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Pedazos rotos de sol, de Iván Sierra

(V)islumbrarse. (H)oradarse. (S)oltarse.

Santiago Nicolás Giraldo Enríquez


 

Turn my head into sound.
I don’t know when I lay down on the ground.
You will find the way it hurts to love.
Never cared, and the world turned hearts to love.
You will see, oh now, oh the way I do.

You will wait, see me go.
I don’t care, when your head turned all alone.
You will wait, when I turn my eyes around.
Overhead, when I hold you next to me.
Overhead, to know, oh the way I see.

Close my eyes, feel me how.
I don’t know, maybe you could not hurt me now.
Here alone, when I feel down too.
Over there, when I await true love for you.
You can hide, oh now, the way I do.
You can see, oh now, oh the way I do.

–Kevin Shields, 1991–

 

En cuanto las pantallas, aquellas, proyectan figuras que restallan y se mecen (en un movimiento cándido y flagrante, que descubre la transparencia propia de su inquietud), su desviación correspondiente en imágenes se convierte en una caricia ladina, un furtivo roce delatado en caprichosas seguidillas. Mientras los trazos andan el camino que entreteje la plausibilidad y la comprensión, adquieren una empática excusa, que, en inaprehensibles estelas, refleja la nutrida entraña de ilusiones, penumbras, suplicios, insidias, inocencias e incertidumbres que nos componen. A merced (y en suspensión) del tiempo, el flujo de trazos, convertidos en afecciones que se reversionan con cada visionado, es un magma de histerias (historias postreras) que se desdoblan, retuercen, ufanan, agazapan y transmutan. Desaparecen para comprenderse, se comprenden para aparecer, para ser.

 

Valiéndose de una cercanía interpersonal en fuga, y de la coyuntura eterna que es la coexistencia (y la persistencia) entre seres enlazados por sentimientos (tan mutables y escurridizos como las filmaciones que se hacen de ellos), Iván Sierra, realizador audiovisual bogotano, plasma en Pedazos rotos de sol (2023) un retrato etéreo y honesto en el que intenta desenmarañar sus dudas a través de la naturaleza melancólica de los recuerdos, el engaño destensado y las posibilidades intercaladas –y superpuestas– que derivan de erogar las artes y reconstruirlas desde sus sustancias.

 

Este nebuloso compendio fílmico de juegos poéticos e imbricaciones expresivas, manipula las virtudes que cada expresión artística le cede, y las superpone en un relato sosegadamente intenso y formalmente dúctil. Los métodos diversos con los que se ensambla, construyen, hacia fuera de sí mismos, la potencia de un ideario persistentemente juvenil, que atrapa pensamientos y anhelos naturales –superiores al paso del tiempo–, y los deja correr entre los marcos de ciertas nostalgias individuales, que tocan directamente a una nostalgia común que la película evoca como un sentimiento fresco, grácil y estimulante.

Este nebuloso compendio fílmico de juegos poéticos e imbricaciones expresivas, manipula las virtudes que cada expresión artística le cede, y las superpone en un relato sosegadamente intenso y formalmente dúctil.

Particularmente, la nostalgia propia que Sierra imprime en su filme (que es sello de una determinación artística especialmente íntima y aventurada), nos lleva a los soportes específicos de unos recuerdos –cuasi informes–, distinguidos como los creadores de un punto de enunciación conscientemente plástico y sensible, que expande y dirige las perspectivas del espectador hacia una técnica finamente dilucidada, en la cual se atrapan abigarrados testimonios y erráticas pasiones, contenidos en un marco móvil de intensos efluvios. De la pantalla emana un aire dulce y distendido, que entra en las honduras internas, y enciende una luz empática que conecta con una liviandad trascendente, identitaria de la obra.

 

Los deseos (los sueños, incluso), son un material que se fuga de las convenciones canónicas enmarcadas en los significados tácitos de las formas, las sonoridades, las texturas y los pensamientos. El jugueteo –necesariamente emocional– con que estas grietas fílmicas se distancian del centro de su creación, es una característica inherente a ellas, que transmuta sus formas y extiende sus lindes. Los formatos y soportes técnicos en los que se proyectan (de cuyos cambios y reformas nace el germen de la nostalgia), aluden a esos parámetros internos que hacen de esta experiencia, un relato diseminado en pixeles que se agrupan para componer cada secuencia de una epístola tan amarga y audaz, como introspectiva y sensorial.

 

Es, además, notable el carácter deliberadamente austero de la cinta –compuesta, como se ha mencionado, de varias clases de cintas conjugadas–, el cual extiende la nostalgia de sus ideas, a esos soportes que las contienen y les dan un nuevo sentido artístico, estructurado desde artificios pactados que conceden peso al aire. Este aire es fondo para los diversos habitantes de estos paisajes, que lo consumen entre respiraciones, bocanadas y conversaciones lánguidas; sus formas de mirar, además, llevan consigo unas cenizas luctuosas que flotan pausadamente en cada fotograma. Hay una gran fuerza en estas decisiones estilísticas, que resultan sensatas en cuanto nos comunican con el fondo puro de sus concepciones; desmitifican cualquier aspiración magnificente con que el cine pueda –y desee– entronizarse, y acercan sus propios artificios al entorno (al margen de la pantalla) que las observa. Extienden sus susurros hacia él, que corresponde esta suave invitación. Las reverberaciones de la una y el otro entregan una esencia inconfundible que se impregna a la película y al recuerdo de la misma.

 

Entre esas capas yuxtapuestas que se subsiguen unas a otras, se construye tenuemente la disimilitud que toma esta propuesta frente a los sentidos de claridad y condescendencia naturales al cine canónico; a merced suya, están las sugerencias soslayadas del dolor que estos personajes –de índole lívida y fugaz– consienten.

 

En su dolor radica la pureza emocional de la que se valen para hacer externas sus intimidades y ausencias. Los desleídos interlocutores que conforman esas entidades afectivas –sustanciales para este orden fílmico–, viven la mutualidad como una concreción de su existencia. Ella misma los induce a monólogos sedados, en los que sus bifurcaciones profundas se abarcan con la melancolía natural de quien ha sido lastimado por sus propias pasiones (que insinúan un sí mismo engendrado por punzadas ajenas). Las relaciones entre ellos se guían hacia ese discurso profundo, que se entiende como una pulsión característica de lo que se puede –o no– manifestar sobre los otros y sus exigencias (piezas que nunca se distinguen, adaptan ni incorporan en su totalidad, así como los destellos de la pantalla).

 

Para cuando este discurrir de estímulos se hace memoria, sus personajes ajados se funden en la conclusión de unas emociones hechas ya eternidad. Sus mellas duelen y dolerán incansablemente. Es intrínseco a su composición que les duela la caída fragmentada de ese sol y esas estrellas mutables con los que comparten panorama. Su voz se une al oleaje del mar y a la pasividad de los objetos. Los oímos, y comprendemos que el dolor no deja de ser un aliciente para compartirse, detenerse, fragmentarse, mirarse, filmarse, regresarse, recordarse, librarse, soterrarse, palparse. Vislumbrarse. Horadarse. Soltarse. Incluso con los demás. Incluso a uno mismo.