Mauricio Laurens
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Realizador caleño de lenguaje original, talento de formación experimental y vocación alternativa, desde el mediometraje Alguien mató algo (2000) y su ópera prima La sangre y la lluvia (2009). Mientras que el primero reinventa el blanco y negro, al estilo de una cinta muda con viñetas intercaladas, la segunda maneja relaciones espacio-temporales en una noche oscura del centro bogotano. Siguió con un drama social del Pacífico, sumado a proyectos adelantados por egresados de facultades de comunicación social, particularmente de la Universidad del Valle, gracias a fundaciones europeas y fondos afines de festivales especializados.
Alguien mató algo o La última inocencia (2000, 27 min.). Cinta deliberadamente muda, no silente, por cuanto tiene banda sonora y música compuesta por José Fernando Garrido. Fotografía b/n, actores naturales y locaciones céntricas capitalinas, labios sincronizados y cartones o viñetas intercaladas que traducen sus diálogos. Fue premio India Catalina al mejor cortometraje iberoamericano, en Cartagena 2000.
Una niña llamada Heriberta, amante de libros de medicina e ilustraciones anatómicas, saborea la hemoglobina en la Colombia de fin de siglo. Al escuchar las leyendas de una marquesa y vampira húngara, que se bañaba todos los días en sangre para preservar su belleza y juventud, Heriberta se defiende de sus agresores con un bisturí antiguo –aunque no sabemos si la presunta aparición del Mesías y redentor de la humanidad ponga en peligro sus aficiones–. Una trama escolar, precozmente blasfema, que traza contrastes dialécticos entre la comunión espiritual de la madre católica y las tendencias libertarias de la menuda protagonista. Heriberta: ¿ángel o demonio?
La sangre y la lluvia (2009). Dos vidas se cruzan y trastocan sus destinos a medida que transcurre una húmeda y agitada noche en plena zona de tolerancia. Taxista rolo, en horarios nocturnos, carga el duelo de su hermano días atrás asesinado en circunstancias confusas, y mujer adicta en busca de emociones intensas para calmar sus ansiedades. En un marco minimalista, tanto espacial como anecdótico y temporal, los actores Quique Mendoza y Gloria Montoya –esposos en la vida real– se compenetran a primera vista en un relato oscuro, denso, asfixiante, que deja en el espectador la sensación de asistir al inevitable desgarramiento provocado por agresiones externas y no por motivos de pareja.
Aunque el verdadero contexto que origina el conflicto no se revela, surgen las rivalidades o ajustes de cuentas entre conductores honrados y otros indeseables que encubren el delito hasta enfrentarse a bandas de malandrines o grupos de autodefensa. Mientras que una marcada insatisfacción acompaña a la protagonista femenina, su casual acompañante manifiesta un vacío tanto existencial como humano que lo mantiene al borde del marasmo. ¡Qué noche! Por cuanto este recorrido noctámbulo incluye asaltos a mano armada, paseos millonarios, estrelladas, golpizas o fierrazos, persecuciones, atentados y… embestidas fatales.
Unidad atmosférica en una sola noche, bajo el predominio de tonalidades sombrías y cámara captadora de penumbras, mediante planos cerrados que traspasan silencios o palabras entrecortadas. Panorama desolador de calles encharcadas, callejones oscuros habitados por indigentes, salas de urgencia, antros y bailaderos; sangre que se desvanece por entre las alcantarillas y lavaderos de automóviles en bajos fondos urbanos, con presencia del sexo menguado por la violencia.
Por el peligro latente palpado y la fidelidad de los sitios escogidos, se precipitan ante nuestros ojos ciertos escondrijos sórdidos y talleres o estacionamientos de carros en los entretelones del barrio Santafé. Aun sabiéndose por diálogos sueltos que tales enfrentamientos se derivan de organizaciones paramilitares y reincidentes desmovilizados, la trama adolece de falta de claridad en sus intenciones y solo pretende recrear una situación amenazante, o de zozobra, que se cierne sobre sus habitantes más vulnerables. También, pudo haber sido el enamoramiento de la persona equivocada en circunstancias atípicas.
Somos calentura (2018). Buenaventura, ciudad vallecaucana y puerto principal de población mayoritariamente afrodescendiente –devastada por las desigualdades sociales y el desempleo, el narcotráfico y la violencia–. Porque… “somos furia, somos calle, somos sueños”. Allí, actualmente, conviven los ritmos urbanos del hip hop latino y la salsa choke junto a la marimba de los espíritus ancestrales elaborada con maderas del chontaduro. Un concurso de baile a escala nacional convoca a cuatro muchachos en constante lucha por hallar mejores oportunidades y renunciar al calamitoso panorama del desarraigo y los picaderos.
Algunos de ellos han sobrevivido a un naufragio tras el pretendido y no pocas veces frustrado american dream, o quizás se encuentran en la cuerda floja al ser atraídos por las propuestas tanto ilícitas como peligrosas del mercado negro y el apabullante narcotráfico local. La trama se desenvuelve con ritmo seguro y alardea de sus principales atractivos: música estrepitosa a todo dar –sin excluir el reguetón metalero–, vistosas coreografías en muelles y discotecas, acrobáticos movimientos de cámara y contorsiones corporales, con escenas alternadas del mal llamado género de acción; es decir, inevitables balaceras en alternancia con persecuciones y peleas, pero sin caer en exageraciones.
Se impone el ambiente propio de muchachos afros y gracias a la pantalla grande se ve reflejada la Costa Pacífica en sus variopintas expresiones étnicas y juveniles. Por más condiciones socioeconómicas apremiantes, esa cultura territorial alcanza momentos realmente cautivadores y cierta parafernalia artística no sucumbe ante las penosas encrucijadas del parche referido. Porque más allá del calor tropical, la cultura de los raizales y las coloreadas luces nocturnas, se esbozan temáticas crudas que los afecta en el día a día: altos índices de criminalidad, pandillerismo, guerras internas de bandas ilegales, extorsiones y amenazas mortales, desplazamientos forzosos y… malestares derivados de miserias en medio de abundantes riquezas ambientales.
Porque más allá del calor tropical, la cultura de los raizales y las coloreadas luces nocturnas, se esbozan temáticas crudas que los afecta en el día a día: altos índices de criminalidad, pandillerismo, guerras internas de bandas ilegales, extorsiones y amenazas mortales, desplazamientos forzosos y…
Balada para niños muertos (2020). Largometraje documental de archivos y entrevistas; retrospectiva testimonial documentada en torno al legado de cartas, manuscritos y representaciones del escritor y cinéfilo Andrés Caicedo Estela (1951–1977). Voces autorizadas, muy cercanas: la hermana Rosario –custodia de su memoria–, Luis Ospina –un cineasta integral–, Sandro Romero –biógrafo y compilador que también le presta la voz–, Patricia Restrepo, última novia –“un niño muy vulnerable que estructuró y configuró su propia tragedia” –, Ramiro Arbeláez, compañero bachiller y fundador de la Cinemateca La Tertulia – “un niño grande adolorido y feliz” –, Jaime Acosta –alter ego protagónico– y Guillermo Lemos –amigo personal ya fallecido–.
También, la rememoración de archivos literarios y cinematográficos con el apoyo de cintas alusivas: el corto experimental Angelita y Miguel Ángel –codirigido por Mayolo–, El atravesado –primero cuento y después pieza de teatro– y Cali calabozo (1997) –primer corto de Navas, nuestro autor analizado–. Recuerdos de su dedicación crítica en la legendaria revista Ojo al cine, el éxito del Cine Club de Cali en el barrio San Fernando y, particularmente, un ciclo de cine ‘rojo’ (soviético) que por el título atrajo público masivo creyendo tratarse de porno.
El inolvidable realizador caleño Luis Ospina revisa en pantalla uno de los varios guiones de cine terrorífico escritos por Caicedo y cita la ficción original del magnate azucarero que se hacía transfusiones diarias con la sangre de sus cañeros negros. En cuadernos de apuntes, cuentos, piezas de teatro y guiones literarios, vemos y escuchamos leer documentos originales como aquel de la crónica ‘Matar es fácil’ (en Colombia) –fotos espeluznantes de Ferney Franco en la explosión catastrófica del fatídico 7 de agosto–.
Sobre su arrogada doble personalidad, Ospina confiesa haberlo conocido en la euforia (“los problemas, angustias y desesperos de la adolescencia son siempre los mimos”). Fascinado por la Serie B y clásicos de horror como La noche de los muertos vivientes (George Romero), buscó venderle dos historias fantásticas al productor Roger Corman (“supe que en Los Ángeles no hay ángeles”).
Frases contundentes emergen en su narrativa habitada por casas fantasmas, pueblos malditos, criptas del diablo y mentes en delirium tremens: “Mi destino era morir antes que mis padres”, “estoy despistado con respecto al tiempo”, “vivo en un mundo interior de mucho sufrimiento y temor hacia la vida” y el final en borrador de uno de sus escritos – “tristeza contradictoria, tristeza imprevisible” –.
Explicativo final del título. Zozobra, según el diccionario de la RAE (Real Academia Española) inquietud, aflicción y congoja del ánimo, que no deja sosegar, o por el riesgo que amenaza, o por el mal que ya se padece.
