David Sánchez
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Ver Piedras preciosas, del cineasta colombiano Simón Vélez, desde Toulouse no es una experiencia neutra. Lo digo desde el principio de que quien escribe vive en Toulouse, recorre a diario sus calles y reconoce sin esfuerzo los espacios que la película pone en pantalla. Quizá por eso, el primer impacto fue genuinamente estimulante. No es habitual encontrarse con una producción colombiana rodada parcialmente aquí, en esta ciudad del sur de Francia que rara vez ocupa un lugar en el mapa del cine internacional.
Esa cercanía inicial, sin embargo, también agudiza la percepción crítica. Porque si algo termina resultando problemático es precisamente esa relación con el espacio. Toulouse aparece, pero no termina de sentirse habitada. Y para alguien que vive en Toulouse –y que vuelve a reconocer esos lugares durante la proyección– la sensación es extraña: como si la ciudad estuviera y no estuviera al mismo tiempo.
La película, presentada en el Forum de la Berlinale 2026, se inscribe en una tradición de cine fragmentario, de deriva, donde el relato no se impone sino que se disuelve en una serie de situaciones. Es una apuesta legítima, incluso estimulante en ciertos momentos. Pero aquí esa deriva no termina de convertirse en experiencia, sino que se percibe más bien como una sucesión de decisiones poco orgánicas.
Hay, además, una sensación persistente de artificio que atraviesa buena parte del film. Las transiciones narrativas –especialmente el paso de Toulouse a Medellín– no encuentran una continuidad emocional ni lógica. Algunas escenas clave, como la violencia repentina del protagonista o su relación con la búsqueda de la piedra, aparecen más como gestos impuestos que como consecuencias naturales del relato. Esa falta de causalidad dramática hace que muchas acciones se perciban “de mentira”, como si la película no terminara de creer en su propio mundo.
En ese contexto, la presencia de Toulouse dentro del relato deja una impresión ambivalente. Por un lado, es interesante ver cómo la película se desplaza entre Francia y Colombia; por otro, da la sensación de que esa localización responde también a una lógica de coproducción que no siempre se integra del todo en la narrativa. No se trata de un problema en sí –las coproducciones son hoy fundamentales–, pero en este caso la conexión entre territorios aparece algo forzada, como si no terminara de encontrar su lugar natural dentro de la historia.
… la película se desplaza entre Francia y Colombia; por otro, da la sensación de que esa localización responde también a una lógica de coproducción que no siempre se integra del todo en la narrativa.
El propio viaje del protagonista –ese tránsito desde Toulouse hacia Medellín en torno a una piedra– refuerza esa impresión. No tanto por su premisa, sino por la manera en que se desarrolla: hay algo en ese desplazamiento que no acaba de adquirir peso dramático. Más que una necesidad interna del personaje, parece una estructura que se sostiene con dificultad.
A ello se suma la construcción del personaje central, deliberadamente opaco. El cine contemporáneo ha explorado con frecuencia figuras distantes, difíciles de descifrar, pero aquí esa opacidad termina generando una desconexión. Sus acciones –incluidos algunos gestos de violencia– aparecen sin un anclaje claro, lo que dificulta cualquier tipo de implicación emocional. Falta ese “algo” que permita al espectador agarrarse mínimamente a su recorrido.
Incluso en el plano sensorial, donde la película apuesta por las texturas, los brillos y el trabajo sonoro, hay una cierta irregularidad. Las piedras –que funcionan como eje visual– prometen una dimensión material interesante, pero no siempre logran articularse en un lenguaje coherente. Por momentos, esa insistencia estética parece sustituir lo que debería ser una construcción más sólida del relato.
Y, sin embargo, hay algo valioso en el intento. La colaboración entre Colombia y el sur de Francia –con regiones como Occitania cada vez más presentes en circuitos internacionales– es una dinámica que merece seguir creciendo. Que Toulouse forme parte de ese mapa es, en sí mismo, una buena noticia. Quizá por eso mismo, para quien vive en Toulouse, queda la sensación de que la ciudad podría haber estado más plenamente integrada, más vivida, menos circunstancial.
Tal vez el problema de Piedras preciosas no sea su ambición, sino cierta sensación de rapidez, de tránsito. Como si la película se hubiera movido entre lugares –Toulouse, Medellín– sin terminar de asentarse del todo en ninguno.El resultado es una obra que, fiel al espíritu del Forum, evita el consenso. Pero que, en este caso, deja más distancia que fascinación. Como una piedra que brilla, sí, pero cuyo resplandor no termina de volverse tangible.
Fin
Toulouse (Francia)
7-04-2026
