Pukem Swa (Sol de Invierno), de Samuel Moreno Álvarez

La resurrección de una lengua para una nueva génesis

Danny Arteaga Castrillón

Depositar en la infancia lo que se quiere que perdure es el principio de todo intento de trascendencia cultural y, con ello, también el impulso de un acto de esperanza. Tal es, así mismo, el precepto de la educación. El documental Pukem Swa, de Samuel Moreno Álvarez, hace un retrato experiencial de ese propósito, a través de la historia de una familia indígena del altiplano cundiboyacense y su propósito de mantener y enriquecer una identidad cultural muisca, por medio de una relación mística con el entorno y la enseñanza cotidiana de la lengua chibcha.

 

La familia está compuesta por una madre (Katherine Castillo) y un padre (Facudno Saravia), que es quien ha asumido el rol de educador, y dos hijes: Siska y Pukem Swa, un niño de alrededor de diez años, sobre quien recae el foco de la historia. Desde el inicio, y a lo largo de todo el metraje, atestiguamos cómo el aprendizaje del chibcha media la relación entre el padre y el hijo, tanto en el acto mismo de enseñanza de la lengua, como en los momentos de reflexión sobre la vida y la tradición, en torno a los interrogantes del hijo o como resultado de instantes de contemplación.

 

En general, los vocablos ajenos salpican la cotidianidad y ritualidad de la familia, que permanece casi aislada y solitaria en las montañas del altiplano. Atestiguamos, en ese sentido, una suerte de diálogo con el pasado: la voz antigua de una lengua extinta desde el siglo XVIII (por la reducción de la población muisca y las políticas coloniales de imposición cultural), cuyos ecos crepitan en una voz actual, que resulta de “un proceso de revitalización de la lengua con la ayuda de una serie de lingüistas que desarrollaron un nuevo idioma que ha sido aceptado y diseminado entre las comunidades”, como señala el mismo director para el portal de Trópico Atómico Films, productora del documental.

 

Sin embargo, la película, más que centrarse en la explicación del hecho, se enfoca en la experiencia, en lo sensorial, en cómo el niño se relaciona con el entorno, la naturaleza y los demás miembros de su familia, todo ello mediado por una ritualidad, tanto en el espacio de aprendizaje, como en la cotidianidad familiar, en la cual, por supuesto, converge el idioma chibcha.

 

Es en esa insistencia de nombrar el mundo con esta lengua y en cómo permanece en la conciencia del niño, donde se evidencia la lucha por recuperar y proteger una cosmovisión particular. Sobresalen, en este aspecto, los fragmentos donde se narran en chibcha los mitos fundantes de la cultura muisca, que dialogan con las imágenes de la película, con los materiales didácticos de enseñanza del padre y con las actividades de la familia, tanto en el interior del hogar como en el entorno. Pareciera que estas narraciones de alguna manera se ajustaran a sus vidas, como si fueran ellos los primeros habitantes de una nueva génesis muisca. Esto se traduce también en el entendimiento de que “lengua y cultura son indivisibles”, como lo menciona el padre, y que es con esa conciencia como se afianza un proceso de creación de identidad.

 

Toda esta documentación, sin embargo, no es el resultado de un azar cinematográfico o de un tránsito utilitarista con la cámara, sino el eslabón de un proceso más amplio y ambicioso, que inicia con la investigación[1] de Camila Medrano Galarza, Licenciada en Etnoeducación, en torno a esta misma familia y su relación con la lengua chibcha, que consistió, en pocas palabras, en el “análisis de un proceso de construcción de identidad a partir de la resurrección y la enseñanza desescolarizada de la lengua chibcha al interior de una familia de ‘nuevos campesinos’, ubicados en el municipio de Ráquira, Boyacá”. Un proceso que el informe final de investigación traduce como una etnografía del habla de este idioma por ser un “elemento fundamental para intentar comprender la relación entre lengua, cultura e identidad”.

… “análisis de un proceso de construcción de identidad a partir de la resurrección y la enseñanza desescolarizada de la lengua chibcha al interior de una familia de ‘nuevos campesinos’, ubicados en el municipio de Ráquira, Boyacá”.

Otra pieza documental sobre el mismo proceso, también dirigido por Samuel Moreno Álvarez y que se encuentra en YouTube, nos brinda un contexto adicional: el padre es mapuche y profesor de inglés, que decidió junto con su familia alejarse de la ciudad y vivir una vida en los andes colombianos, con el fin de, en sus palabras: “encontrar una identidad cultural para mis hijos, nacidos y criados en este territorio, y acercarse un poco a ese pensamiento propio y local, que está tan íntimamente relacionado a la lengua”. Esto lo lleva, desde su llegada a Colombia, a emprender una investigación profunda sobre la lengua chibcha y, tras ello, a enseñarla virtualmente, como una manera adicional de acercarse más estrechamente a la cultura de los ancestros de su familia. De ahí la importancia del título del documental que nos atañe, porque en este nombre, destinado para el hijo mayor, reside el símbolo de la unión cultural que caracteriza a este hogar: Pukem, que significa “invierno” en mapuche, y Swa, “sol” en chibcha.

 

La película es, entonces, la manifestación estética de todo este proyecto; es decir, más que evidenciar el proceso, busca hacernos sentir los resultados, sobre todo en la conciencia del niño; por eso la mayor parte del documental se centra en su cotidianidad infantil y formativa; los planos se enfocan en sus rostros y movimientos; los de la madre y el padre parecen gravitar tímidamente detrás; en algunos casos, incluso, están difuminados, exceptuando esos momentos en los que se evidencia la relación estrecha entre el padre y el hijo o en la ritualidad a través de los cantos y danzas espirituales sobre la hierba o en la quietud frente al fuego.

 

Se dice que a través del rito el mito se actualiza. Pukem Swa es, en general, un retrato de este acontecimiento. Aquellas imágenes vibrátiles, luminosas, simbólicas parecen revelarnos los instantes precisos en los que se crea identidad, a través de la manifestación de una voz ancestral, donde fluye el espíritu, donde la palabra chibcha se aferra al territorio para resucitar. La misma cámara incluso, gracias a su talante etnográfico, parece haberse convertido en parte de lo cotidiano y, por ende, de la ritualidad. Esto lo deja entrever un poco aquel momento autorreferencial de la película, en la que los niños le hablan al realizador y revelan con franqueza| la postura que deben asumir ante la presencia del lente, que tal vez con el tiempo logró asentarse allí ante ellos como un animal más, como una piedra que los ausculta, como un trozo de montaña.

 

 

[1] Esta investigación hace parte de su proyecto de grado para obtener el título de Licenciatura en Etnoeducación de la Universidad Nacional Abierta y a Distancia (UNAD).