![]()
En la primera gran historia del cine mundial la cinematografía colombiana es resumida en tres páginas, que se ocupan, principalmente, de los años sesenta. Si bien se publicó en 1949, la primera edición en español es de 1972, y esta historia aparece actualizada e incluye a Colombia, solo que menciona películas de 1968, pero Sadoul murió un año antes, y quien hizo la actualización basó su historia en la perspectiva del entonces crítico y documentalista Carlos Álvarez.
El desarrollo de la cinematografía en Colombia ha estado, hasta hoy, en manos de mediocres comerciantes y empresarios nacionales que han preferido tradicionalmente confiar sus proyectos a aventureros extranjeros.
La filmografía muda –que abarca el período 1922-1928– no pasa de 15 largometrajes, fundamentalmente influidos por compañías teatrales españolas de pésimo gusto.
El cine sonoro, llegado tardíamente después de 1937, no dio más de una docena de films de entonces a 1957.
A partir de ese año la producción crece cuantitativamente, y llegan a realizarse tres o cuatro films anuales.
En esta reciente producción- de largometrajes pueden identificarse tres tendencias, según ha señalado el cineasta colombiano Carlos Álvarez.
La primera –representada por films como El ángel de la calle– sigue una línea totalmente comercialista, sobre todo a partir de coproducciones con México. Esta producción comercial llena las necesidades sentimentales de ciertos sectores de la burguesía colombiana, de sus damas de honor, y es un claro instrumento de colonización cultural, que utiliza los peores resortes de la sensiblería conspirando contra el gusto potencial del público.
Otra línea incluye cuatro films “de cierta honestidad con el enfrentamiento del tema, pero que no llegan por la capacidad de realización de los directores a convertirse en un cine influyente en la incipiente cinematografía colombiana”: Tres cuentos colombianos (1964), de Julio Luzardo y Alberto Mejía, El río de las tumbas, de Julio Luzardo, Raíces de Piedra (1963), de José María Arzuaga, y Cada voz lleva su angustia (1965), del mexicano Julio Bracho.
La última tendencia –la única que en rigor puede salvarse dentro de este período-– tiene solamente dos films: Pasado el meridiano, largometraje de José María Arzuaga, y Camilo Torres, cortometraje de Diego León Giraldo.
“Con Pasado el meridiano –escribe Carlos Álvarez– por primera y única vez el cine colombiano nos devuelve una imagen de un hombre colombiano en una actitud verdaderamente vital y típica, con una terrible violencia y exacta crítica, llegando a trascender hacia una expresión universal del problema planteado.” Camilo Torres, documental realizado en 16 mm sobre la vida del sacerdote colombiano que murió en combate, dentro de las filas del Ejército de Liberación Nacional, en las montañas de Santander, marca el primer intento de tomar un hecho decididamente actual, e insertado de lleno en la problemática colombiana a su más alto nivel de compromiso: La lucha de liberación nacional.
Camilo Torres, documental realizado en 16 mm sobre la vida del sacerdote colombiano que murió en combate, dentro de las filas del Ejército de Liberación Nacional, en las montañas de Santander, marca el primer intento de tomar un hecho decididamente actual …
Esta actitud –y la vitalidad e importancia cultural de su resultado hecho obra cinematográfica– contrasta abiertamente con la línea de cine documental que han realizado algunos de los colombianos que fueron a estudiar cine al exterior y regresaron en la década del 60 al país. Algunos de ellos realizaron documentales para empresas como la International Petroleum Company, sobre temas de “interés nacional”, pero restringidos a una óptica pintoresca y superficial, donde no estuvieran presentes los verdaderos componentes de la realidad colombiana, marcada por la penetración y dominación imperialista.
Los resultados finales de esa ayuda prestada por compañías extranjeras o instituciones burguesas nacionales se tradujeron, en el mejor de los casos, en lánguidos trabajos turísticos (como Las murallas de Cartagena y Los balcones de Cartagena) destinados a mostrar, de forma estática, las cualidades más externas del paisaje colombiano y a acentuar, en el fondo, el sentido paralizante que la cinematografía ha tenido tradicionalmente en el país en relación con el desarrollo de una auténtica conciencia nacional: conciencia que pasa, por supuesto, por el análisis de la verdadera realidad colombiana.
“El cine con que Colombia debe comenzar en serio tiene que ser documental por la imagen directa, sincera y valiente que devuelve inmediatamente.” A partir de este principio –enunciado por Carlos Álvarez– se desarrolla el nuevo cine colombiano.
Este nuevo cine se define, ante todo, por el rechazo a los mecanismos que el sistema propone para la realización de la obra cinematográfica y para su distribución.
El cine –que es la única diversión masiva de Colombia– existe solamente en 423 de los 892 municipios de que consta el país. En los lugares en que existen salas cinematográficas es preciso afrontar otros obstáculos: el nivel de profundización que la obra presente sobre la realidad colombiana. La junta de censura que funciona en el país tiene potestad de prohibir la exhibición de cualquier film bajo pretextos que van desde la rígida moral católica hasta la sacrosanta custodia del orden nacional. Esta junta ha prohibido directamente la exhibición de Pasado el meridiano.
La solución, entonces, no puede tratar de insertarse en el mecanismo que el sistema propone –y que en el caso de Colombia, incluso, ha servido para beneficiar a cineastas aventureros de paso–, sino realizar “un cine de 16 mm, en condiciones de realización bajas, para ser distribuido en circuitos dirigidos o marginados y fuera del sistema comercial…
El cine más importante que se realiza hoy en Colombia –importante como verdadero vehículo anticomercialista, demistificador y decidido a insertarse en su problemática actual y a tomar partido dentro de ella– es el que ha tomado esa posición.
… realizar “un cine de 16 mm, en condiciones de realización bajas, para ser distribuido en circuitos dirigidos o marginados y fuera del sistema comercial…
Sus realizaciones más importantes hasta ahora son Carvalho, Camilo Torres y Asalto.
Carvalho es un documental anónimo de 36 minutos de duración. Trata acerca de Rómulo Carvalho, guerrillero del Ejército de Liberación asesinado por los cuerpos represivos gubernamentales. En este film “la crítica pasa a una zona de beligerancia directa aun con peligro de los realizadores”.
Asalto es un documental de Carlos Álvarez, hecho a base de foto-fijas. Narra la invasión del ejército a la Ciudad Universitaria en junio de 1967, en la que participaron 40 tanques de guerra y 2000 soldados. El documental tiene una duración de nueve minutos.
Mientras el nuevo cine colombiano se produce y circula casi clandestinamente, el “otro cine” (en rigor, el anticine) disfruta de todas las facilidades de realización y distribución. Un ejemplo de esto es la coproducción colombo-venezolana Aquileo Venganza, una especie de “western colombiano” estrenado en el segundo semestre de 1968, que reúne todos los requisitos necesarios para seguir la línea de embrutecimiento, mimetismo y neocolonización. Pero estas condiciones no pueden confundir o paralizar el surgimiento y desarrollo del nuevo cine; por el contrario, propicia la búsqueda de recursos y métodos renovadores para enfrentar la situación.
Frente a la concepción comercialista y negadora de los valores artísticos, el nuevo cine colombiano opone una obra incipiente pero auténtica, combativa y ya válida culturalmente.
Sadoul, Georges. Historia del cine mundial, Siglo XXI editores, Ciudad de México, 1985. pp. 581–584.
