Katabasis, de Mauricio Carmona Rivera

Una imagen más completa de nuestro mundo

Daniel Tamayo Uribe

Aunque alguna vez me había imaginado a mí mismo descendiendo a las profundas oscuridades del mundo, nunca se trató de una situación probable y que fuera más allá de la difusa imagen de estar en un túnel derruido y sin luz por el que corriera agua sucia, como en algunas películas de Hollywood se nos representa. Esa remota fantasía o pesadilla vino a hacerse realidad en la Galería Santa Fe en Bogotá, donde por más de dos meses los visitantes pudimos hacer la katabasis (descenso) al submundo bogotano y de Medellín, como si fueran un mismo espacio. Allí, como se enuncia en el texto curatorial previo a la inmersión en el entorno oscuro que encierra la videoinstalación, podemos salir iluminados tras pasar por la tenebrosa oscuridad; ese deseo de purga que todos tenemos consciente o inconscientemente.

 

Frente al texto del curador estaba el túnel de entrada, cuyo umbral y contornos eran de un metálico de color roído pero bello, como una fortaleza olvidada pero vital. Desde afuera escuchaba amplios sonidos que auguraban la vastedad del bajo mundo. Fui derecho al fondo y a mano izquierda se abría el espacio oscuro y luminoso. Todas las lámparas estaban vacías, había con unas cuantas columnas como rodeando un centro vacío, donde se situaban las fuentes de sonido de la instalación, y se apreciaban diez proyecciones, cada una por muro disponible exceptuando los dos que cubrían el túnel de entrada. Yo sabía que había entrado a otro lugar, pero no entendía bien ni cuándo ni a qué. La obra consistía en un montaje visual y sonoro de cerca de treinta minutos, lo que, claro, solo se sabía al estar lo suficiente para darse cuenta que “ya di la vuelta”.

 

Cada proyector mostraba un túnel por el que pasa el agua arrastrando deshechos de ciudad, o bien una construcción semejante a la fachada de un templo funerario, o igualmente podía ser una habitación entre miles más –semejante a la estructura de los espacios de la película gringa de terror Backrooms, que por esos mismos meses se estuvo proyectando en la ciudad–, o la ruta de un laberinto antiguo en que la luz no significa la esperanzadora salida, así como cúpulas que parecían tan sagradas como escatológicas, o las quebradas verdosas en las altas colinas de las dos ciudades capitales que marcan la entrada al submundo, entre otros posibles panorámicos. Allí las imágenes a veces se repetían como espejos de un muro a otro, pero también pasaba que, mientras en una pared se veía una escalera hacia un destino engañoso, en otra el túnel era claramente oscuro e infinito. En determinados momentos la visión, como si fuera la de uno, avanzaba torpe pero cuidadosamente por los espacios, como es la motricidad para los peregrinos que hemos emprendido la bajada. Uno podía quedarse parado con la mirada fija en un punto desde la mitad del enorme cuarto, recostarse con piernas cruzadas en una de las columnas, irse moviendo entre el vacío o las demás personas que allí estuvieran, o mirar de un lado a otro, entre muchas posibilidades. Si te acercabas lo suficiente a los muros, podías ver tu sombra, la silueta de tu cabeza y cuerpo, atravesarse en las proyecciones y hacerte consciente de que eras tú quien estaba ahí, abajo. Yo probé de todo.

 

Los diferentes parlantes hacían que el sonido de las aguas y las músicas llenaran prácticamente todo el campo contemplado en el espacio. Así, casi sin importar en qué punto o disposición corporal uno estuviera, iba a escuchar el ambiente diseñado, solo quizás con mayor o menor intensidad. Corrientes acuáticas que bajan limpias de la montaña y luego arrastran los deshechos de millones de habitantes; brillantes goteos de tubería que resuenan en el vacío donde se está solo con la oscuridad; músicas tenebrosas que llevan a encontrarse en una película de terror en que no se sabe cuál es el monstruo; ruidos como una gran mole que indican que lo que hay en el inframundo es mucho más grande de lo que puede alcanzarse con los ojos. Aquí la fluctuación del sonido, el paso de una “pieza” a otra por rápidos fundidos del volumen, era la señal de que íbamos a ir enseguida a otro de los miles de cuartos del submundo.

 

Al entrar y permanecer no sabía en qué punto de la obra estaba, si justo al inicio o al final o en la mitad. Y aunque la obra tuviera eso cíclico, lo cierto es que la experiencia podía ser tan puntual como variada: algunos apenas echaban un vistazo y salían por desinterés o como espantados; otros daban unas cuantas vueltas y no más; unos se sentaron como a meditar concentrados en un punto fijo durante treinta minutos, hasta volver a pasar por el momento en que habían llegado; hubo quienes se quedaban mucho más o iban y volvían indefinidamente el mismo día o varios, sin saber bien por qué, como yo.

… ruidos como una gran mole que indican que lo que hay en el inframundo es mucho más grande de lo que puede alcanzarse con los ojos. Aquí la fluctuación del sonido, el paso de una “pieza” a otra por rápidos fundidos del volumen, era la señal de que íbamos a ir enseguida a otro de los miles de cuartos del submundo.

Los ríos San Francisco en Bogotá y la quebrada Santa Elena en Medellín son utilizados, luego de largos e históricos desarrollos en los procesos higienistas y urbanos, para arrastrar clandestinamente los deshechos de las ciudades lejos de las superficies donde vive la mayoría. Otras personas trabajan, canalizando los deshechos, en ese mundo marginal desde hace tanto que es esa tal vez la ciudad que en realidad conocen y habitan, incluso más que las de arriba. Dos sujetos y dos ciudades. En ambos niveles hay arquitectura, cultura, ríos, emociones y vida. Mauricio Carmona Rivera, el creador de la obra, y su hermano Andrés –los autores de la maravillosa Estancia– han ido a diferentes puntos del submundo y a sus entradas y salidas, las zonas liminales con el supramundo. Los han registrado audiovisualmente: lo que vemos y oímos en Katabasis (2026) es el resultado. De esta manera nos permiten habitar ambos reinos poéticamente e imaginar cómo se sostienen mutuamente. En la instalación nos damos cuenta que lo de abajo sube y lo de arriba baja. Cada ciudad afecta a la otra, según lo que hace o deja de hacer.

 

Aunque lo noté desde el inicio, solo fue hasta el final y próximo a mi salida definitiva que me detuve en la pared diferente, aquella del respaldo del muro metálico al lado de la entrada. Este, como último bastión de lo oscuro sin lo que no existe lo luminoso, guardaba quizás el secreto para salir transformados del inframundo. Color metálico roído, irregular en su brillo y en apariencia, pues llevaba encima uno surcos sobresalientes que, al cruzarse, formaban muchos cuadrados de tamaño mediano que terminaban de perfilar la textura de la superficie. Sobre este muro también se proyectaban las imágenes de la videoinstalación pero, debido a su composición, la imagen se tornaba más difusa y hacía que se produjeran nuevos colores en el encuentro entre luz y metal. Me encontraba frente a coloridos cuadros impresionistas en contraste con los opacos realistas del resto de pantallas. Algo más pasaba. Esta pantalla metálica, a diferencia de las otras, tenía pequeños huecos, seguramente a razón de su forjamiento. Por ahí se filtraba la luz exterior que entraba a la galería. Ambas luces y oscuridades, las de arriba y las de abajo, coincidían. Lo tenebroso, lo olvidado y lo sucio, en cierto modo, me eran bellos y hacían más bellos lo luminoso, lo recordado y lo limpio. Al salir a la luz pude vernos más completamente.