Gonzalo Restrepo Sánchez
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El cine es el diálogo del mundo actual.
–Elia Kazan, 1986–
Un vocablo común y actual en nuestro país entre campesinos y citadinos es el de “andariego” (un adjetivo que describe a un individuo que recorre incontables caminos o que transita asiduamente de un lugar a otro sin permanecer en un solo lugar). Y creería que hasta el colombiano más analfabeta conoce su significado. Aparte de eso, iletrados o no, de alguna manera, los colombianos somos andariegos.
En la literatura colombiana, por ejemplo, El Andariego: Relatos cafeteros, de Carlos Ospina Marulanda, es un compendio que, además, retrata la figura del recolector y la cultura gastronómica de las zonas cafeteras de Colombia. Otros estudios revelan que Tomás Carrasquilla –en novelas como La marquesa de Yolombó– inmortalizó al caminante que trazaba los caminos de herradura y conectaba la geografía montañosa.
Y si aceptamos sinónimos del vocablo en cuestión como caminante, errante, viajero, trotamundos o callejero, el cine siempre nos lo ha mostrado a través de la road movie y en diferentes contextos. Por ejemplo: Diarios de motocicleta, dirigida por Walter Salles (2004), narra el viaje en motocicleta del joven Che Guevara y su amigo Alberto Granado por algunos países latinoamericanos (Colombia, Argentina, Chile, Perú y Venezuela), en un camino que transforma el punto de vista de los protagonistas sobre las desigualdades sociales de América Latina.
En el cine reciente colombiano, Monte adentro, dirigido por Nicolás Macario (2015), es un documental que sigue a una casta de arrieros tradicionales de Salamina, Caldas, donde a lomo de mula la película recorre el día a día de dos hermanos, Alonso y Novier. Pero, además, el filme es una evidencia sobre el oficio ancestral de la arriería y la nostalgia frente a otras certidumbres de la realidad.
Y todo este preámbulo para enmarcar la sobresaliente película colombiana Andariega (dirigida por Raúl Soto Rodríguez) a considerar. Y es que, partiendo de Chena –interpretada por la protagonista real de la historia, María Yesenia Herrera Benítez–, ella misma personifica su propia vida como madre soltera (nunca deja de estar pendiente de su hijo) y trabajadora rural. Y es que el espóiler es casi inevitable por una razón fundamental: A sus veintiséis años, Chena hace visibles a los miles de trabajadores rurales que recorren el país siguiendo las cosechas de café. En esta impasible tendencia, “ese viaje” se reconcilia con la idea de independencia entre todos ellos. No hay, pues, un rincón en nuestra querida Colombia donde no haya una experiencia individual andariega, sino que igual se ponen en evidencia las condiciones y escenarios estructurales del trabajo rural en nuestro país.
Para finalizar, el trabajo que Soto Rodríguez realiza con María Yesenia Herrera Benítez para conseguir una gestualidad no agónica en su obra y que denote la avenencia de un rostro no agotado, sin definir límites ni causas, es brillante y reside en la forma en que interactúa Herrera Benítez con sus elementos laborales, con los interlocutores a su alrededor, la manera (quizás inconsciente) en que conserva ciertos movimientos cuando ya ha comenzado a ejecutarlos, el ritmo con el que camina por el campo y cómo su mirada se enfoca en espacios concluyentes. Todo esto cuenta con un lenguaje no verbal que no tiene dudas ni angustia, a través del cual los espectadores percibimos su postura ante la vida.
En consecuencia y sin perspicacia en los elementos narratológicos utilizados por el cineasta colombiano, creería, eso sí, que son el reflejo de un juicio profundo del personaje protagonista y de su realidad inmediata, ya que sus acciones son siempre relatadas por una cámara que no diferencia ni justifica, que no somete ningún elemento entre la mirada del espectador y las acciones de Chena. Entonces el tercio final de la cinta no es, como se podría llegar a pensar, un intento, por parte del director colombiano, de encaminar a la protagonista hacia algún cauce psicológico por la ausencia (mientras trabaja) de su hijo, separada de su esposo, etcétera. Más bien, es la serena expresión de Chena articulada en torno a la necesidad de seguir siendo una andariega.
