Santiago Nicolás Giraldo Enríquez
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Todas las ciudades son híbridas por naturaleza. Las pocas que hay en Colombia están marcadas por el conflicto, la precariedad y el desplazamiento. Nuestra geografía es diversa en paisajes, etnias y antecedentes, por lo que no es extraño que en sus urbes se reúnan infinidad de cuerpos e historias que el cine ha intentado narrar, no sin cierto grado de exotismo, condescendencia, e incluso estigmatización. En las calles de Cali, una de las más grandes –si no la más– del suroccidente, convergen cientos de miles de otros que la sufren y se la gozan. Que mueven sus cimientos y le dan sentido. Propios de ningún sitio y extraños de todos.
Con los años, esas representaciones de la ciudad y sus habitantes han ido dejando la mirada centralista para expandirse hacia los ritmos que se gritan en sus barrios y noches. Si bien existen lugares comunes alrededor de la imagen que ella misma se ha construido, es en ellos que se reúne una parte de las historias que le permiten y permitirán volver a narrarse hasta que no quede sino el olvido. Llueve sobre Babel (2025), ópera prima de Gala del Sol, es una propuesta que se suma a ver las caras de la ciudad con otros –muchos– ojos. Es, además, una de las más radicales. No cuenta una sino varias historias, todas conjugadas en Babel, un rumbeadero esotérico de ángeles y demonios performativos, embebidos de color y música. Ahí se puede jugar a los dados con La Flaca (encarnación tropical de la muerte), ver espectáculos drag o bailar con espíritus perdidos.
Los varios protagonistas van a parar a ese purgatorio neón con sus conflictos a cuestas. El resto de espacios que ocupan –y en donde se desarrollan sus subtramas– están construidos con esos mismos códigos estilísticos. Unos códigos que la propia directora ha nombrado como “retrofuturista(s) trópico punk”. Toda la película es más o menos eso. Es más y menos que eso. Más porque está desbordada de temas, referencias, efectos, decorados y flagelos; y menos porque, a ratos, su contundencia se diluye entre todo lo que pretende abarcar. Y lo sabe perfectamente. Sabe que quiere experimentar con el espacio y el ritmo antes que narrar un solo tipo de historia, aunque eso suponga desviarse y encerrar al espectador en el sótano. Que goce también. Por eso manipula el lenguaje cinematográfico en favor de sus disparates. Oscila entre el videoclip, el pastiche, el exploitation film, el performance y lo coreográfico (abundan bailes y peleas que se parecen, y llevan a lo mismo) por el simple placer de enunciarse entre lo prohibido.
Unos códigos que la propia directora ha nombrado como “retrofuturista(s) trópico punk”. Toda la película es más o menos eso. Es más y menos que eso. Más porque está desbordada de temas, referencias, efectos, decorados y flagelos; y menos porque, a ratos, su contundencia se diluye entre todo lo que pretende abarcar.
Se ha dicho, además, que es una reinterpretación del infierno de Dante; y una reivindicación de la cultura cuir; y una expiación de los miedos de la cineasta y su equipo; y una oda a la autoaceptación y el amor familiar. Otra vez, le caben esas y más definiciones. Prioriza la forma porque ahí está su fondo, su manera de pararse y hacerse ver frente al mundo. Es lisérgica y audaz, igual que la ciudad que toma como punto de partida. También desenfadada y ecléctica. Compuesta de un estilo que roba herramientas del cine y las atrae hacia sí. Una nube tornasol que flota en la pantalla; suspendida y risueña. Casi una caricatura.
Es cualquier cosa menos impasible. Se aleja de los discursos políticos y cinematográficos de siempre; les suma capas y acentos. Maquillaje que no se esconde. Brillante. Ruidoso. Enérgico. Grandilocuente cuando imagina las fronteras de esa otra realidad que se infiltra en las imágenes. Atmósferas recreadas y vueltas a recrear en bares y moteles infernales. Menos siniestros que los de verdad, en todo caso. Hay, en general, un tono idílico en esos viajes taumatúrgicos y esos pactos con la muerte. Una esperanza en lo que filma. No tanto como un deseo de cambio real; más como una quimera. La fantasía de no conformarse con lo existente. De emborrachar la vida con luces y espejos.
Lluvia ácida sobre techos de lata.
