Martha Ligia Parra
En Instagram @mliparra
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Yo le quiero pedir al niño Dios
que me regale un regalo.
Por aquí a veces traen a repartir
y a uno no le toca nada
porque los que traen no alcanzan.
–Ana Lucía Palacios, Tribugá Chocó–
Soy un viajero de verdad
en el vacío de la vida.
–Elton Antoine Dantzler, Chicago–
“He aprendido a convivir con el desarraigo y, con el tiempo, incluso a sentirme cómodo en él. Me he ido muchas veces: a veces para escapar y otras para encontrarme”, afirma José Alejandro González, a propósito de Habitante, su tercer largo documental. Esta elección lo ha llevado a recorrer el mundo con una cámara en el cuello y el deseo de conectar con las personas. Son veinte años de un archivo audiovisual y de los viajes por ocho países y tres continentes (América, Europa y Asia) recogidos en la película. Incluida una travesía por tierra desde Estados Unidos hasta Colombia.
Habitante reúne las historias de personas que se encuentran, principalmente, en las calles. Son marginales, rebeldes con causa o sin ella que optaron por vivir de otra forma, cambiar de ciudad o de manera de habitar el mundo. Decidieron alejarse para encontrarse o también para perderse. A veces, sobreviven gracias a la solidaridad de los otros. E, incluso, han logrado encontrar una familia entre extraños.
Rolando de Taganga, Sorita y Gwendolyn de Los Ángeles, Ana Lucía y Andrés de Tribugá, Benito y Christopher de Nueva York y Arturo de Tijuana, hacen parte de las casi veinticinco historias. En su mayoría, ellos tienen en común el anhelo de libertad, la experiencia de la soledad y, al mismo tiempo, el deseo de conexión. Sus rostros y relatos son captados de forma sencilla y casi artesanal. Y transmiten una gran necesidad de interlocución, de contacto. De ahí que el mayor interés de Habitante y del realizador es documentar esos encuentros. “Soy igual de frágil”, dice refiriéndose a quienes filma.
En esta película en particular se percibe la cercanía e influencia de uno de los grandes documentalistas latinoamericanos, el brasilero Eduardo Coutinho. En esa idea del cine que se hace con pocos recursos y que da protagonismo a la gente anónima. También por ser una obra que se enfoca en la conversación, la escucha atenta y el encuentro humano. Habitante es, precisamente, el resultado del interés por las personas sencillas de diferentes países y culturas. En la cinta se evidencia, igualmente, el gusto del director por los retratos que para él guardan una estrecha relación son los auto-retratos. Dado que los primeros son también reflejo de quien los hace.
Y así como sus protagonistas rompen las reglas, viven o sobreviven como les parece o pueden, el método de trabajo del realizador es coherente con esa postura; en su rechazo a las normas. Tampoco hay ningún misterio, es simplemente la vida y la gente que encuentra. “Para mí hacer cine, es como estar viviendo”. Y agrega: “Ese señor de Tijuana, esa tristeza, también era yo, un colombiano sin trabajo, con una incertidumbre y mucha vulnerabilidad. Yo simplemente cogí ese pedacito de vida e interactué con amabilidad. Mi cámara pregunta antes de entrometerse y está ahí, acompañando con respeto y dignidad”.
Habitante no es un diario de viaje tradicional, el director evita cualquier artificio, no tiene las respuestas, pero sí muchas preguntas, él no es el centro del relato. El foco está en las personas que quieren compartir algo de sí mismos. No hay reflexiones personales, ni una voz en off que nos guíe, tampoco intenta contar cosas extraordinarias. Le interesa sobre todo seguir y filmar los encuentros con personas desconocidas. Como la niña afro de Tribugá, en el Pacífico colombiano, a la espera de que, alguna vez, le toque un regalo del niño Dios. Y poder conocer algo más allá de su propio territorio. Como Elton Antoine Dantzler, el hombre negro de Chicago, quien declara ser un viajero de verdad en el vacío de la vida. Y manifiesta exaltado: “Mi misión en la vida es animar el espíritu de todos los que están a mi alrededor”. O Gwendolyn (Travis) de Los Ángeles, quien renunció a todo y manifiesta: “Tu familia es la gente con la que conectas cada día”.
No hay reflexiones personales, ni una voz en off que nos guíe, tampoco intenta contar cosas extraordinarias. Le interesa sobre todo seguir y filmar los encuentros con personas desconocidas.
Habitante es el cierre de una trilogía que comenzó con Lázaro (2019), retrato de su padre con Alzheimer y que termina siendo la semblanza de toda la familia. Le siguió Álvaro (2022) sobre un inmigrante colombiano en Nueva York a quien el director acompañó durante siete años. Las tres películas le han permitido tender lazos. Lázaro, por ejemplo, y sin proponérselo, sirvió para unir a la familia, ver con otros ojos al padre y sanar la relación con la madre.
El cine propició así, la unión de sus progenitores, de su familia, pero también el vínculo con emigrantes, errantes, viajeros, habitantes del mundo. “De chico me costaba mucho relacionarme con las personas. A los diecisiete años empecé a filmar a un niño habitante de calle. Encontré a través de la cámara la mejor herramienta para poder conocer a los demás y tratar de ser su amigo. La gente desconocida genera en mí un gran interés”.
Las películas de González son profundamente personales, íntimas y reflejan tanto la timidez de su carácter como la facilidad para acercarse a la gente. Considera que el poder del cine radica en la fuerza para hablar de cosas importantes. Y que para él es imperativo trabajar en las nuevas formas, en las nuevas visiones del cine documental.
Confiesa que su método de trabajo es muy intuitivo, que hace cine de un modo rústico y de creación en solitario. Y se encarga de la dirección, la fotografía y la producción. Lo cual resulta tremendamente difícil y desgastante, tanto en tiempo como en el agotamiento de los propios recursos. Además, como lo señala, el propio soporte digital (MiniDV y Full HD) con el que trabaja es vulnerable: “Las imágenes son muy frágiles, los discos duros se dañan, se incendian, se bloquean y toda esa vida allí contenida se va”. Y esto nos hace pensar que cada documental independiente es como un pequeño milagro.
En Habitante hay una imagen que se repite: Los pies descalzos del director en la cama, en la orilla del mar, en el camino, en el césped. Es una evidencia que refuerza el andar, pero también el dar paso a lo nuevo y el estar de viaje. Esa situación provisional del caminante, del espíritu libre y aventurero, del migrante, de los nuevos encuentros y de las despedidas. Pero también remite a la condición intrínseca de la existencia humana: ser transitoria, pasajera. La película nos recuerda que todos somos extraños para la mayoría de las personas. Que estamos de paso no solo en nuestra vida sino también en la de los demás.
Y lo que nos hace mejores seres humanos, como lo explica Todorov, es reconocer plenamente la humanidad de los otros, aunque tengan rostros y hábitos distintos a los nuestros. Por tanto, se hace necesario saber ponerse en su lugar y mirarnos a nosotros mismos como desde fuera.
