Juan Sebastián Muñoz
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La estrategia del caracol (1993) tocó una fibra especial en la sensibilidad colectiva de Colombia. De alguna manera, tocó el corazón de un pueblo extenso, de la clase obrera, de la clase vecinal, es decir, la mayoría de la sociedad colombiana. La lucha de clases, tan nítida en la formación misma de Sergio Cabrera en medio de la República Popular China, es un espíritu poderoso atravesando la sala de cine hasta proyectarse en la pantalla, como bien lo intuyeron y descubrieron con precisión los soviéticos desde la mismísima manifestación del montaje en el Realismo Socialista. Ese respaldo popular inmenso de La estrategia del caracol (también por parte de la crítica) impulsó Golpe de estadio (1998), una carta sobre el cine político que Cabrera se guardó hasta sacar adelante Águilas no cazan moscas (1994) e Ilona llega con la lluvia (1996).
Los años noventa son inolvidables para quienes los vivieron con suficiente conciencia en Colombia. Especialmente por una violencia transversal que había atravesado la década sobre el lomo monstruoso del conflicto armado. Y también por el fútbol. Por la Selección Colombia. Desde finales de los años ochenta, una generación de futbolistas, encabezada por Carlos El Pibe Valderrama, compitió internacionalmente como nunca antes lo había hecho el fútbol colombiano, llegando a la cumbre de ese rendimiento al derrotar por marcador de 5-0 a la selección de Argentina en Buenos Aires. Cabrera retoma este episodio central para regresar a la comedia coral que ya había probado en La estrategia del caracol para retratar aquel patriotismo (o patrioterismo) que estimulaba el fútbol en aquel entonces, en medio de los estertores violentísimos de la Guerra Fría en Colombia, en la confrontación entre la guerrilla marxista – leninista y una fuerza policial, militar y paramilitar patrocinada por el intervencionismo gringo y la contrainsurgencia esencialmente fascista. En ese punto exacto entre una violencia cruenta y un fenómeno más cultural que deportivo, se instala Golpe de estadio, para expandir la mirada de Sergio Cabrera sobre aquella Colombia de hace treinta años.
En Golpe de Estadio el principio que emerge es el del acuerdo que deriva en la tregua, lo cual no se enmarca precisamente en la paz. Se trata específicamente de entregarse a la embriaguez colectiva del júbilo compartido por la energía identitaria del fútbol. El deseo incontenible de envolverse en la gloria para cubrirse de la violencia demente de la guerra, en donde las carencias se multiplican muy particularmente. La separación evidente de la lucha de clases que predomina en La estrategia del caracol, aquí se le asigna a una filiación ideológica débil, que apenas responde a los automatismos de líderes caricaturizados en la mamertería del comunista trasnochado o en el fascismo vicioso del tombo. Así es como Cabrera matiza casi hasta la desaparición el carácter ideológico para esconderlo detrás de la desabrida postura del buenismo centrista, con la idea de equiparar a los “extremos” y considerar que ambos actúan en un conflicto que ya ha perdido la razón de ser.
Esa falta de precisión para reemplazar esa idea por el entretenimiento es extraña no solamente en el director de La estrategia del caracol, sino que lo es más aún cuando proviene de un exguerrillero del EPL que estuvo cuatro años en la selva. Sin embargo, visto desde cierta perspectiva, lo que sobresale muy particularmente es el utilitarismo que fácilmente puede involucrar el placer del ocio que se multiplica en las emociones potenciadas de un equipo de fútbol especialmente competitivo y prometedor en cuanto a las alegrías del triunfo. Esa trama de la concreción de la tregua, de las economías locales, que son sin duda esenciales en la particularidad del conflicto en Colombia, se tocan muy atractivamente en el mapa de la película. Sin embargo, todo se contamina por la pretensión de romance shakespeariano a lo Romeo y Julieta en donde el idilio tiene que terminar necesariamente por vencer en plena inverosimilitud los avatares de la guerra que en los hechos son lacerantes. Todo por las demandas de una perspectiva comercial con la necesidad de atraer al público formado (o deformado) en la mirada hollywoodense e incluso de la televisión colombiana.
Sin embargo, todo se contamina por la pretensión de romance shakespeariano a lo Romeo y Julieta en donde el idilio tiene que terminar necesariamente por vencer en plena inverosimilitud los avatares de la guerra que en los hechos son lacerantes.
En el contexto específico de la disputa particular de la Guerra Fría en Latinoamérica, el cine latinoamericano ha construido una gran vertiente en el cine político. En el caso de Cabrera, el carácter coral, tanto de La estrategia del caracol como de Golpe de estadio, se acerca muy notablemente a Luis García Berlanga, especialmente a su trilogía compuesta por La escopeta nacional (1978), Patrimonio Nacional (1981) y Nacional III (1982), en donde repara en la crisis de los residuos franquistas de la sociedad española en la transición a la Democracia. Sergio Cabrera, seguramente con la influencia de Fausto Cabrera, su padre, se alimenta muy particularmente de aquella tradición consolidada de aquel esencial cineasta español, entre la farsa y la comedia. Ahí resulta fundamental ese retrato detenido, personaje a personaje, que se convierte en el paisaje completo de los vicios de una sociedad en la que la política, la violencia, la represión y la guerra se integran a la cotidianidad, a la vida misma, al tejido social, a la necesidad del que necesita subsistir.
Esa realidad dolorosa apenas se vislumbra y no implica la comedia ni tampoco la farsa ese nivel de superficialidad en aquel fondo, como bien lo demuestra Berlanga en aquella trilogía, en la cual queda bastante clara la tragedia que reside detrás de las garras de aquella nobleza franquista que se aferra con uñas y dientes a un pasado glorioso, en mansiones y palacios polvorientos. En el caso de Golpe de Estadio, Cabrera abandona ese fondo especialmente sustancioso para instalar en el centro aquel romance entre la preciosa izquierdista española que romantiza hasta el exotismo la revolución latinoamericana y aquel policía infiltrado como espía, cuya filiación a la ideología policial es arrasada fácilmente por el amor inesperado. Entonces lo que queda es amarse porque, desde diferentes lugares, como lo dicta el liberalismo centrista, dizque todos queremos lo mejor para nuestra amada Colombia.
