Andrés Múnera
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No querían decirme nada. Querían huir de la
ciudad. Por eso muchas casas están abandonadas,
las puertas tienen candados pero adentro aún hay
muebles, porque en la huida sus habitantes… ¿Ves la
ironía, Tadeo? Ellos sólo quieren desvanecerse y que
los últimos ojos que te vieron no los miren.
Antígona González – Sara Uribe Sánchez
El anciano Pacho es un ser sin tiempo. Por sus vertebras circulan los temblores de un pueblo ausente, prensiles sujetan el olvido por medio de una emulsión fotográfica. Pacho ve estos ausentes como granos lumínicos en una marea de brea, pero también los ve como retazos de una temporalidad suspendida. En la fotografía del cadáver putrefacto de Juan Roa Sierra, asesino del líder político Jorge Eliécer Gaitán, los cineastas César Alejandro Jaimes (Lapü, Carropasajero) y Canela Reyes (La Bonga) utilizan el cuadro-sarcófago del asesino como pléyade de espectros.Pacho penetra en la fosa fotoquímica como un Ventura de haluros de plata con el maquillaje de un King Diamond tropical de cenizas con voz viperina que conjura a sus muertos a través de la totémica fotografía del cadáver y de los testigos que intentan espantar el hedor de la violencia en suspenso.
El proceso es hipnótico y vivo. En el día Pacho deambula como una marioneta etnográfica perdida en un laberinto de callejuelas y estribaciones del Magdalena medio y sus enclaves atronadores. En las noches, bajo el influjo de umbrales vertiginosos compuestos por centellas y una capa de maquillaje blanco, Pacho se desplaza, como un zombietourneriano, por salas de cine en ruinas, pasillos-fosa y esquinas soterradas. Conversa con las sombras dreyerianas de los habitantes intentando una zambullida de sentido a través de la fotografía disparadora, aquella mansión líquida de cadáveres. El medio de su peregrinar es la película de 16 mm de ultratumba por la que los vellos y las arrugas de Pacho le permiten fungir de Saturno devorándose a sí mismo, mientras intenta salir del socavón de los horrores donde todos los colombianos, en la hambruna de la noche, nos encontramos entre nosotros mismos con los ojos con forma de lápidas y los rostros nacarados. El cámara Luis Fernando Rojas lo hace plausible a través de un movimiento de cámara, salimos de la materia opaca del inconsciente de Pacho a una de las grutas que nos arroja hacia los columbarios de Beatriz González del cementerio Central de Bogotá.
En una época de auge de representaciones de desapariciones forzadas, de memorias colectivas vapuleadas, donde en la frontera ardiente de lo perdido y lo figurable se evanece la imagen prohibida, la más buscada, Las almas ni los ojoses otro paso que horada en la búsqueda imperiosa de los que siguen murmurando bajo las losas de los suelos y entre los soportes abiertos de los archivos, esperando que un sol negro les devuelva el don de la palabra.
- Las almas ni los ojos hizo parte de la competencia colombiana de largometrajes de la sesentaicincoava versión del Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias FICCI donde obtuvo el premio a Mejor Dirección.
