Joan Suárez
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La colisión entre el deseo intrínseco de trascender
y la contundencia de las barreras estructurales.
“El que tiene que luchar contra la pobreza es el pobre, y no para dejar de ser pobre,
sino para vivir lo que la pobreza ofrece para crecer
y luchar contra lo que la pobreza impide”.
–Escuchemos a los pobres. Aportes para una antropología del pobre,
de Federico Carrasquilla–
Se dice que una de las aspiraciones más íntimas del ser humano es trascender, no solo a nivel personal, emocional, espiritual y material, sino también dejar un camino, un legado, si se quiere, para las generaciones precedentes en su línea familiar e histórica. Otros, como Manfred Max-Neef, señalan desde su teoría del desarrollo a escala humana, que el objetivo principal del progreso debe ser mejorar la calidad de vida de las personas mediante la satisfacción conjunta y equilibrada de sus necesidades fundamentales, en lugar de priorizar únicamente el crecimiento económico. Al menos así lo planteó desde su propuesta, cuya taxonomía fue publicada por primera vez en 1986.
En ese sentido, ¿cómo entender el camino arduo, lleno de obstáculos y de innegables barreras estructurales para algunas personas en Colombia? ¿Cómo comprender las imposibilidades de escalar un peldaño o alguna posición destacada, o por qué otros tienen una ligera ventaja solo por haber nacido en un hogar de economía holgada? ¿Cómo diferenciar la envidia o el odio, sin ningún gesto interior de resentimiento, y aspirar a una rabia contra la injusticia e inequidad social que no despierte instintos retaliativos y primarios?
Quizá como consecuencia de lo anterior existe El Juego de la Vida (2025), una película documental que sigue durante catorce años a cinco familias colombianas, rurales y urbanas, que luchan por avanzar en un país donde moverse no siempre significa progresar. Dirigido por el periodista y cineasta Andrés Ruíz Zuluaga, quien de manera cautelosa y sin tibieza sostuvo una conversación cinematográfica, sin excusarse, más allá de gráficos, tablas de porcentajes y decimas de percentil. El filme nos lleva a rozar el desequilibrio de una pregunta que la Encuesta Longitudinal Colombiana de la Universidad de los Andes (ELCA) ayudó a mirar con profundidad: ¿por qué salir de la pobreza sigue siendo excepcional en Colombia?
Lejos de estadísticas y cálculos econométricos, esta pieza es un golpe de análisis e impulso para cualquier espectador en Colombia y, tal vez, una conexión de corazón al sentirse plenamente identificado con una de las historias. Incluso el mismo director es protagonista de esta aventura con prudencia y sin opulencia figurativa; es un pretexto esencial para hilar los eufemismos de la investigación que solo quedan en la mesa de la academia y en el estilo de citación para la publicación.
Incluso el mismo director es protagonista de esta aventura con prudencia y sin opulencia figurativa; es un pretexto esencial para hilar los eufemismos de la investigación que solo quedan en la mesa de la academia …
La línea narrativa del documental aproxima, de manera didáctica y emotiva, los argumentos y citas orales que aprendimos desde la escuela; esos que casi nadie atiende de manera sistémica ni de raíz, “querer es poder”, ese refrán popular anónimo de la sabiduría tradicional que exalta la fuerza de la voluntad por encima de las dificultades. En Colombia, la movilidad social entre generaciones es baja, nacer en un hogar con holgura económica no solo otorga capital financiero, sino también social, cognitivo y de oportunidad; es, como se escucha en la calle, el “colchón para fallar sin arruinarse”. Muchos otros lo intentan una y otra vez en un ciclón interminable que los distancia, tras la aparente cercanía de las políticas estatales. En esta paradoja del esfuerzo, las becas estudiantiles y los créditos condonables, por ejemplo, no son siempre la mejor vía.
Al menos así lo retrata la cronología del documental, que intercala las historias de las familias protagonistas con la voz en off del propio director y su vida. Esta alternancia biográfica hila sueños, aspiraciones, tragedias, lágrimas, risas, abrazos, abusos e intentos fallidos, pero también redes de apoyo y, por encima de todo, la persistencia de la dignidad humana. A través de una mirada desnuda de adornos, la película actúa como una crisálida, muestra el paso del tiempo sin especulaciones y teje con delicadeza la trama de sus circunstancias existenciales, entre el dolor, la aventura y el desencuentro.
Su travesía plasma, sin prisa, las transformaciones, la toma de decisiones, los dilemas y las contradicciones. A lo largo de los años, la cámara se convierte para sus protagonistas en un diario apasionado y de resistencia. No se trata solo de una foto, es su vida en movimiento, sin detenerse a pensar. Aflora así la ironía de un documental esencial y necesario, llamado a perdurar en el debate, al hacer convivir el registro dinámico del tiempo de las familias con la condición estática que, por momentos, atraviesa su propia existencia y el alma de sus sueños.
Es, en última instancia, un homenaje a la resistencia espiritual de quienes dan vida a este relato y de aquellos que no se ven, el dato invisible del informe, el número consecutivo en las métricas y las cifras de la deshumanización. Su camino cobra fuerza a través de la música que acompaña cada bloque narrativo y de la mirada de sus protagonistas, Mildred Janeth Leal Becerra, madre soltera, y su hijo Donny Juan Pablo Lozano Leal, junto a Anyi Paola Rodríguez y Leydy Daniela Cruz.
