La laguna del soldado, de Pablo Álvarez-Mesa

Entre la niebla

David Guzmán Quintero

A través del parpadeo de esa textura del celuloide, en el páramo, en medio de un húmedo paisaje sonoro, entre la bruma o a pesar de ella, al fondo, los frailejones se confunden con siluetas humanas, con frailes. “¿Y no podré yo trepar sobre los cabellos canosos del gigante de la tierra? / ¡Sí podré!”, dice la voz en off, declamando Mi delirio sobre el chimborazo, un poema escrito por Simón Bolívar. Entonces, como un augurio, de este cuadro en el que solo circunda la neblina, el páramo ahora se funde en los cortes vertiginosos de cierta percusión agresiva, polirrítmica; el impacto generado por la yuxtaposición de estos dos momentos parece advertir una variopinta violencia colonial, que ya se sospechaba desde las palabras de Bolívar.

 

Mucho se ha dicho ya de la figura del “Libertador” y parece ser que parte de la Historia ha acordado, con razón, adjudicarle también el epíteto de déspota. La laguna del soldado, de Pablo Álvarez-Mesa (2024), es la segunda parte de una trilogía guiada por él, esta vez, en un páramo ubicado entre los Llanos y Santander. La premisa es simple: a lo largo de las guerras, el ecosistema siempre ha quedado en medio del fuego. Así, con las entrevistas a los habitantes del páramo, las narraciones en off y la denuncia colateral, este trabajo parece un hijo de los documentales de Gabriela Samper; la misma secuencia que sucede a la escena inicial, recuerda a un soberbio trabajo suyo: Los santísimos hermanos.

 

Este parece ser un retrato sonoro del páramo: los chorros, las gotas, los lagos, las cascadas, un denso burbujeo, la lluvia, la ciénaga. Se ocupa, incluso, de lo que no suena, como los chillidos de los murciélagos que solo son perceptibles al disminuir la velocidad. Es gratificante asistir a estos relatos en los que el sonido va adquiriendo más importancia, pues rara vez se invierten los roles para que, viéndolo desde la forma más mediocre, sea la imagen la que “adorne” al sonido. En este aspecto, pienso en el radical Fin de semana, de Walter Ruttman (1930), que desafió los límites estrictamente visuales del cine e hizo un filme estrictamente sonoro. Pareciera que La laguna del soldado también aspiró a que la parte visual fuera un mero ornamento.

 

Sin embargo, muy a pesar de lo dicho hasta ahora, el abuso inútil de la narración en off, el arbusto parlante y el convertir esa atmósfera sonora en un lugar común, lo aleja de esa postura desafiante y lo acerca a lo que Michel Chion llamaba, un poco peyorativamente, “Radio ilustrada”. Eso, sumado a su imposibilidad de articularse (me imagino que de eso se beneficia, haciéndose etiquetar como “Experimental”), hay que prevenir sobre lo modesto (por no decir otra cosa) que es este relato: es un filme menor. Pero el caso es diferente. También llamaría así a grandes filmes como El elefante y la bicicleta o a el bellísimo Dónde está la casa de mi amigo, que son sencillos porque cualquier artificio se haría pasar como estrafalario y arruinaría por completo el relato: es “menor” porque debe ser así. En este caso, parece haber podido pintar para más (así lo demuestran otros filmes que han explotado al máximo paisajes similares), pero da la franca impresión de ser un tratamiento perezoso: del elaborado trabajo de montaje de la segunda secuencia, no queda nada, pues de ahí en más opta por tejer las subtramas (o los retazos de ellas) a través de fáciles fundidos cruzados. En algún momento me veía debatiéndome entre decir si este filme es un mosaico o un claro ejemplo de que el que mucho abarca poco aprieta.

… el abuso inútil de la narración en off, el arbusto parlante y el convertir esa atmósfera sonora en un lugar común, lo aleja de esa postura desafiante y lo acerca a lo que Michel Chion llamaba, un poco peyorativamente, “Radio ilustrada”.

La premisa la deduzco de la primera mitad del filme, que es una elocuente presentación del multifacético colonialismo eurocéntrico: el desplazamiento del que fueron víctimas los muiscas, la imposición sobre la naturaleza (que es uno de los postulados del antropocentrismo en el periodo de la Ilustración), el daño a esta mediante las guerras (cuyo recorrido transhistórico se delinea hasta la firma de los acuerdos de paz), incluso la misma historia del frailejón. Pero pierde el norte, parece, por una suerte de interés reivindicativo (que siempre es problemático), mostrándose erráticamente fascinado por el trabajo con la arcilla, la minería y que esta fue la cama de Simón Bolívar, miren, forrada con cuero de vaca. Pareciera que hubiera juntado dos medias películas que no hacen una entera.

 

Previamente, en mi texto sobre El otro hijo, hablaba de que aquel filme excedía el campo de “Lo bueno” y “Lo malo” para entrar en el de lo pertinente por estimular la creatividad y suscitar una discusión. A este, en contraparte, no le alcanza siquiera para ese campo y, salvo algunas anotaciones de paso, no creo que dé pie a la mayor conversación. En estos tiempos, el que la experiencia cinematográfica se reduzca a la duración del filme, es tal vez lo peor que le puede ser compartido a un espectador.