Llueve sobre Babel, de Gala del Sol

Surrealismo costumbrista

Lina Rivera (Sunnyside)

Música que me conoces, música que me alimentas, que me abanicas o me cobijas, el pacto está sellado. Yo soy tu difusión, la que abre las puertas e instala el paso, la que transmite por los valles la noticia de tu unión y tu anormal alegría, la mensajera de pies ligeros, la que no descansa… Yo luzco y difumino tus aires, para que pasen a ser esencia trágica de los que me conocen, de los que me ven y ya no me olvidan. Para los muertos.

–Qué viva la música, Andrés Caicedo–

 

Llueve sobre Babel es el presentimiento de un nuevo cine colombiano que se ha ido gestando durante los últimos años y que apenas comienza a hacerse visible. Uno que ya existía en los videoclips, la moda, la fotografía, el arte digital y la cultura juvenil, pero que todavía no encontraba una forma tan contundente de manifestarse en la pantalla grande. La ópera prima de Gala del Sol inaugura ese nuevo imaginario al representar la identidad contemporánea del país desde el exceso, el surrealismo y la cultura pop, en lugar del realismo social, a través del cual históricamente nos hemos pensado en las imágenes, logrando, paradójicamente, que desde la fantasía se construya uno de los relatos más costumbristas de nuestro cine.

La película propone una Colombia profundamente urbana, trash, absurda, irreverente y kitsch, comprendiendo que nuestro territorio ya es, en sí mismo, surrealista. La fiesta convive con el duelo, la religiosidad con las drogas, la belleza con la violencia y el humor con la certeza de que la muerte puede aparecer en cualquier esquina. Por eso, los personajes alegóricos de la película no conducen hacia un universo alterno, sino que nos devuelven, con una precisión inesperada, a las ciudades colombianas y a la manera particular en que sus juventudes habitan el mundo cotidiano.

Esto transforma la manera en que expresamos nuestra identidad nacional a través del cine. Durante años, se ha buscado definir lo colombiano únicamente a partir de aquello que nace dentro del territorio. En cambio, la mirada de Gala entiende que la identidad contemporánea también está hecha de todo aquello que llegó desde afuera y terminó siendo apropiado, como la cultura popular estadounidense, el cine de género, los videoclips, la moda, internet, las referencias visuales globales e, incluso, ciertas maneras de vestir, consumir o moverse externas que forman parte de nuestra experiencia estética y personal.

Por ello, Llueve sobre Babel no intenta ocultar esas influencias, sino que las convierte en el lenguaje mismo de su puesta en escena, reconociendo que ese es nuestro verdadero dialecto popular. Dando como resultado un enorme collage donde conviven composiciones cercanas al cine internacional, lentes gran angulares, luces de neón y personajes “agringados”, pero con una edición propia de una telenovela, diálogos de refranes callejeros y estereotipos de nuestras narrativas, confirmando que lo extranjero también es profundamente local.

Desde allí, la película consigue representar una esencia autodestructiva, vengadora, sacrificada, adicta y festiva, sin convertirla en objeto de denuncia ni de observación antropológica. Sus imágenes no buscan explicar Colombia, sino que permiten reconocerla al compartir su intimidad sin observarlos desde arriba, sin convertirlos en ejemplos ni excepciones, sino creando una cercanía que desplaza la reflexión hacia el reconocimiento.

Quizá por eso la película dialoga con tanta fuerza con una generación específica. No porque pretenda responder a un fenómeno social, sino porque escucha el tiempo en que fue creada. Sus personajes habitan un mundo donde las identidades queer, las drogas recreativas, la espiritualidad, el arte, la fiesta y la muerte coexisten sin convertirse en tesis morales. Son simplemente parte del paisaje afectivo y habitual de sus personajes y, al mismo tiempo, de sus espectadores.

Esa es la verdadera singularidad de Llueve sobre Babel. Una película que no está basada sobre una pregunta o necesidad sociológica, sino que parece surgir naturalmente de la vida misma. Que no construye nuestra identidad únicamente por campesinos, víctimas o héroes, sino también por cuerpos que bailan, personajes queer, consumidores de drogas, artistas, creyentes, noctámbulos, personajes excesivos y jóvenes que viven permanentemente entre el cielo y el infierno, jugando con la muerte, pero sin perder la fe en la vida, en ese limbo donde conviven todos los extremos, que muchas veces es, precisamente, la fiesta. Anclándose a la mirada del realismo mágico, con la que hemos aprendido, a través de la literatura, pero ahora también a través del cine, que en nuestro país lo fantástico no funciona como una evasión de la realidad, sino como una forma más precisa de capturarla.

Esta libertad estética también responde a una libertad en las formas de producción. Resulta significativo que una película tan ambiciosa en su construcción visual, narrativa y sonora no haya dependido del FDC para existir, consolidando un modelo que hasta hace pocos años parecía improbable para el cine colombiano: el de realizadores capaces de construir sus propias redes de colaboración, financiar parcialmente sus proyectos, dialogar con comunidades creativas nacidas en internet y levantar obras al margen de las rutas institucionales que durante décadas definieron qué películas podían hacerse y cuáles no.

Anclándose a la mirada del realismo mágico, con la que hemos aprendido, a través de la literatura, pero ahora también a través del cine, que en nuestro país lo fantástico no funciona como una evasión de la realidad, sino como una forma más precisa de capturarla.

Esto no se trata únicamente de un cambio económico, sino de cómo la influencia internacional y la cultura digital no solo transformaron las imágenes de la película, sino que también modificaron la manera en que una nueva generación entiende la producción cinematográfica. Los colectivos creativos, la circulación de referentes globales, las herramientas digitales y la posibilidad de reunir equipos desde afinidades estéticas, antes que desde estructuras tradicionales, han producido una idea distinta de independencia. No es la del autor aislado, sino la de una comunidad capaz de inventar sus propios modos de hacer cine. Por eso, Llueve sobre Babel no solo inaugura un nuevo imaginario, sino también una nueva posibilidad para el cine colombiano: el comienzo de un nuevo paradigma en que la libertad económica equivale a la libertad estética, que se traduce en nuevas comunidades, nuevas miradas y nuevos públicos.