breve manifiesto firmado por Luis Ospina y Carlos Mayolo, que luego tuvo su complemento con Agarrando pueblo (1977), la película de que se burlaba –sin piedad– de un tipo de cine que convirtió la pobreza en espectáculo. En ese momento, la crítica iba dirigida a ciertos documentales que mostraban la miseria de forma exagerada, diseñada para conmover a públicos extranjeros, ganar premios, vender una imagen “cruda” de América Latina. La pobreza no se analizaba: se exhibía.
Lo inquietante es que ese gesto no desapareció. Cambió de formato.
Hoy la pornomiseria ya no necesita salas de cine ni festivales. Vive en las redes sociales. En videos cortos. En historias “reales”. En contenido que se presenta como ayuda, visibilización o buena acción, pero que, al mismo tiempo, depende completamente de mostrar un problema, una carencia, una vida difícil para funcionar.
Y funciona muy bien.
Funciona porque activa emociones rápidas. Porque nos hace sentir algo –empatía, culpa, alivio– en pocos segundos. Porque el algoritmo premia eso. No importa si la intención es buena o mala: si el video genera reacción, se empuja. Así, la miseria deja de ser contexto y se vuelve motor narrativo.
Aquí es donde Agarrando Pueblo se vuelve incómodamente actual. Ospina y Mayolo no estaban diciendo “no filmen la pobreza”. Estaban preguntando algo mucho más difícil:
¿desde dónde se filma?, ¿para quién?, ¿quién gana con esa imagen?
… si el video genera reacción, se empuja. Así, la miseria deja de ser contexto y se vuelve motor narrativo.
Hoy esas preguntas siguen abiertas. Tal vez incluso más urgentes. Porque en la era de los influencers, la miseria no solo circula: se monetiza directamente. Vistas, likes, seguidores, patrocinios. El sufrimiento ajeno entra en la lógica de la economía de la atención como cualquier otro contenido.Y hay algo que no podemos esquivar: esto existe porque nos gusta verlo. Porque nos conmueve. Porque nos da la sensación de estar conectando con algo “real”. Aunque esa conexión dure lo mismo que el video.
Lo más complejo es que la pornomiseria digital rara vez se presenta como explotación. Se presenta como bondad. Como ayuda. Como algo que, en apariencia, no se puede criticar sin parecer insensible. Y justamente ahí está el problema. Cuando la cámara entra, registra, se va –y la historia queda cerrada para quien mira, pero no para quien vive ahí– algo no termina de encajar.
En Agarrando Pueblo, todo era exagerado, casi grotesco. La película nos obligaba a ver el artificio. Hoy el artificio es más suave, más limpio, más emocional. Y por eso mismo, más difícil de cuestionar.
No tengo una respuesta clara ni una solución. Pero sí una sensación persistente: mientras la miseria siga generando atención, va a seguir siendo usada como contenido. Y mientras sigamos consumiéndola sin detenernos a pensar qué estamos mirando y por qué, la pornomiseria va a seguir adaptándose, cambiando de forma, encontrando nuevos espacios donde venderse.
Tal vez la pregunta no sea solo qué hacen quienes graban, sino qué hacemos nosotros cuando miramos. Si realmente estamos viendo al otro, o solo consumiendo su historia antes de seguir scrolleando.
