Alexis García Ahumada
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Los reyes del mundo retrata la vida de cinco chicos que viven la realidad de miles de jóvenes en Colombia y Medellín: pobreza, marginalidad, hambre y falta de oportunidades. Ellos deben buscar un lugar en el mundo para habitarlo, para intentar sobrevivir, porque los adultos que los rodean constantemente desean lastimarlos, destruirlos, en especial cuando más felices los ven, porque la felicidad es independencia y arrogancia en un mundo de amargados violentos.
El desarraigo es uno de los ejes de este film: sus protagonistas no tienen un sitio al que llamar hogar y deben moverse de un lugar a otro permanentemente. Ese constante moverse para poder sobrevivir pone a sus protagonistas en modo “supervivencia”, de allí que casi actúen como animales, guiándose por sus instintos más básicos. Una sociedad como la paisa, que somete a un gran estrés y violencia a sus habitantes, está configurada sobre el desarraigo. Medellín está formada por poblaciones humanas que tienen ascendencia en distintas regiones del país y de Antioquia y que debieron desplazarse debido a la violencia armada. Es paradigmático que Cien años de soledad empiece, por lo menos cronológicamente, con un acto de violencia que implica una movilización para habitar otro sitio, si bien es cierto que es un acto de violencia de su protagonista y no en calidad de víctima.
Para Laura Mora, existe un director que gravita en su filmografía, Theo Angelopoulos, quien tiene un film cercano espiritualmente a Los reyes del mundo, La eternidad y un día, la cual trata de la memoria, de habitar los lugares desde esa memoria y la nostalgia y de cómo esos lugares son habitados a su vez por una suerte de ángeles oníricos, en oposición a los demonios de Bergman, como En la hora del lobo, donde los habitantes oníricos de los espacios son seres que atormentan al protagonista debido a las culpa que este guarda. Para Angelopoulos, los lugares son habitados por mujeres y hombres llenos de alegría y vitalidad, belleza e inocencia. La esposa de Alexander, en La eternidad y un día, es símbolo de ese paradigma estético: ella rebosa de vida y belleza. Y si bien Alexander la recuerda con algo de melancolía, le hacen felices esos momentos en los que puede volver a verla en su memoria, y ella no opera, como opera VeronicaVogler, antigua amante del protagonista; Johan Borg, quien le fue infiel a su esposa con ella y que la recuerda fascinado por su belleza y descarnada sexualidad. Ella y los comensales que invitan a Johan y su esposa Alma a una cena, son como una suerte de fantasmas que, a la manera de las Erinias de la mitología griega, buscan atormentar a aquellos que han cometido un crimen. Como el crimen de Alexander ha sido no haber pasado suficiente tiempo con su esposa Ana y, en líneas generales, fue un buen hombre, aunque con defectos, lo que le atormenta es la felicidad perdida y el recuerdo de su mujer muerta.
… son como una suerte de fantasmas que, a la manera de las Erinias de la mitología griega, buscan atormentar a aquellos que han cometido un crimen.
Las ropas blancas y la constante alegría de estos fantasmas de su memoria no causan el horror que causaban los fantasmas de Bergman, pero sí que producen tristeza, la tristeza de aquel que contempla en su memoria bellas escenas que sabe que no volverá a vivir.
Será un niño albanés quien le sirva de guía durante sus últimos días de vida (o ¿acaso ya está muerto Alexander y todo es simplemente el viaje de un alma por aquellas calles que caminó en vida?). Una vez Alexander sale de su apartamento, todo cobra un aire onírico y sentimos que nuestro protagonista ha empezado a habitar un mundo entre la vida y la muerte.El que el niño albanés obra como un espejo de sí mismo y de esa inocencia perdida, al tiempo que le muestra un mundo que no le tocó en su infancia, el de los desposeídos, de los desplazados por la guerra.
La escena en la que Alexander va con el niño a la frontera entre Albania y Grecia, y vemos los cuerpos de distintos niños y adolescentes sobre expuestos entre rejas y cubiertos por una espesa niebla, nos pareciera decir que estos chicos ya están muertos y que habitan en un cielo de fantasmas.
Laura Mora apela a un onirismo similar y hace que Los reyes del mundo habiten un espacio que está entre el mundo de los vivos el de los muertos. Las erinias de Los reyes del mundo son los típicos antiqueños, doble moralistas y propensos a violentar a aquellos que ven felices, es decir, estos chicos desarraigados que, en su pobreza, hacen lo que pueden por disfrutar sus vidas, siempre encontrando a los adultos que se encargaran de violentarlos físicamente, algo en lo que estos adolescentes coinciden con el niño albanés, víctima de las mafias y la policía griega, que no dudan en someterlo a brutales maltratos. Los espacios que recorren y habitan solo por horas o minutos, están, sobre todo, en el tramo final, habitados por fantasmas. Como esa casa en un pueblo antioqueño en la que los fantasmas de dos ancianos les hablan como dándoles la bienvenida al mundo de los muertos.
Ese tipo de casas desahitabas que se sostiene parcialmente mientras en su mayor parte está en escombros, son casas abandonadas tras jornadas de violencia armada. Son casas que nos recuerdan que habitamos un país violento en el que hay de más de ocho millones de desplazados.
Para Laura Mora estos muertos guardan cierta belleza, aunque no tienen la vitalidad y alegría de los muertos de La eternidad y un día, y es que difícilmente podrían estar alegres tras haber sido torturados y asesinados, pero tampoco actúan como esos vampiros sedientos de sangre de Bergman.
El gesto de venganza de los chicos sobre el final del film, quemando unas llantas en medio de la carretera, es un bello acto de rebeldía juvenil, un canto por la vida. En una sociedad como la nuestra, tan abocada a destruir las infancias y convertirlas en infiernos, es necesaria esa rebeldía.
Laura Mora con Los reyes del mundo retrata el ambiente antioqueño “paisa”. En el actual mundo capitalista parece ser que las sociedades se dividen entre aquellas que están bien económicamente y aquellas que viven en la miseria, “primer mundo” contra “tercer mundo”. Esa categoría es bastante falsa cuando se mira bien, porque en muchos de los países del “primer mundo” existen habitantes de calle que han perdido sus hogares por deudas con bancos o movimientos de desregulación financiera, como sucedió en 2008 en Estados Unidos e Islandia; drogadictos, mafiosos y personas excluidas por su orientación sexual o etnia u origen. Albania es un país europeo y ello no impidió que sufrieran de pobreza.
Rá, el protagonista de Los reyes del mundo (aunque en realidad son los cinco jóvenes el verdadero protagonista) busca un sitio, un terreno dónde tener una casa y la casa es símbolo materno. Rá busca el hogar y el hogar aquí es igual al paraíso, un sitio perdido, un lugar al que solo se puede volver soñando o muriendo, o ambas cosas al tiempo: muerte onírica u onirismo en la muerte.
“El mantel, ese puñado de blancura, bastó para anclar la casa en su centro. Las casas literarias de Georges Spyridaki y de Rene Cazelles son moradas de inmensidad. Los muros se han ido de vacaciones. En tales casas se cura la claustrofobia. Hay horas en que resulta sumamente saludable habitarlas”, dice Gastón Bachelard enLa poética del espacio.
Rá busca el hogar y el hogar aquí es igual al paraíso, un sitio perdido, un lugar al que solo se puede volver soñando o muriendo, o ambas cosas al tiempo …
La casa de manteles blancos, que sirven de moradas de la “inmensidad” es la casa de los recuerdos de Alexander en La eternidad y un día.
En ApocalypseNow Coppola quiso que sintiéramos lo opresivo de la selva de Vietnam (en realidad se filmó en Filipinas). Laura Mora nos hace sentir la selva antioqueña (el monte como se suele decir). Si en ApocalypseNowla niebla sirve como entrada a cada subregión a la que los protagonistas arriban para adentrarse cada vez más en las “tinieblas”, en Los reyes del mundo la niebla parte del ambiente natural hasta que adquiere un aire entre metafísico y nihilista, como ese punto en el que la mirada solo encuentra blancura, es decir, se queda ciega, porque ver todo blanco es igual que ver todo negro, es decir, no se ve nada. La mirada no puede atravesar entonces la espesura. En La eternidad y un día la niebla subraya las siluetas de los chicos que parecen estar suspendidos sobre ella (como muertos, como crucificados). Para aquel que no tiene hogar, ya sea en Los reyes del mundo o La eternidad y un día, lo que queda es la intemperie con su niebla, lluvia y cualquier otra condición climática. La neblina en la película de Angelopouloses triste, opaca (vista a través de ese bus que parece ser conducido por Caronte).
Para estos chicos no hay hogar, madre, espacio seguro, refugio, pero el mundo mismo se metamorfosea en su hogar, en una madre gigantesca y agreste: el paraíso está entonces en la Tierra, pero solo para aquellos que mueren y la habitan como fantasmas. El punto muerto de esta modernidad es ese, que el paraíso solo exista para los muertos, para los fantasmas.
El desarraigo es planetario. El desarraigo es lo propio del individuo moderno. El mundo se convierte en una madre desconocida y hostil. No puede abrazar a sus vástagos sin herirlos.
